marzo 2018

Va a sonar pedante, pero la primera vez que oí hablar de “Master Class” fue en París hace un poco más de veinte años. Roman Polanski, con quien entonces mantenía una excelente relación, dilatada en la actualidad sin motivos aparentes, había abandonado la idea de montar el espectáculo, estrenado en Broadway meses antes, porque no encontraba la actriz adecuada. El cineasta polaco estaba seducido por el mundo de la escena  en el que había logrado ya un extraordinario éxito dirigiendo y protagonizando “Amadeus”, y que años después repetiría asumiendo el rol principal de la “Metamorfosis”, el texto de Kafka reconvertido por Patrice Chéreau en un espectáculo casi circense que le dejaba extenuado después de cada función.

Polanski no encontraba la actriz que encarnase a la Callas, la diva, una de cuyas lecciones magistrales del curso 71-72 en The Juilliard Scholl de Nueva York recrea el texto de Terrence McNally. Fue Fanny Ardant quien meses después se puso en contacto convenciéndole que era ella la persona ideal. Y acertó. Siempre creí fundamental que para ese papel (que luego haría Faye Dunaway, Patti LuPone, y en España Nuria Espert y Norma Aleandro), era imprescindible que la actriz protagonista fuera al mismo tiempo una diva del bel canto, otra Callas, vamos. Pero en el montaje original la estrella sólo daba consejos, contaba su vida, nunca su voz iba más allá de la inflexión marcada por la palabra, que no la partitura. Y se echaba en falta el trino, aunque Ardant estaba extraordinaria.

Siempre pensé que sería una buena idea, irrealizable porque en raras ocasiones se unen cualidades, aunque la presencia de musicales en el mundo exigiera de los cantantes cada vez una mejor preparación actoral. Por eso cuando Toni Albaladejo, productor de Anexa, me habló de montar la función con María Bayo, creí que era una idea excelente pero imposible. Nunca puse en duda las extraordinarias cualidades de la fenomenal soprano navarra, pero la complejidad del texto me abría un interrogante acerca de sus dotes para la acción dramática sin notas musicales de por medio. Pero no tuve en cuenta una cosa fundamental: María Bayo es una diva del bel canto, es otra Callas. Ha dado seminarios y lecciones magistrales, así que una cierta experiencia personal tiene al respecto. Por supuesto, sus vivencias no arrastran, afortunadamente para ella, la tragedia  de la diva griega. Y sus problemas no son acerca de descalabros amorosos, ni de pesos y siluetas, ni de intrigas ni otras suculentas tentaciones que la vida, agitada que no revuelta (como los Martini de James Bond), le servía en bandeja a medida que transitaban los años.

María Bayo sabe lo que es aconsejar y, creo, tiene un carácter mucho más dulce y pacificador que Callas, a quien no tuve el gusto, o sea que tengo que creerme todo lo que McNally escribió acerca de ella. Como le ha debido pasar a Bayo que sube a la escena hecha un calco energético de la divina. Desde su irrupción en escena, de negro, con sus gafas y el pelo recogido en un apretado moño, ya se adivina que el camino será tormentoso, aunque con hallazgos donde el humor aparece cuando la partitura menos lo aparenta. La sublime soprano navarra imprime a la función algo que nunca tuvo: la realidad musical de un texto sin música a la que ella marca los tiempos. Sus solos, sus duetos, aún sus coloraturas aisladas, son escaleras de sonido para un personaje que ni siquiera tuvo en su original una sola nota. Y ahí es donde María Bayo hace suyo el personaje, donde su Callas es más de verdad que ninguna otra antes porque lo que imparte no sólo lo cuente, o lo grita, sin que lo canta, y Dios, cómo lo canta.

Jordi Andújar, Anna Alborch, Marc Montserrat-Drukker, María Bayo, Pau Baiges y Júlia Jové presentando “Master Class” en el hotel Mandarín Oriental de Barcelona

Maravillosa, espléndida de porte, cauta e insolente, pedante y burlona, moderadamente irritada siempre, tremenda con cierto punto de pícara bondad, María Bayo es una Callas fiel al texto, a sus pautas y sus gritos (muchos) y sus silencios (pocos, muy pocos). Domina la escena y hace de su pluscuamperfecta dicción uno de los mejores regalos que puedan hacerte desde un escenario: no hay nada más hermoso que el sonido de las palabras y esta es la ocasión más perfecta para disfrutarlo. Cierto es que determinadas situaciones quedan un tanto desdibujadas por la inexperiencia de la diva en cuanto a letra sin música, pero su sensibilidad es tal que sustituye cualquier imperfección actoral que pueda apreciarse si es un exigente espectador. Hay fidelidad al texto y profesionalidad, rigor técnico y cuidada puesta en escena, es una “Master class”  (teatro Borrás de Barcelona), con todos los requisitos necesarios, desde la diva al utilero, reconvertido aquí en personajes diversos. pasando por los alumnos cantantes. Sin olvidar el público, un actor más reconvertido en alumnos de la escuela de música por excelencia. Todos conforman ese panorama de diva sin partitura, que empieza a toda marcha y termina porque una sesión en el instituto de belleza espera a la estrella. Un motivo banal que precipita estos retazos biográficos intercalados entre la docencia de unas óperas que conforman y confirman una vida de éxitos plagada de sus imprescindibles cargas e inquietudes.

Al lado de la soprano universal un breve y brillante reparto la arropa en esta producción. Anna Alborch y Júlia Jové son las alumnas (interpeladas, vejadas, aplaudidas, burladas, alabadas) y Ezequiel Salman, el tenor que tampoco se libra de las veleidades de esta Callas, a ratos también producto de la histeria de esta gloria terrenal tan absurda llamada fama. Pau Baiges es el pianista que amortigua los relámpagos de este volcán canoro, y Jordi Andújar el utilero, que es a la vez Onassis y Meneghini, los maridos de Callas. Todos bajo la dirección de Marc Montserrat Dukker, experto en musicales, que imprime vigor a una escenografía de Jon Berrondo con pocos problemas: una reproducción a lo que pudiera ser un aula de la Juilliard School de Nueva York, escenario de esa clase magistral donde una divinidad (Callas? Bayo?), aplica sus vivencias a partituras de dúos (sus maridos), y muchas arias, (ella, en toda la divinidad de la palabra).

Barcelona tiene que despertar de este letargo que la está matando despacio, pero seguro. El mundo lúdico es uno de los puntos fundamentales: del mismo modo que quien mueve las piernas, mueve el corazón, agitar la noche es potenciar el día, aunque sean las 24 horas las que tienen que ponerse en marcha para que avance la vida barcelonesa en todos los campos.

Puestos a pedir me apunto al modo social, relativamente menos comprometido, pero imprescindible para arrancar el motor de esa nave que es la ciudad que debe recuperar su carrera hacia las galaxias. Lo hago con un toque nuevo y fresco: la apertura del Hedges Club Barcelona (Balmes, 220), que a partir del 3 de abril nos proporcionará un nuevo espacio para discutir, charlar, organizar, comer, trabajar o cerrar un trato. No es una disco, ni un restaurante, una oficina o una lugar de citas amorosas: en cambio puede ser todo eso si la actitud de los socios (máximo de 300 y están en 250) desarrolla la principal de sus actividades previstas: la comunicación humana.

La estructura emocional de este tinglado la comanda Youcef Aden, hombre curtido en estos encuentros medioambientales, experto conductor de sensaciones. Es él quien propone el  selecto punto de encuentro para que las coordenadas de deseos, ambiciones, diálogo, diversión y negocios -entre otras necesidades sensoriales-, dispongan su espacio, algo imprescindible que no debe dejarse nunca al azar. Aden sabe de qué va porque domina bien el trato, es experto comunicador y sabe de ambientes mundanos. No le son ajenas citas míticas del mundo, del Palace, el Bain Douches, o el Costes parisinos, como el recién recuperado Annabel’s en el Mayfair londinense, o el Tramp en Piccadilly de la misma ciudad. Por no hablar del Studio 54 neoyorquino o cualquier punto referencial que ha sido, y es, cíta referencial en el mundo de las interpelaciones. Hablar con él es revivir personajes, pasajes y paisajes de gentes que han rediseñado el mundo desde cualquiera de sus ángulos.

Youcef Aden con Sally Garcia, founder y co-founder del Hedges Club de Barcelona

Hay tres espacios diferenciales del Hedges Club Barcelona, las salas Regent y la Burlington, y la barra Carnaby Bar que las separa y actúa como frontera discrecional: antes de cruzarla una cabina telefónica en el más puro estilo “british”, señala que a partir de ahí están prohibidos teléfonos móviles y cámaras de fotos. Todo servido bajo un sofisticado mural, pintado por el artista mexicano Ricardo Guillen, que es un nuevo guiño a la palabra clave del lugar: la seducción.

La mañana que estuve en el Hedges, dos ejecutivas, ordenador en ristre, discutían en voz baja en la Regent (que tiene internet inalámbrico, ipads, impresora, escáner, fotocopiadora, fax,  y con llamadas internacionales gratuitas): las dejé saboreando el almuerzo en el mismo lugar, aunque hubieran podido hacerlo en la Burlington (decorada en el más puro estilo británico), donde yo mismo apuré un rosado Miraval, de los viñedos que fueran de Angelina Jolie y Brad Pitt, acompañado de un aperitivo con carne wagyu, en croquetas y casi crudo, unas tostas de exquisito foie gras y surtido de ibéricos. Postre de fresas, helado y crema de queso.

Superados estos espacios se sale al patio donde unas carpas albergarán un comedor de primavera y verano (uno de ellos para fumadores) -donde los sábados se ofrecerá un brunch (cierran los domingos), y que recibirá dj los fines de semana. Se llega así al Hedges Tea Club, un espacio totalmente en rosa porque la presencia de la mujer es básica. Como su nombre indica se celebrará la ceremonia del té con sus inseparables fuentes de pasteles y todo tipo de complementos. Abierto al público, servirá de espacio polivalente para la celebración de actos sociales de audiencia limitada, tales como presentación de libros o partys post conciertos de celebridades: la primera prevista, la de Axl Rose, líder de Gun’s N’Roses tras su show barcelonés.

Los socios, que abonan una cuota de 75 euros al mes por la que reciben como atención una botella de champagne mensualmente, pueden usar las instalaciones desde las ocho de la mañana hasta las tres de la madrugada, y se le permitirá asistir con un número de amigos determinado, a quienes podrá sorprender, compartir y disfrutar de una cocina con productos de primera calidad.

Todo para un club privado que nació en Londres en el 2005 como Private Club Hedges & Butler, y que ha acogido a estrellas de todos los campos, desde royals a gentes del espectáculo, atraídos por un pasado histórico que se remonta al siglo XVII. Comenzó como tienda de comestibles para gourmets, que alcanzó notoriedad cuando Guillermo IV la nombró proveedores de la real casa. Íntimamente ligados al mundo del motor, y la aeronáutica (algunos de sus miembros entrenaron a la mayoría de pilotos hasta 1915), el Hedges & Butler se convirtió en un referente para la sociedad británica, en especial desde que Vera, hija de Frank Hedges Butler, se convirtió en pionera del automovilismo y la aviación y abrió las puertas a la mujer a un dominio, el de los clubs privados, que hasta entonces había sido patrimonio masculino singular.

Esta es ya una etapa afortunadamente superada, ahora sólo falta que unas y otros, aúnen esfuerzos para hacer vibrar de nuevo a la ciudad. Pedían un lugar de encuentro, pues ya lo tienen.

 

Para los de fuera de nuestras fronteras o, simplemente, los que desconocéis el panorama actoral catalán, Lloll Bertrán es una gran actriz que ha tocado todos los palos, completa en la más amplia extensión de la palabra, aunque debe su fama, popularmente hablando, a ese maldito monstruo llamado televisión. Escribo maldito porque a veces dan ganas de asesinar a sus programadores, ignorando que es mucho más barato y digestivo, amén de menos comprometido, cambiar de canal o coger un libro, advirtiendo que los firmados por autores mediáticos no sirven y  también deben ir directamente al carro del olvido.

Lloll Bertrán tiene tras de sí una larga carrera pero lo primero que viene al pronunciar su nombre son sus programas (televisivos) de humor. Esbelta, propietaria de unas espléndidas y kilométricas piernas, tiene su particular atractivo en la voz, personal y casi mágica, que se manifiesta especial cuando canta. El carisma de esta mujer te lleva por los caminos que ella quiera, sean carreteras secundarias o autopistas mayestáticas. Era un simil, quiero decir que igual te la crees desde la platea del Teatre Nacional de Catalunya que desde la Sala Pequeña (en mayúscula porque ella es grande), de la Capitol, en plena Rambla barcelonesa, donde presenta su nuevo espectáculo .

Allí ha instalado esta road history con apenas equipaje y dos actores que prometen, uno de los cuales se sienta al piano y el otro está, y copio del programa, para lo que sea necesario (“para lo que haga falta” en traducción del original catalán mucho más apropiada en este caso). Lloll nos cuenta un cuento que empieza con el típico “Érase una vez” (“Temps era temps”, modo de iniciarlos en lengua vernácula, idioma en que se representa el espectáculo),  con textos en un francés perfecto y un alemán supongo que también porque no lo hablo. Es un cuento para mayores que pueden ver y escuchar los niños, que la única maldad que tiene la Lloll  es la que cacofonicamente suena a Maldá, nombre de la sala (Maldá) donde se presentó este divertido epistolario, que todo son cartas de amor. Casualmente, la sala está en un antiguo palacete del barrio gótico barcelonés, el palau Maldá, claro, donde Lloll instala a un imaginario conde que visita nuestra ciudad. Más francés que Astèrix, recita sus textos en su lengua, y se ve involucrado en una historia de amor que, como todas, será turbulenta. Empezando por la elegida de su corazón, una cupletista, Lola, que canta, naturalmente, en alemán (aunque no hay nada de Weil, ni Brecht, todo un feo para los eruditos), mientras la trama se complica por una marihuana de nada que aparece en un balcón más maltratado por los pájaros que fastidió Hitchcock en su filme a sus actores (cuando la vean sabrán porqué). Hay robos, policías y ladrones, hospitales, cárceles y palacios. Viajes de ensueño y otros menos recomendables, todo con las mejores partituras y versiones de unos temas conocidos adaptados a una loca historia tan divertida e inverosímil que podría formar parte del slasptick a la catalana si algún día nos diera por explotar la vena cómica del país. Que aunque hay quien lo duda, la tenemos, y muy buena: ahí está el ejemplo.

Lloll Bertrán presenta “El secret de la Lloll” en la sala 2 de la Capitol de Barcelona

Experta en musicales, y con voz para todo, igual ataca “El fantasma de la ópera”, que “When You’re Good to Mama”, de  “Chicago”, que la “Chica yé yé”,  la “Canción de los piratas” de “Mar i cel”, en versión francesa, “Fumando espero”, o la citada Lola (“Ich bin die fesche Lola”), entre otros muchos temas que ilustran la tragicómica historia que Lloll vende misteriosamente en su título (“El secret de la Lloll”), y que es una locura fruto de su disparatada imaginación a la que no es ajena su pareja el multidisciplinar (poeta, escritor, cantautor, ilustrador) Celdoni Fonoll, siempre presente al lado de la estrella de la casa.

La actriz, en esa proximidad que proporciona la Sala Petita, te cuenta el cuento de tal modo que te sientes protegido en su regazo, divertido como chaval con juguete nuevo, la risa, la sonrisa y la carcajada siempre a punto de sorprender. Producida por Anexa, tiene unos elementos escenográficos que Jordi Bulbena ha dispuesto con habilidad para solventar los mil y un escenario donde se desarrolla la acción, y un biombo sin secretos, ya que realmente no oculta más que las transiciones temporales. Así, todo el peso de la función recae sobre nuestra protagonista, ataviada con pantalón, chaleco y blusa, prendas también multiusos. Dado que suya es la idea, el guión y la dirección, es fácil suponer la disponibilidad de la creadora para hacer suyos tanto los personajes como situaciones y resoluciones, dramas y alegrías de ese conde que nada esconde (y no es un juego de palabras, él es así).

La acompañan en escena una pianista, Ariadna Cabiró, que en algunas funciones es Isaac Fonoll, y por Bernat Cot, que a veces es Eduard Autonell, como un todo terreno acústico y cantarín, y todo personaje esporádico que se precie. Tres personajes que saben lo que hacen (lo dice Lloll: “es que estos jóvenes ya llegan sabiéndolo hacer todo”), mientras recogen los aplausos de un espacio al completo que sale con la mejor de las disposiciones para hacer un mundo mejor. Y es que, después de lo que le pasa al conde de la función, todo es posible. Hasta, incluso, ser feliz.

En estos tiempos que corren lo mejor es apuntarse a la fantasía. O mejor a la magia, que siempre es una manera de materializar la realidad, que de eso se trata:  el dinero no aporta felicidad, pero proporciona sustitutivos a docenas. Así que, todos a la magia, especialidad artística que está proliferando como flor en primavera. No hay espectáculo televisivo de talentos que no aporte varios de estos aspirantes a Harry Potter, y lo cito a él porque, con algunas excepciones, muchos de ellos acaban de cruzar la barrera de los veinte abriles aunque en lugar de darse al ocultismo y similar nos transportan  a un mundo de fantasía, insisto, tan necesario.

Como es el caso de Gerard Borrell, a quien hemos visto en su ameno espectáculo del Teatre del Eixample de Barcelona, una  de esas tardes de sábado en que apetece divertirse sin perder el Norte y que tiene uno ganas de descubrir algo nuevo. Me lo había recomendado Mer Román, del mismo teatro, y Victor y Cristina Porres de la Agencia K de Komunicación, expertos, aunque sea sólo por vivencias, en todo tipo de espectáculos. Pensé que un poco de magia no vendría nada mal. Primera sorpresa, el teatro lleno, toda una hazaña en estos tiempos de poca alegría, y más con los pocos medios que disponen estos locales casi alternativos para hacer publicidad. O esa, méritos propios los de Borrell, amén de haber participado en un programa de magia de TVE (lo he advertido antes) que se llamó “Pura magia”, de escasa audiencia pero del que se habló de una nueva temporada, que finalmente se hará. Al igual que el otro programa que produce Javier Cárdenas“Hora Punta”, que también ha renovado.

Bien, ambiente cordial para Borrell, gente joven, que parece un sector recuperado para las audiencias escénicas. Un segmento más propenso a los monólogos y cierto aire de diversión como puede comprobarse también en las Salas Capitol, antes Can Pistolas por su programación cinematográfica de westerns,  y ahora subtitulada La Casa de la Risa.

Borrell es un tipo simpático, desprende hilaridad y juega con el espectador desde su primera aparición, donde los disparatados precios de las prendas que viste, dictados por espectadores elegidos al azar, aparece indicado en las etiquetas. A pesar de su juventud, el mago sabe como manejar al respetable, jugar sin ensañarse y establecer las fronteras justas entre el respeto y la diversión, punto donde muchos otros flaquean.

Me cuentan que hace magia desde los 14 años, que a los 17 organizó su propia compañía y que desde entonces no ha parado de crecer, como mago se entiende. Al mismo tiempo se graduó en Arte Dramático en el Colegio del Teatre. Dicen también que él mismo afirma que se dedicó esto: “Por cobardía, porque la magia me dio una seguridad para presentarme a un público que es lo que a mí me gustaba. La magia es una buena excusa para pasárselo bien”. Considera que la magia es “un arte escénico que le permite jugar con diferentes elementos artísticos, canciones, gags, bailes, “playbacks”, etc.”. Y tiene una particular filosofía de trabajo: “Disfruta para hacer disfrutar”.

Gerard Borrell antes de sacar la última carta del espectáculo, pero, de dónde?

Del breve curriculum que me facilitan destaco que es mago, presentador, maestro de ceremonias, actor de teatro, de cine, de doblaje y especialista. Y que ha montado más de 14 obras de teatro, magia de cerca en diferentes espacios, asesoramientos mágicos, espectáculos de magia en diferentes teatros del territorio, participaciones en programas y series de tv.

Espero que esto sirva de carta de presentación a un mago divertido, que empatiza con el personal, que hace de su espectáculo un vehículo agradable donde demuestra que habilidad y diversión pueden y deben ir parejos. Señalemos algo original. El número final, aquel con el que la plantea enloquece, me ha recordado al que interpreta Úrsula Martínez, una artista de burlesque que vimos años atrás en los festivales que organizaba Elvira Vázquez en su Molino. Ella, toda una señora estupenda cumplidos los 50, se iba desprendiendo de toda su ropa, exactamente toda, mientras iba haciendo desaparecer un pañuelo rojo que al final extraía de su vagina. Magia, pura y dura. Por eso, el strip-tease final de Gerard Borrell, él en sucinto bóxer y la platea enardecida, provocaba insinuando de dónde iba a salir la carta de su último juego. Pues bien, salía de ahí, no de la vagina que estamos hablando de un caballero, sino del orificio que oculta la masculina prenda interior.

Destornillados de la risa, que de ahí sale la carta en cuestión, estaba en la platea David Valldeperas, director del exitoso “Sálvame” que La Fábrica de la Tele produce en T5  -que estaba divirtiéndose con otro colega, Rocco Steinhäuser, habitual en otro programa de éxito, “Arucitys”, el show de Alfons Arús en 8TV-, y que colaboró de partenaire con el mago en uno de sus números. Así que no me extrañaría nada que el numero en cuestión cerrase una edición del “Sábado de luxe”, que también produce la misma firma para la citada cadena. Pero para ir abriendo boca, vayan a verlo al Teatre del Eixample: nada como el directo!!

Para una breve temporada de diez días se ha instalado en el Teatro Tívoli de Barcelona el inefable e infalible Juan Tamariz, de profesión mago como imagino que todos ustedes saben. A simple vista nadie lo diría, parece un señor normal y corriente, de tintes bohemios, eso sí, que de repente ha pillado prestado un sombrero de copa de terciopelo tornasol morado y una funda de violín y se ha subido al escenario. Pero no esperen concierto musical, aunque su arte despierte y agudice los sentidos. No hay violín, en su lugar hay barajas de cartas, útiles de trabajo del entrañable personaje que va más allá del artista.
Tamariz titula su espectáculo “Magia potagia y aún más”, aunque yo prefiero el de “tachán” cacofonía con la que finalizaba cualquiera de sus encantamientos. No está solo en escena porque le acompañan tres magos más, a los que define y presta espacio en tan mínimo espacio de tiempo que uno llega a creer que son amigos que pasaban por allí y les ha pedido que suban al escenario, y los entretiene poco porque no quiere abusar. Eso podría suceder con dos de ellos, Manu Vera, procedente de la Escuela de Magia de  Madrid, que dirige Ana, la hija deTamariz, y el argentino Alan, cuyo único  (y breve) número añade un gramo más de locura al espectáculo. Con el tercero invitado no es lo mismo porque se trata de la bella colombiana Consuelo Lorgia, casualmente la esposa del mago (los dos en la foto de portada), a cuyo cargo corresponden las aportaciones mentalistas que más sorprenden al público. Lorgia pertenece a una familia de magos colombianos de largo recorrido en su país, donde su apellido es ya toda una garantía.

Una audiencia abducida ya de entrada en ese caudal de surrealistas y encadenados monólogos que cual Groucho Marx prodiga Tamariz -que podría ser el abuelito cachondo de Harry Potter si a éste no le hubieran seducido las oscuras perversiones-, durante las dos partes del show. Pero las habilidades de los tres también devoran los sentidos. El primero, Vera, con un sencillo número de pañuelos con vida propia y con otro, que abre la segunda parte, donde la sensibilidad de sus sombras chinescas devuelve al público la capacidad de sentir las emociones como el recuerdo de cualquier primera vez. En cuanto al segundo, Alan, su aportación es tan mínima que se queda uno con las ganas de volver a verlo: dado que el espectáculo no tiene estructura previa y cambia según el día, es más que probable que repitamos la experiencia para ver si tenemos más suerte y le pillamos algún número más.

Es una delicia contemplar como la personalidad de Tamariz ha creado una personal escuela de aceptación. Lejos de grandes aparatos, magnificencias deslumbrantes, efectos especiales, el amigo, que si no lo es se convierte en insustituible al finalizar el show, juega con sentimientos de bolsillo. Como explica él mismo hay historias (escribir trucos a estas alturas se me pone difícil) de pequeño recorrido y sorpresa final, habilidades donde las manos corren más deprisa que la vista y las barajas se desparraman por los suelos con la misma facilidad que la sensibilidad por los senderos del alma. La grandeza de lo íntimo, la pureza de unos juegos complicados, de enervante resolución (cuando erróneamente tratas de resolverlos), los alterna Tamariz con algunos de participación masiva. Señalemos el que preside (por su nutrida colaboración) el de las cartas huidizas a los sones de la banda musical de “Siete novias para siete hermanos”, donde, como en el filme, siete parejas bailan uno de los números mientras las cartas elegidas por unas y otros van intercambiándose sin que, aparentemente, nadie las toque ni un momento.

Aunque para ovación el complejo juego con dos barajas que, tras jugar con ellas en colaboración con dos ayudantes voluntarios, se reconvierten en cartas gemelas apareciendo unas y otras de igual palo y numeración: un juego de creación propia que a buen seguro creará adeptos si no lo ha hecho ya. Cuando uno sale del teatro lo hace con una sonrisa en los labios, lamenta no haber compartido, más de cerca, cualquiera de los números con el amigo. Y empieza a recordar lo que acaba de ver como el más feliz de los sueños, que la magia es, simplemente, un juego al servicio de las emociones. Y sin ellas es imposible, e inútil, vivir.

La otra noche en la sala Pepe Rubianes del Capitol barcelonés sucedió algo insólito. María José Balañá y Héctor Rojas, de la empresa propietaria que gestiona el grupo Balañá, aparecieron sobre el escenario. Algo inédito porque lo hicieron además con un enorme pastel de chocolate que llevaba el número mil silueteado sobre la sabrosa capa de cobertura. El regalo era para Toni Moog, el monologuista, que celebraba esa noche las mil y una noches de su estancia no consecutiva en la sala, arrastrando un total de trescientos mil espectadores. Tal como está la situación en esta Barcelona que bosteza y ya ni siquiera recuerda lo que fue ayer, es una hazaña bélica. A través de sus espectáculos, algunos recurrentes como el de Navidad donde deconstruye la celebración, Moog aparece sobre el escenario con su show, una mesa, un micrófono y un vaso con un líquido  color whisky, que él asegura es Frenadol para la gripe pero que un descuido fortuito desveló la verdad. Algo que no vamos a revelar porque no queremos traicionar al amigo recién descubierto al que hará ilusión tener como cómplices del secreto a los asistentes a la gala, un alto de sus actuales funciones de “Hollymoog” que representa en la sala.

Santi Millán acompañó a Tony Moog en la celebración de su noche nª mil en la sala Capitol

Moog es un tío especial por lo normal que resulta a pie de calle y a pie de escenario. Parece que le conozcas de toda la vida y ya, desde que lanza el primer improperio, sabes que nada de lo que suelte por su procelosa boca va a molestarte, sino simplemente divertirte y, con mucha probabilidad, te hará recapacitar porque es lo que llevas pensado desde hace tiempo pero nunca te has parado a reflexionar, o soltarlo en voz alta.

¿Cual es la virtud de Moog? Tomarse la vida con filosofía, deduzco, si lo que cuenta es parte de su quehacer diario, sus problemas y sus cuitas. Esa parece ser la virtud del monologuista, acercarnos a una realidad, pretendidamente la cada uno de ellos, como si fuera el vecino pelma que encuentras cada día en el ascensor al llegar a casa y te suelta, en plan skecht, las incidencias del día. Tony Moog es ese vecino (amable), con el que identificas de pleno, en especial porque derrocha algo de lo que suele carecer la gente, humanidad. Por no hablar de sensibilidad, juguete en desuso que parece rebajar feromonas y dulcifica reacciones. Nada de eso: no hay nada más noble que un hombre que muestra su lado más poético (escribir femenino daría lugar a dañinas interpretaciones), y cuenta sus querencias y carencias con la misma facilidad que se bebe un Frenadol, que como todos sabrán y habrán probado, son unos polvitos para aligerar los resfriados.

Tony Moog afila el cuchillo y se dispone a partir el pastel, donde ya ha caído un cero

Tony Moog desmenuza situaciones cotidianas y las sirve tal cual, bueno, les añade un par de tacos de esos que usamos a diario, y las suelta al aire, como si le contara a un espejo las valoraciones de sus acciones del día. Y lo hace sin trampa, no se va a engañar a si mismo, ni hace apreciaciones engañosas, reconoce aciertos y errores, las cosas que ha aprendido y las que lamenta haberlo hecho. Moog emociona cuando, entre estos pedazos de vida, se le llena la boca contado la habilidad de su hija Nora (que debe tener seis años) con un plato de espagueti, algo que ha aprendido de él y que no les voy a contar peque tienen que ir a que se lo cuente él, que es el autor de la pirueta (que lo es). El público disfruta con este hombre tan alto, tan grande, tan avasallador y tan fuerte que se convierte en una persona normal, con sus fobias, sus filias, sus veleidades y sus emociones. Por todo eso y por muchas cosas más, Tony Moog ha hecho ya esas mil noches en una sala que ha llenado con trescientos mil espectadores. No me repito, insisto en las cifras que adornaron el pastel. Limpio, en un show donde desvela intimidades salpicadas de onomatopeyas la mayor parte de las veces. Y, sobre todo, de una realidad que nunca duele a pesar de su manifiesta crueldad que no disfraza sino que reviste de ese barniz amable que le facilita el ser un hombre de bien, una buena pesona. Y eso se agradece y se aplaude.

La noche de la fiesta además del pastel hubo otros dulces de lujo, desde Santi Millán (que le enseñó a ser disciplinado y perder el miedo a enfrentarse al respetable), hasta amigos como Alberto Demomento, un colega que efectúa un cameo como presentación de su futuro show en la sala. Con ellos, todo un descubrimiento (al menos para mí): Miky McPhatom, especialista en todo tipo de ruidos y sonidos (no es lo mismo colegas), que sorprende y maravilla; y el mago Gerard Borrell, cuyo espectáculo en el Eixample Teatre de Barcelona es otra de las sensaciones de las que me ocuparé en breve.

Y una serie de amigos que le mandaron videomensajes, tantos. que fue obligado hacer una selección. Como traca final, la aparición del grupo Hotel Cochambre que cerraron la fiesta (homenaje es para los mayores) a ritmo de tiempos de ayer, aquellos en los que Tony trabajaba de todo en el Mogg (de ahí su nombre) y ese todo incluía intervenir (molestar?) las canciones del grupo, que con su presencia le devolvieron la jugada y lo remitieron al ayer. Creo que hay Moog para mucho rato, ustedes tienen la palabra. Bueno, no, tienen la decisión, que la palabra la pone él.

 

 

Decía Hitchcock que no se debería trabajar nunca con perros ni con niños. Tras haber experimentado con la vida sexual de los animales a través de un  espectáculo multidisciplinar, “Bestiaire d’amour”, basado en su serie de cortos “Green Porno”, Isabella Rossellini se atreve, no con uno, sino con dos que le sirven para organizar un circo donde “interpretan” un amplio surtido de animales que mezcla con teorías filosóficas, del lógico Aristóteles al cartesiano Descartes pasando por el conductivismo de Skinner.

“Link Link Circus” se titula el experimento que Rossellini ha presentado esta mañana en el Teatre Akadèmia,  donde se estrena mundialmente el miércoles con todo el aforo vendido para ocho únicas funciones. Y apareció Isabella fiel a su cliché de los últimos años. Cara de manzanita sin colorear, sonrisa ingenua, estilismo masculino y abrigo a la japonesa, pelo a lo garçon y un maquillaje a lo Frances McDormand, o sea sin. Sonriente y con un perro en los brazos sobre cuya identidad aún conservo dudas. Porque puede que sea Pan, como el personaje con el que comparte escenario; puede que sea Minnie (apodada la Streep, por Meryl), que realmente actúa en la obra y que es toda una estrella desde que protagonizó “Annie” en Broadway; o puede que sea Darsy, adoptado como el anterior en una perrera en EE.UU. y que figura como standby del protagonista. Tiene un envoltorio mágico Isabella que hace que todo lo que toca desprenda un polvillo de seducción ensoñadora. Debe ser el síndrome del hijo del famoso y que como Victoria Chaplin, su marido Jean Baptiste Thierrée y más tarde sus hijos Aurèlia y James, nos sedujeron con su Cirque Imaginaire. Isabella lo hará desde otra pista, también imaginada, repleta de juguetes, un adiestrador y un perro, salpicada de textos, firmados también por ella y que recitará en inglés con subtítulos en catalán. Reflexiones para puntualizar teorías como la de Darwin que demostró “la vinculación física entre los animales y los humanos y una continuidad mental y emocional que las teorías actuales confirman”.

 

Así, con ironía, el trabajo de Rossellini explora los puntos concordantes, emocionales o racionales, entre hombre y animales. Aunque esta vez sin tocar el tema sexual que aparecía en su primer trabajo: “Allí traté el asunto de cintura para abajo, ahora lo hago de cintura para arriba.” Puede resultar curioso, cuanto menos interesante, esta nueva aportación zoologica-filosófica de una mujer cuya experiencia personal la ha llevado a disfrutar de una vida repleta de emociones compartidas con personalidades como Martin Scorsese, David Lynch, Gary OldmanJon Wiedemann, que fueron maridos o parejas por años. Con una filmografía que incluye todo típo de películas, pero con algunos títulos inquietantes de por sí, como “Blue Velvet”, que por poco le hace perder el suculento contrato que la unía a una firma cosmética, que luego la despidió por ser mayor, para volver a ficharla por la misma razón. Isabella vive tranquila, su rostro muestra una felicidad que le aporta estar apartada del mundanal ruido, gozando de su granja de Long Island. Allí organiza sus trabajos y sus días, alternando sus profesiones, modelo, actriz, cineasta, y, sobre todo, la de escritora, que es lo que más le apasiona en este momento. Dice que tiene millones de visitas en sus páginas de internet, y que los cortos dan prestigio, pero tampoco dinero, “Así que, pensé, haré teatro donde la gente tiene que pasar por taquilla”. Trabaja ocasionalmente, como en el montaje que sobre su madre, Ingrid Bergman, organizó Guido Torlonia, director artístico del Teatre Akadèmia, y que supuso el inicio de esta obra que nos llega ahora donde cuenta además con alguien muy especial en escena (perros aparte. Se trata de Schuyler Beeman, entrenador de perros y titiritero, fundamental en el montaje, y un hombre peculiar enamorado tanto de las ovejas como de los espectáculos de Broadway en varios de las cuales ha participado. Curioso: Woody Allen lo estudiaría en cualquier filme.

Vale, estamos todos locos. Pero ellos también. Ellos son todos, absolutamente todos. Qué hacen sino Donald Trump, su esposa Melania, el calentorro mayordomo de ambos, y Kim Jong-Un perdidos en el Raval? Tras una visita cultural a Polònia (el acento ya señala que es el país diseñado en la tele catalana y no el original), decidieron hacer un stage en un piso patera del barrio del Raval barcelonés donde se compra y consume droga como si fuera una hamburguesería. Sólo así se concibe que el mayordomo acose, calzoncillos en ristre y en un despacho Oval de estar por casa, a Melania Trump cuyo ininteligible acento la sitúa entre la Europa del Este y una dipsómana perenne. El ridículo mandatario americano es tal como vemos en las fotos, soltando casi las mismas estupideces que en la vida real. La visita del capitoste coreano Kim Jong-Un recrea una situación absolutamente histérica, pronto histórica, donde el cambio de identidades y pelucas convierte al mayordomo en un Frégoli de ocasión, y a Trump en un mexicano de pocho y  alto porcentaje de tequila en sangre. Mientras, el coreano intenta su segundo hit tras el “Gangnam Syle”, porque más que político asemeja Park-Jae Sang, nombre real del interprete coreano PSY, que tras el único éxito de su vida declaraba a The New York Times que:  “Si estoy feliz bebo, si estoy triste bebo, si hay sol bebo, si hace frio bebo, si hace calor bebo”. Pues este igual, aunque aquí, en “The Trumps” parece que todos le dan al botellón.

No es necesario añadir que sus autores, Xavi Morató, que firma el texto, y Joan Olivé, autor de las músicas y que se reserva el papel de mayordomo, visitaron Polònia. De allí se llevaron a buena parte del irreal país hasta el Raval, donde para que no fueran menos que los protagonistas, los pasearon también por el piso patera de alucinaciones variadas. Así, la obra es una sucesión de gags televisivos interpretados con el mismo furor interino, sólo que en la pequeña pantalla la reducida duración de los skechts compone un puzzle de amable digestión, que al alargarlo para dramatizar la situación hace del espectáculo un slapstick inacabable  cuya máxima intensidad desvaría por los caminos del absurdo, que de eso se trata, pero la pregunta es si era preciso extralimitarse. Tanto Trump como Kim Jong-Un son elementos de cuidado para echarles de comer aparte, y resulta comprensible verles tratando de destruir sus (nuestros) mundos siempre con un botón en la mano que, a medida que transcurre la obra, se nos parece como los que usan los jurados de talentos de nuestra procelosa televisión cuando se pone a descubrir nuevos valores de lo que sea. Pero de ahí a materializar en el mismo despacho Oval donde Lewinsky practicó la presidencial felación del siglo (y aquí donde el mucamo viola en la ficción a la presidenta), que los dirigentes de las dos potencias se entreguen al onanismo y cópula anal, nefando discurso político donde los haya, hay un trip de difícil aceptación. Pero todo vale si se acepta a Trump y a Kim Jong-Un como enemigos de compañía, a Melania como dispersa muñeca exótica y al mayordomo pajolero mayor del reino del mundo mundial.

A tenor de lo expuesto, comprenderán que los actores están pasados en la caricatura, tal como manda el guión, y gritos, gestos, exclamaciones y demás están a la orden del día. Con dos momentos de nota: la aparición tardía del gran Mingo Ràfols como el salido coreano, cuya irrupción musical en escena es de recuerdo, y la justificación de Lloll Bertrán en los saludos grabados del final, tratando de explicar lo inexpicable, lo absurdo de la lógica, la resurrección de la carne y la vida perdurable. Y aquí lo dejo que empiezo a notar los síntomas de esta “trumpitis aguda” que se me está declarando. Y que no arreglan ni las canciones que acompañan la función.

Mónica Macfer, Sergi Cervera, Raül Romeva y Joan Olivé en el teatre del Raval, estreno de “The Trumps”

Sergi Cervera encarna a Trump y puede tener un problema si la obra traspasa fronteras: leo que tiene permiso laboral para trabajar (y así lo hace) en EE.UU. y al onírico presidente podría no gustarle eso de bajarse los pantalones y etcétera etcétera frente a Jong-Un. Mónica Macfer (tu nombre me sabe a seudónimo), es Melania, desinhibida y fresca, muy fresca. Y Joan Olivé el mayordomo salido siempre dispuesto a solventar el fulgor de la primera dama. Y un plantel de excelentes cameos grabados: Mont Plans en Angela Merkel; Dafnis Balduz. Macron; Txabi Franquesa, Putin; Miquel Ripeu, Jordan; y David Guapo, Rajoy; además de Lloll que es Theresa May. Una locura que les puede servir de sustituto de cualquier alucinógeno al uso, que no tiene efectos secundarios, pero que puede crear adicción: si es así, pueden volver cuando quieran.

 

Uno cree conocer a la gente apreciada de su entorno hasta que un día descubre nuevas facetas de una de esas gemas (los amigos son una especie a proteger), que aumentan su curiosidad hacia ella. Y eso me ha pasado con Susana Frouchtmann, amiga desde tiempo inmemorial, con una vida apasionante y apasionada, digna por sí sola de tomar cuerpo en una novela. Es una mujer que no ha esperado a ver qué pasaba con la vida, sino que ha ido a su encuentro, afrontando todo tipo de situaciones. Todas las ha resuelto con una elegancia que ya denota su atuendo, jamás el grito, nunca el improperio, excepto en un caso, el primero de sus tres libros, “Mi cáncer y yo”(Plataforma), donde vivía, sufría, se rebelaba contra lo establecido de un modo valiente, atacando sin fisuras sus posturas frente a unos acontecimientos con drástico final. Vinieron luego dos novelas, “Estación de Milán” (Plataforma), y “La pasión de ser mujer”(Circe), donde manifestó precisamente la conjunción de ese enigma sin resolver que encierran dos palabras, pasión, mujer. Y en el centro, su perfume. Ahora nos trae la escritora su nueva propuesta, nada que ver con las anteriores, “El hombre de las checas” (Espasa), con el sugerente añadido de “Alfonso Laurencic, el artista de las torturas”.

Susana es, ante todo, curiosa. Y eso es tan interesante como peligroso. Porque puede embarcare en aventuras siniestras a partir de pequeños datos, imágenes de infancia, máxime cuando ésta se desarrolla en un decorado que contiene los elementos adecuados. Barcelona, parte alta, lo que sería el Upper Barcelona, pongamos años cincuenta. En una familia a tono, la suya -procedente de centro Europa, pasando por París, estaciones cuanto menos culturalmente interesantes-, un elemento está desubicado: Meri, a quien llaman  Frau Preschern, una institutriz alemana, de estrictos modales y educación exquisita, de quien Susana no sabe nada. Un día, su madre le desvela, entre algunos datos, el nombre del marido que, sin saber porqué, memoriza, Alfonso Laurencic. Este nombre  aparecería frente a Susana muchos años después, en esa inefable biblia moderna llamada internet, cuando buscaba un dato sobre Barcelona durante la Guerra Civil.

Y aquí empieza su gran aventura que la lleva a viajar, bucear, remover, preguntar hasta la saciedad para recomponer el puzzle que supuso la vida de este hombre, del que sólo sabía que fue fusilado tras la Guerra Civil y que los rojos lo habrían utilizado para diseñar checas. Para mi amiga supuso un trayecto curioso, lento, laborioso, que precisó muchas horas de paciencia, tiempo del que jamás creí dispusiera. De su capacidad de investigar no tenía dudas, ni tampoco de su equilibrio y sensibilidad, pero el juego era, mentalmente, arriesgado. Todo era confuso en una historia compuesta de diversas capas. Una ópera de partituras diversas, sin genero determinado, una aventura rocambolesca por donde se deslizaban oficios y beneficios, orquestas de variedades y servicios secretos. Era difícil, a veces imposible, desgranar donde terminaba la mentira, si la verdad empezó alguna vez, y si tal vez fueron las causalidades y no las casualidades las que hicieron que el final de sus días fueran consecuencia de la relación causa y efecto entre su ingenio para resolver su vida, el arrojo para afrontar una vicisitudes y la cobardía tan necesaria a veces para sobrevivir.

La periodista y escritora Susana Frouchtmann

Me cuenta Susana su satisfacción por el trabajo realizado que, a pesar de ser completo, exhaustivo, ha evitado novelar. No inventa ni deduce situaciones, no hay diálogos que pudieran haber sido: todo está documentado, son fechas, lugares, encuentros y desencuentros, a veces versiones distintas de la misma situación, aunque la deducción final sea tan satisfactoria como cuando se cierra un compromiso con uno mismo y la sensación del trabajo bien hecho preside toda nuestra producción. Tampoco juzga la vida de Laurencic, un hombre entre la nebulosa sensación de vivir en un mundo tan frágil y el deseo de explorar nuevas emociones elaboradas con fragmentos de una realidad que hace suya, o tal pretende hacer creer. Utiliza sus recursos de modo expeditivo, arriesgando lo único que tiene, su vida, hasta que ésta le coloca en una situación demencial: diseñar las checas a partir de los conocimientos que dice disponer. Y que no le importa utilizar para atormentar la vida de los demás. Unas celdas de tortura donde a pesar del manifiesto desprecio por el cuerpo se castiga también la mente, aunque en ese punto nos queda pendiente una duda, un punto de inflexión que nos permitiría conocer la sensibilidad del individuo. Cabe preguntarse si las referencias pictóricas de las paredes de esos habitáculos del horror, que podrían ir de Kandinski, que despreciaba la figuración y proponía la armonía cromática, a Malevich, que se expresaba en colores y formas geométricas, eran referencias para alimentar el espíritu a modo de museos instantáneos, o atormentadas estimulaciones como las que usó Hitchcock en “Recuerda” al recrear unos dibujos de Dalí, o incluso los que éste hizo para Walt Disney en un corto, “Destino”, que puso verse en el 2003, 58 años después de su inicio.

El libro, con prólogo del ilustre Lluis Permanyer, fascinado con el tema, fue un perfecto soporte para la escritora, que presentó su obra con gran éxito en La Casa del Libro.