enero 2018

Baz Luzhrmann es un excéntrico director australiano que en el 2001 realizó una versión absolutamente loca de “Moulin Rouge” (un anacronismo de arriba abajo empezando por la música), cuyo éxito a todo nivel le llevo a subir el año siguiente a la escena neoyorquina la ópera “La bohème”, en cuyo libreto había basado su filme. La misma estética mayestática también estaba presente en el anuncio para Chanel Nº 5 protagonizado como el filme por Nicole Kidman. Toda la parafernalia que envuelve estos trabajos incide en sus grafismos donde prevalecen los sentimientos, en especial el amor, LOVE, que escrito en forma gigante flota en los tejados parisinos contemplados desde buhardillas, pobres o lujosas.

Y como bienvenidos sean mis imitadores porque de ellos serán mis defectos, “Moulin Rouge” ha llegado al teatro Apolo de Barcelona. Supongo que por una cuestión de derechos de autor aquí se llama simplemente “Rouge (Fantastic Love)” pero también privan el amor y los anacronismos musicales, como está mandado y marcado en el original. La historia es la misma: chico y chica se enamoran, pero ella vive bajo el yugo de otro tipo de sentimiento donde manda el dinero, aunque la pasión reconduce el cuento, cuyo final es aquí distinto.

Poster del montaje de “Rouge” que se exhibe en el Apolo de Barcelona

Este montaje del Apolo que dirige Ricard Reguant hay que disfrutarlo por varias razones, la primera porque es una empresa privada, que ya estamos un poco hartos de iniciativas oficiales que complacen a un determinado sector del público para quienes parecen destinado sus productos. Ellos guisan y se comen un pastel cultural financiado por los impuestos de todos, pero donde no todas las opciones tienen cabida. El Apolo lleva un año, camina despacio pero seguro, y arriesga: si ir más lejos esta apuesta de “Rouge” es buena muestra de ello. Naturalmente hay pegas, pero no por ello vamos a dejar de apreciar el esfuerzo de las cien familias (Reguant dixit), que lograron subir la obra al mítico escenario.

Primera pega, cuando se copia, o se copia bien o se hace otra cosa. No basta con que la protagonista no se llame Satine, como en el filme, sino Roxanne, papel secundario en el celuloide, ni que él no atienda por Christian sino por Alessandro, curiosamente un anarquista que canta el himno “Bella, ciao” partisano en París, pero jugamos a eso del anacronismo no?, pues aceptemos éste también. Suponemos que “Rouge” es  un cabaret frecuentado por bohemios, entre ellos Toulouse-Lautrec y Erik Satie, cuyas primeras notas de su  “Gymnopédie nº 1”, añaden uno de los toques originales al montaje. El dueño del lugar atiende por Joseph y es un malvado protector de Roxanne a quien tiene abducida a base de joyas y otras minucias. Casualmente Roxanne y Alessandro se conocen y se pierden por amor, Lo que en “Moulin Rouge”, en “La bohème” y aún en la madre de la historia original, “La dama de las camelias”, conllevaba un trágico final, aquí tiene un guiño distinto, una pirueta no se si del todo válida, pero es teatro al fin y al cabo.

El problema de “Rouge” es su escritura, compleja y sin un conductor que sirva para deshilvanar la madeja del asunto. Y eso que cuentan los autores del libreto (Reguant y Octavi Egea) con dos excelentes elementos fundamentales, el maestro de ceremonias del cabaret (excepcional Javier Enguix, que hace un Maurice excelente a pesar de algunas morcillas de cabaret vetusto que le hacen decir y hacer), y el ballet (también estupendo, cuya capitana es Vanessa García, Lady Molino), que a la manera de coro griego podrían resolver la trama a través de las docenas de canciones que se interpretan, partituras cómodas por conocidas pero cuya circulación nadie organiza.

Gisela y Toni Viñals en un momento del primer acto de “Rouge”

La gran ventaja de “Rouge”es su reparto, plagado de buenos cuando no excelentes cantantes, que son a la vez buenos actores y tienen el físico del personajes, aquello que los franceses denominan le physique du rôl: todos están en la edad del personaje que representan, y eso se agradece. La primera en destacar es Gisela, la chica OT, ideal en princesas Disney, da el salto y se quita la ropa. La cantante es aquí mujer deseable, con curvas exquisitas y, por qué negarlo, canta mucho mejor que Nicole Kidman. Es una Roxanne dúctil a la que le falta tensión en algún momento dramático, algo en que la puede ayudar su coestrella, Toni Viñals, hasta ayer “Scaramouche” en el vecino teatro Victoria, y hoy esforzado Alessandro que muere de amor por la bella protegida. Es un vozarrón el de este chico que domina las partituras, aunque le falte el cariño adecuado en ciertos temas de amor (aunque también cante mucho mejor que Ewan McGregor. coestrella de Kidman en el filme). La pareja funciona y lo haría más si algunos elementos escenográficos entraran en escena antes de lo previsto,  como esa cama del fin de la primera parte donde dar salida al amor para mayor juego dramático. Un lecho mayestático, con dosel y almohadones podrían conformar una bella imágen de ese amor que pasa de poético a carnal en un plis plas.

La música en directo es otro de los alicientes de este montaje, como lo es el vestuario, adeudado, elegante, múltiple y colorista, tanto en ellas como en ellos, siempre más difícil de resolver. Y un reparto en el que intervienen también Ferran Castells como el malvado amante, y el grupo de bohemios, formado por Ferran González, Fedor de Pablos y otro chico OT, Naím Thomas. Un programa de mano a la altura de los eventos de Broadway y un espíritu vibrante que se agradece en estos espectáculos, hace presagiar que “Rouge” puede ser un éxito, pues ganas, medios y entusiasmo no le faltan.

De modo irremediable todo tiene que morir, cosas de la vida. No se lo tomen al pie de la letra, que hay muchos tipos de muerte y en este caso me refiero a la que afecta a la vida laboral, lo que se llama jubilación, que no tiene edad porque todos le colocan una: la adelantan quienes quieren dejar de trabajar por cualquier causa; la retrasan aquellos enamorados de su profesión. Y luego está la que marca la ley, esa señora díscola que aunque pretenda ser igual para todos la fastidia con su sistema de aplicación porque al ir con los ojos vendados no sabe hacia donde mira. Y la suele cagar.

Todo este tinglado está regido por nuestro deterioro, así que por más que nos empeñemos en seguir, si nos falla alguna parte de ese (cada vez menos) misterioso engranaje llamado cuerpo, la voluntad se convierte en despropósito. Pero no suele ser el caso porque la mayoría que se jubila prematuramente pertenece al grupo de quienes desean disfrutar los restos en pleno uso de sus constantes vitales en perfecto orden dentro de un ídem. Y quienes desean seguir, también.

Emilia Giménez, alias Lita Claver a quien conocemos como La Maña, a sus espléndidos xxx años (no crean lo que les digan, siempre son más), ha decidido baja el telón y quedarse en casa, cosa que yo pongo en duda. Para esta despedida, que ella se aferra a que es definitiva pero yo no, ha organizado un espectáculo tan breve como milimetrado. Lo presentó en su Zaragoza natal y lo cierra en Barcelona, en el teatro Apolo, del Paralel.l que fuera vía lúdica por excelencia y hoy es autopista sin peaje (aparente) donde pasan tan rápido los coches que no hay tiempo de ver siquiera las cada vez más escasas fachadas teatrales. Y tan olvidado por todos que ni siquiera figura en la ruta del bus turístico.

Pues allí está el Apolo, el de las chicas alegres que trajo el empresario Colsada para quitarles el mal humor, y hoy en manos de un grupo inmobiliario que lo ha alquilado a unos inversores cuya idea sobre el negocio escénico desconozco, pero que no es lo suyo, vamos. Esa nueva etapa del Apolo está dirigida por Ricard Reguant, experimentado hombre teatrero, empezó con la enésima versión de “Diez negritos”, un clásico que siempre funciona. y ahora acoge a  La Maña para su adiós.

Contra todo lo que podamos decirles, escribirles, sugerirles, contarles, les diremos que están llenando todos los días, algo insólito en esta Barcelona atontada de hoy donde hay entradas para todos los sitios. Y si no lo creen abran el ordenador para adquirír localidades para cualquier función, día y hora: las encontrarán con suma facilidad. Bien, el Apolo lleno en miércoles y ocupa el palco escénico (expresión que me encanta porque no tiene jubilación, es un clásico), la compañía formada por La Maña, Fernando Esteso, el Dúo acrobático Pack y el ballet Glamour Dance en una producción de Era y Luís Pardos, la célebre compañía a quienes la futura pensionista les ha cedido su espléndido, completo, maravilloso y colorista vestuario, un fortunón.

Abre el show una solemne Maña sentada en la penumbra, con una bata negra transparente, aunque repleta de pedrerías selectas, la misma prenda con la que cerrará el espectáculo. Demasiado rigor y excesivo e innecesario riesgo para un show de humor, aunque flote una despedida de por medio. Afortunadamente la cosa es breve y la fiesta empieza con una pauta que nosotros hubiéramos prolongado más. La Maña, jugando con el tema “Mi (última) gran noche” da paso a un Fernando Esteso en plena (y gloriosa) imitación de Raphael: ese era el juego.

Pero la ilusión es momentánea y tras el ballet, impecable (que tiene en sus filas a dos molineros, Geni Sánchez y Juli Bellot) en sus originales coreografías de Marta Tomasa, aparece el Dúo Pack, -habilidosos, elegantes, arriesgados acróbatas primero en el columpio y más tarde en la barra fija-, se sucede y alternan Lita y Esteso en pleno derroche de sus facultades técnicas y artísticas. La Maña recrea algunos de los clichés que la han hecho popular (muchos con textos propios), y Esteso (en plenas facultades de uso y disfrute) repasa también  su vida,  jugando, con mucho acierto, a las imitaciones. Diálogo pleno con el público, siempre atento a sus mínimas indicaciones, bajadas a la platea, complicidad: qué gran pareja se han perdido los partidos políticos a la hora de ese juego engañoso de las promesas y votaciones (o quizá les propusieron colaboración y la evitaron en un rasgo de honradez).

Y así va pasando el espectáculo, sin prisas ni pausas, degustando esa última función de Lita que ella se encarga de recordar vistiendo de nuevo, como hemos señalado, esa bata negra de oscuro adiós cuando debe ser un himno a la alegría por todo lo que nos ha dado. Sólo justificamos el momento, facción ternura, cuando Lita rememora a su marido fallecido hace unas fechas.

Vuelva a brillar todo y cuando uno espera inmortalizar a la estrella, verla bajar por el foso, con el más deslumbrante y espectacular de sus trajes (que los tiene), salta, cual chica yeyé con minivestido plata, acharoladas botas blancas sobre la rodilla y maxi chaleco de boas.Yo lo interpreté como que este adiós es un “ahora vuelvo” porque aunque ha rechazado prorrogar, ni ha aceptado bolos en ninguna parte, esta última imagen de La Maña era tan fresca y jovial como el más genuino de los guiños, una promesa al viento y un beso al aire del tiempo.

La primera entrega de premios cinéfilos del año a escala mundial es la de los Globos de Oro que se celebra a principios de enero en el hotel Beverly Hills Hilton de Los Ángeles. Es una fiesta lúdica que no tiene nada que ver con la entrega de los Oscar, donde toda la audiencia permanece sentada durante las cuatro horas largas que dura la ceremonia y donde quienes disponen de las filas, accesibles a primeros planos de la realización televisiva, tienen un doble para ocupar su lugar cuando se ausentan por cualquier motivo (baño, un cigarrillo). Suele decirse en el mundo del cine que si los Oscar son la boda, los Golden Globe son la despedida de soltero.

La que nos ocupa es una fiesta divertida, un tanto alejada del protocolo, con reglas tan poco rígidas que pueden saltarse con la discreción pertinente. Organiza los premios la Asociación de Críticos de Cine extranjeros pero únicamente los residentes en Los Ángeles, cuyo número no supera los noventa miembros, a quien puedes ver en un almuerzo informal el día antes en el mítico Teatro  Egipcio de Sunset  Boulevard, en un encuentro con cineastas de culto, de élite o del Este europeo.

La sala del Beverly donde se realiza la entrega tiene una capacidad para 1.300 personas, buena parte de las cuales son nominados y acompañantes, más aquellos que en esos momentos acaparen la atención mediática por cualquier motivo. Todos ellos están invitados gratis, por supuesto, mientras que los críticos abonan unos 150 dólares por ticket, y tiene a sun disposición hasta seis por persona. Hay una parte destinada al público y que se ponen a la venta por 750 dólares, que dan derecho a muchas cosas que detallaremos más abajo, de momento vamos a planificar el desplazamiento. Lo mejor es alquilar un coche con chófer que te recoja en el hotel, te deje en la puerta del Beverly Hills Hilton y vuelva a buscarte a una hora pactada en el mismo acceso: conviene fijarse bien porque la llegada es muy complicada, los accesos al hotel están cercados por motivos de seguridad y desistan de pillar un taxi a la salida, como diría Tom Cruise, Misión Imposible.

La ceremonia empieza a las seis pero conviene llegar, como mínimo, dos o tres horas antes. Primero por el control de policía cada quinientos metros, alguno de ellos con perros y espejos para mirar por debajo del vehículo, después porque tendrán que abrir el maletero y las guanteras. Y pos supuesto, identificarse y mostrar la invitación. El coche te deja al principio de la red carpet y a partir de ahí hay un pasillo en zig zag con un par de arcos detectores de metales que obligatoriamente pasa todo el mundo, y a partir de ahí ya es un colegueo total con las estrellas. Como hay tanta masa actoral en Hollywood, todos lo son, o lo parecen, así que nadie escatima una sonrisa, ni te rechaza una mano o evita un selfie porque básicamente o son actores o críticos, cualquiera de los dos amigos inevitables. Puedes seguir por el pasillo hasta el hall del salón de los premios, coger un  refresco y volver a pasear procurando no estorbar ni cruzarte con las cámaras de los abundantes e improvisados sets donde entrevistan a las estrellas.

Ya en el interior es sumamente fácil localizar tu mesa entre las cientos de ellas,  distribuidas en semicírculo alrededor del relativamente pequeño escenario, de boca enorme pero poca altura. Pegadas al mismo las mesas con las estrellas nominadas por categorías y, alejándose, gente del cine, prensa e invitados y al final público de pago que, curiosamente, es el que está más lejos de la escena, aunque no importa porque un multitudinario servicio de pantallas de televisión te acerca lo que sucede en escena. Y luego porque puedes circular por la sala libremente hasta que empieza la retransmisión, que nunca excede de las tres horas con cortes de publicidad de tres minutos cada cuarto de hora.

A partir de las cuatro empiezan a servir la cena, exquisita, conde hay salmón y otros ahumados, una carne jugosa con verduras, y pasteles, todo regado con litros de Moët & Chandon. Y acto seguido recibes el primer obsequio, una caja gigante de chocolates Godiva y otras pequeñas con mignardises diversas. A la hora de empezar debe estar todo retirado de las mesas, a excepción de las de algunas estrellas a quienes se consiente todo porque se supone que el retraso es a causa de los imperativos de la insistente prensa.

cartel golden globe 2018

Y empieza el espectáculo. La mejor plaza para no perderse ripio es estar sentado en el espacio de prensa, pegado al de los actores y que tiene detrás un pasillo, con dos destinos imprescindibles: por un lado el baño, por el opuesto. dos accesos, uno que se abre a una galería abierta donde se puede fumar, y el otro hacia un buffet equiparable al mejor negocio de gastronomía que se precie, con toda clase de delicias, dulces y saladas que imaginarse puedan. Y varias barras donde sirven los mejores y más exquisitos combinados y más Moët. En los tres minutos de publicidad las carreras hacia estos lugares, baños de preferencia, son divertidas pues no sólo se comprueba la frecuencia mingitoria de algunas celebridades, sino sus nerviosos movimientos mientras hacen cola para evitar un escape improcedente.

Cuando termina la gala hay seis  fiestas, la de la Fox, Amazon, HBO, Netflix, la de Warner Brothers y la de Universal. a cual mejor.  con las más fabulosas decoraciones (no olvidemos que estamos en el mundo del cine y eso quiere decir fantasía), música en directo o dj de cierto renombre. Y por supuesto, comida y bebida. El acceso se logra por invitación directa de los organizadores, productoras de cine, majors y canales televisivos en auge. En estas fiesta puedes encontrar a la estrella que no habías visto en la sala de premios, porque son invitaciones separadas. Y, por regla general, los que van a los premios no las frecuentan, excepto si están de promoción, pues entonces tienen una suite, se cambian de ropa, cogen un ascensor y posan en el photocall publicitario.

Cuando los pies ya no pueden más, has agotado las dos baterías del móvil y estás tan saturado que hasta te da igual que Nicole Kidman te pida la hora, te queda el reto final: hacer cola en unos stands donde te canjean la entrada por un bolso de viaje con ruedas para los caballeros, o uno muy chic para las señoras, ambos cargados con un variopinto lote de productos de todo tipo, desde artículos de belleza a vasos térmicos, termómetros de viaje, cortaúñas, básculas digitales de maletas, auriculares alta fidelidad, por un total de 400 dólares. Con todo esto, y los bombones y dulces que llevas arrastrando desde las ocho, localizas la puerta donde te ha dejado el chófer y a dormir con esa colección de fantasías animadas de ayer y hoy que más que hacernos soñar nos han desvelado para toda la noche. O por varias.

 

 

La entrega de los 75 Golden Globe Awards se celebró la tarde del domingo en Los Ángeles, madrugada del lunes en España y a pesar de la diferencia horaria tuvimos oportunidad de verla en directo vía Stream. Volvió a ser un espectáculo magnífico aunque esta vez las reivindicaciones sociales tiñeron de negro una pasarela roja por las que desfilaron vestidas de ese color las primeras espadas femeninas de la pantalla mundial. Los abusos del productor Harvey Weinstein sirvieron de cabeza inicial para una serie de reivindicaciones femeninas que se desataron en la noche de cine, una noche donde no falló en ninguno de los discursos muestras del rechazo a esos abusos sexuales (curiosamente ninguno a hombres), a la igualdad salarial.

Penélope Cruz, vestida por Ralph & Russo, en los Golden Globe del 2018

En cabeza de esta manifestación total black (que se saltó la presidente de la HFPA, la periodista india Meher Tatna que fue de rojo, vestido y abrigo), anotaremos a Penélope Cruz, con un sugestivo Ralph & Russo de transparencias y encajes. No sé que será pero Pe es mucho más Pe fuera de nuestras fronteras, está más suelta y simpática en las entrevistas, parece más hermosa y aparenta la estrella que es, todo lo contrario de cuando aparece en promociones nacionales o entrevistas al uso, donde siempre se muestra distante, entre pueblerina y reticente, a la defensiva, huidiza, temerosa y un pelín amargada: debería probar a comportarse aquí igual que lo hace fuera, a todos nos iría mejor, ella incluida.

Halle Berry, vestida por Zuhaid Murad, en los Golden Globe del 2018

Bien, las señoras de negro, y ya que fue una noche de mujeres, apuntemos a nuestro parecer las más espectaculares. Halle Berry, de breve por no decir poca, tela de Zuhair Murad, que también medio desvistió a Catherine Zeta-Jones (que acompañó a su suegro, Kirk Douglas, a entregar un premio); Alicia Vikander, señora de Fassbender (se casaron este verano pasado en Ibiza), de monacal Louis Vuitton: la pantera Naomi Campbell exhibiendo un recatado Gaultier; las gasas negras Atelier Versace de Angelina Jolie. Y el bustier con pantalón de Maggie Gyllenhaal, de la firma española Monse (la mitad es del asturiano Fernando García). Porque en esa noche de las reivindicaciones femeninas no sólo se apoyó el desprecio al productor Harvey Weinstein -con pegatinas Time is Up (se acabó el tiempo) de monstruos similares, y Me Too, a mi también, que lucieron mujeres y hombres, éstos por cierto, impecables en smokings algunos, como Ricky Martin, combinando todos los accesorios en negro-, sino que muchas usaron pantalón y se atrevieron, como Susan Sarandon con femenino smoking, claro que de Saint Laurent. Para colmo ni una de ellas se vistió de Marchesa, la firma de Georgina Chapman, señora (en vías de divorcio) de Weinstein. Y, la verdad, ella no tiene la culpa, es la primera perjudicada.

Como tampoco la tenían Armie Hammer y Thimotée Chalamet, nominados y sin premio por “Call me by Your Name”, donde interpretan a una pareja homosexual, y eso, por lo del otro proscrito, Kevin Space: está muy mal visto en el reivindicativo Hollywood de estos momentos (y desde siempre, no me sean hipócritas),  los movimientos gay. Hammer y Chalamet no tienen la culpa, no. Y mucho menos Christopher Plummer, que a sus 88 años se quedó sin opción a premio al reinterpretar el papel de Spacey en “All the Money in the World”, ya que el rol del “maldito” fue borrado del filme de Ridley Scott y vuelto a rodar. Plummer fue con Rita Moreno, de 86 años y Carol Burnett, de 84, los veterano de la gala, donde ganó el citado Douglas con sus 101 de nada.

Naomi Campbell, de Jean Paul Gaultier, en los Golden Globe del 2018

Presentó la entrega de premios Seth Meyers, correcto aunque no brillante, que por supuesto aludió, entre chanzas discutibles, el problema Weinstein. Dijo, entre otras cosas, que hubiera estado allí como un elefante en una caharrería y que esperaba que su nombre volviera a pronuciarase en la sala del Beverly Hills Hilton en el tradicional Obituario ( o sea no sonara más hasta su muerte) y fuera abucheado. También bromeó con Woody Allen y por supuesto sobre Spacey, aunque la más ocurrente fue Natalie Portman (de Dior couture), al nombrar los candidatos al mejor director, “todos hombres”, remarcó en la femenina noche. Remató Barbra Streisand que recordó que ganó un Golden Globe en 1984 por dirigir “Yentl”, y no sabe de ninguna otra mujer que tuviera otro. Con todo, el discurso más relevante fue el de Oprah Winfrey (sirena de Versace) al recoger el premio Cecil B. De Mille a toda su carrera: su solemnidad, precisión y cordura al tocar temas como la discriminación racial, las diferencias salariales, incluso los abusos, fue tan medido y perfecto que levantó a la audiencia.

En esa fiesta de cine convocada por la Prensa Extranjera (HFPA) que reside en Hollywood y cuyo comité no excede de 90 miembros, las estrellas hicieron el paseíllo negro sobre rojo acompañadas de dirigentes sociales. Entre ellas  se pudo ver a Emma Watson que llegó con Marai Larasi, directora de Imkaan, organzación dedicada a a controlar la violencia de género en las minorías negras; Meryl Streep lo hizo con Ai-jen Poo, directora de National Domestic Workers Alliance, que organiza trabajadores domésticos en EE.UU.; Michelle Williams con Tarana Burke, fundadora del colectivo Me Too; mientras que Susan Sarandon fue con la activista  Rosa Clemente, y Emma Stone apareció con Billie Jean King, la ex tenista número uno del mundo.

Nos tocó una porción de premio cuando al mexicano Guillermo del Toro lo reconocieron como mejor director por “The shape of water”, aunque el mejor filme fue para “Tres anuncios en las afueras”,  cuya protagonista Frances McDormand se llevó el Globe a la mejor actriz en drama. Gary Oldman encarnando a Churchill en “Darkest hours” fue mejor actor en esa categoría.

Señalemos como dato que la presencia de Miss Golden Globe, una especie de azafata de lujo que recaía en la hija adolescente de alguna celebridad, ha sido anulada desde esta gala, aunque de ello no tengan la culpa Sophia (20), Sistine (18) y Scarlet (14), las tres hijas de Sylvester Stallone que ejercieron de tales en la edición del año anterior.