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Baz Luzhrmann es un excéntrico director australiano que en el 2001 realizó una versión absolutamente loca de “Moulin Rouge” (un anacronismo de arriba abajo empezando por la música), cuyo éxito a todo nivel le llevo a subir el año siguiente a la escena neoyorquina la ópera “La bohème”, en cuyo libreto había basado su filme. La misma estética mayestática también estaba presente en el anuncio para Chanel Nº 5 protagonizado como el filme por Nicole Kidman. Toda la parafernalia que envuelve estos trabajos incide en sus grafismos donde prevalecen los sentimientos, en especial el amor, LOVE, que escrito en forma gigante flota en los tejados parisinos contemplados desde buhardillas, pobres o lujosas.

Y como bienvenidos sean mis imitadores porque de ellos serán mis defectos, “Moulin Rouge” ha llegado al teatro Apolo de Barcelona. Supongo que por una cuestión de derechos de autor aquí se llama simplemente “Rouge (Fantastic Love)” pero también privan el amor y los anacronismos musicales, como está mandado y marcado en el original. La historia es la misma: chico y chica se enamoran, pero ella vive bajo el yugo de otro tipo de sentimiento donde manda el dinero, aunque la pasión reconduce el cuento, cuyo final es aquí distinto.

Poster del montaje de “Rouge” que se exhibe en el Apolo de Barcelona

Este montaje del Apolo que dirige Ricard Reguant hay que disfrutarlo por varias razones, la primera porque es una empresa privada, que ya estamos un poco hartos de iniciativas oficiales que complacen a un determinado sector del público para quienes parecen destinado sus productos. Ellos guisan y se comen un pastel cultural financiado por los impuestos de todos, pero donde no todas las opciones tienen cabida. El Apolo lleva un año, camina despacio pero seguro, y arriesga: si ir más lejos esta apuesta de “Rouge” es buena muestra de ello. Naturalmente hay pegas, pero no por ello vamos a dejar de apreciar el esfuerzo de las cien familias (Reguant dixit), que lograron subir la obra al mítico escenario.

Primera pega, cuando se copia, o se copia bien o se hace otra cosa. No basta con que la protagonista no se llame Satine, como en el filme, sino Roxanne, papel secundario en el celuloide, ni que él no atienda por Christian sino por Alessandro, curiosamente un anarquista que canta el himno “Bella, ciao” partisano en París, pero jugamos a eso del anacronismo no?, pues aceptemos éste también. Suponemos que “Rouge” es  un cabaret frecuentado por bohemios, entre ellos Toulouse-Lautrec y Erik Satie, cuyas primeras notas de su  “Gymnopédie nº 1”, añaden uno de los toques originales al montaje. El dueño del lugar atiende por Joseph y es un malvado protector de Roxanne a quien tiene abducida a base de joyas y otras minucias. Casualmente Roxanne y Alessandro se conocen y se pierden por amor, Lo que en “Moulin Rouge”, en “La bohème” y aún en la madre de la historia original, “La dama de las camelias”, conllevaba un trágico final, aquí tiene un guiño distinto, una pirueta no se si del todo válida, pero es teatro al fin y al cabo.

El problema de “Rouge” es su escritura, compleja y sin un conductor que sirva para deshilvanar la madeja del asunto. Y eso que cuentan los autores del libreto (Reguant y Octavi Egea) con dos excelentes elementos fundamentales, el maestro de ceremonias del cabaret (excepcional Javier Enguix, que hace un Maurice excelente a pesar de algunas morcillas de cabaret vetusto que le hacen decir y hacer), y el ballet (también estupendo, cuya capitana es Vanessa García, Lady Molino), que a la manera de coro griego podrían resolver la trama a través de las docenas de canciones que se interpretan, partituras cómodas por conocidas pero cuya circulación nadie organiza.

Gisela y Toni Viñals en un momento del primer acto de “Rouge”

La gran ventaja de “Rouge”es su reparto, plagado de buenos cuando no excelentes cantantes, que son a la vez buenos actores y tienen el físico del personajes, aquello que los franceses denominan le physique du rôl: todos están en la edad del personaje que representan, y eso se agradece. La primera en destacar es Gisela, la chica OT, ideal en princesas Disney, da el salto y se quita la ropa. La cantante es aquí mujer deseable, con curvas exquisitas y, por qué negarlo, canta mucho mejor que Nicole Kidman. Es una Roxanne dúctil a la que le falta tensión en algún momento dramático, algo en que la puede ayudar su coestrella, Toni Viñals, hasta ayer “Scaramouche” en el vecino teatro Victoria, y hoy esforzado Alessandro que muere de amor por la bella protegida. Es un vozarrón el de este chico que domina las partituras, aunque le falte el cariño adecuado en ciertos temas de amor (aunque también cante mucho mejor que Ewan McGregor. coestrella de Kidman en el filme). La pareja funciona y lo haría más si algunos elementos escenográficos entraran en escena antes de lo previsto,  como esa cama del fin de la primera parte donde dar salida al amor para mayor juego dramático. Un lecho mayestático, con dosel y almohadones podrían conformar una bella imágen de ese amor que pasa de poético a carnal en un plis plas.

La música en directo es otro de los alicientes de este montaje, como lo es el vestuario, adeudado, elegante, múltiple y colorista, tanto en ellas como en ellos, siempre más difícil de resolver. Y un reparto en el que intervienen también Ferran Castells como el malvado amante, y el grupo de bohemios, formado por Ferran González, Fedor de Pablos y otro chico OT, Naím Thomas. Un programa de mano a la altura de los eventos de Broadway y un espíritu vibrante que se agradece en estos espectáculos, hace presagiar que “Rouge” puede ser un éxito, pues ganas, medios y entusiasmo no le faltan.

De modo irremediable todo tiene que morir, cosas de la vida. No se lo tomen al pie de la letra, que hay muchos tipos de muerte y en este caso me refiero a la que afecta a la vida laboral, lo que se llama jubilación, que no tiene edad porque todos le colocan una: la adelantan quienes quieren dejar de trabajar por cualquier causa; la retrasan aquellos enamorados de su profesión. Y luego está la que marca la ley, esa señora díscola que aunque pretenda ser igual para todos la fastidia con su sistema de aplicación porque al ir con los ojos vendados no sabe hacia donde mira. Y la suele cagar.

Todo este tinglado está regido por nuestro deterioro, así que por más que nos empeñemos en seguir, si nos falla alguna parte de ese (cada vez menos) misterioso engranaje llamado cuerpo, la voluntad se convierte en despropósito. Pero no suele ser el caso porque la mayoría que se jubila prematuramente pertenece al grupo de quienes desean disfrutar los restos en pleno uso de sus constantes vitales en perfecto orden dentro de un ídem. Y quienes desean seguir, también.

Emilia Giménez, alias Lita Claver a quien conocemos como La Maña, a sus espléndidos xxx años (no crean lo que les digan, siempre son más), ha decidido baja el telón y quedarse en casa, cosa que yo pongo en duda. Para esta despedida, que ella se aferra a que es definitiva pero yo no, ha organizado un espectáculo tan breve como milimetrado. Lo presentó en su Zaragoza natal y lo cierra en Barcelona, en el teatro Apolo, del Paralel.l que fuera vía lúdica por excelencia y hoy es autopista sin peaje (aparente) donde pasan tan rápido los coches que no hay tiempo de ver siquiera las cada vez más escasas fachadas teatrales. Y tan olvidado por todos que ni siquiera figura en la ruta del bus turístico.

Pues allí está el Apolo, el de las chicas alegres que trajo el empresario Colsada para quitarles el mal humor, y hoy en manos de un grupo inmobiliario que lo ha alquilado a unos inversores cuya idea sobre el negocio escénico desconozco, pero que no es lo suyo, vamos. Esa nueva etapa del Apolo está dirigida por Ricard Reguant, experimentado hombre teatrero, empezó con la enésima versión de “Diez negritos”, un clásico que siempre funciona. y ahora acoge a  La Maña para su adiós.

Contra todo lo que podamos decirles, escribirles, sugerirles, contarles, les diremos que están llenando todos los días, algo insólito en esta Barcelona atontada de hoy donde hay entradas para todos los sitios. Y si no lo creen abran el ordenador para adquirír localidades para cualquier función, día y hora: las encontrarán con suma facilidad. Bien, el Apolo lleno en miércoles y ocupa el palco escénico (expresión que me encanta porque no tiene jubilación, es un clásico), la compañía formada por La Maña, Fernando Esteso, el Dúo acrobático Pack y el ballet Glamour Dance en una producción de Era y Luís Pardos, la célebre compañía a quienes la futura pensionista les ha cedido su espléndido, completo, maravilloso y colorista vestuario, un fortunón.

Abre el show una solemne Maña sentada en la penumbra, con una bata negra transparente, aunque repleta de pedrerías selectas, la misma prenda con la que cerrará el espectáculo. Demasiado rigor y excesivo e innecesario riesgo para un show de humor, aunque flote una despedida de por medio. Afortunadamente la cosa es breve y la fiesta empieza con una pauta que nosotros hubiéramos prolongado más. La Maña, jugando con el tema “Mi (última) gran noche” da paso a un Fernando Esteso en plena (y gloriosa) imitación de Raphael: ese era el juego.

Pero la ilusión es momentánea y tras el ballet, impecable (que tiene en sus filas a dos molineros, Geni Sánchez y Juli Bellot) en sus originales coreografías de Marta Tomasa, aparece el Dúo Pack, -habilidosos, elegantes, arriesgados acróbatas primero en el columpio y más tarde en la barra fija-, se sucede y alternan Lita y Esteso en pleno derroche de sus facultades técnicas y artísticas. La Maña recrea algunos de los clichés que la han hecho popular (muchos con textos propios), y Esteso (en plenas facultades de uso y disfrute) repasa también  su vida,  jugando, con mucho acierto, a las imitaciones. Diálogo pleno con el público, siempre atento a sus mínimas indicaciones, bajadas a la platea, complicidad: qué gran pareja se han perdido los partidos políticos a la hora de ese juego engañoso de las promesas y votaciones (o quizá les propusieron colaboración y la evitaron en un rasgo de honradez).

Y así va pasando el espectáculo, sin prisas ni pausas, degustando esa última función de Lita que ella se encarga de recordar vistiendo de nuevo, como hemos señalado, esa bata negra de oscuro adiós cuando debe ser un himno a la alegría por todo lo que nos ha dado. Sólo justificamos el momento, facción ternura, cuando Lita rememora a su marido fallecido hace unas fechas.

Vuelva a brillar todo y cuando uno espera inmortalizar a la estrella, verla bajar por el foso, con el más deslumbrante y espectacular de sus trajes (que los tiene), salta, cual chica yeyé con minivestido plata, acharoladas botas blancas sobre la rodilla y maxi chaleco de boas.Yo lo interpreté como que este adiós es un “ahora vuelvo” porque aunque ha rechazado prorrogar, ni ha aceptado bolos en ninguna parte, esta última imagen de La Maña era tan fresca y jovial como el más genuino de los guiños, una promesa al viento y un beso al aire del tiempo.

La primera entrega de premios cinéfilos del año a escala mundial es la de los Globos de Oro que se celebra a principios de enero en el hotel Beverly Hills Hilton de Los Ángeles. Es una fiesta lúdica que no tiene nada que ver con la entrega de los Oscar, donde toda la audiencia permanece sentada durante las cuatro horas largas que dura la ceremonia y donde quienes disponen de las filas, accesibles a primeros planos de la realización televisiva, tienen un doble para ocupar su lugar cuando se ausentan por cualquier motivo (baño, un cigarrillo). Suele decirse en el mundo del cine que si los Oscar son la boda, los Golden Globe son la despedida de soltero.

La que nos ocupa es una fiesta divertida, un tanto alejada del protocolo, con reglas tan poco rígidas que pueden saltarse con la discreción pertinente. Organiza los premios la Asociación de Críticos de Cine extranjeros pero únicamente los residentes en Los Ángeles, cuyo número no supera los noventa miembros, a quien puedes ver en un almuerzo informal el día antes en el mítico Teatro  Egipcio de Sunset  Boulevard, en un encuentro con cineastas de culto, de élite o del Este europeo.

La sala del Beverly donde se realiza la entrega tiene una capacidad para 1.300 personas, buena parte de las cuales son nominados y acompañantes, más aquellos que en esos momentos acaparen la atención mediática por cualquier motivo. Todos ellos están invitados gratis, por supuesto, mientras que los críticos abonan unos 150 dólares por ticket, y tiene a sun disposición hasta seis por persona. Hay una parte destinada al público y que se ponen a la venta por 750 dólares, que dan derecho a muchas cosas que detallaremos más abajo, de momento vamos a planificar el desplazamiento. Lo mejor es alquilar un coche con chófer que te recoja en el hotel, te deje en la puerta del Beverly Hills Hilton y vuelva a buscarte a una hora pactada en el mismo acceso: conviene fijarse bien porque la llegada es muy complicada, los accesos al hotel están cercados por motivos de seguridad y desistan de pillar un taxi a la salida, como diría Tom Cruise, Misión Imposible.

La ceremonia empieza a las seis pero conviene llegar, como mínimo, dos o tres horas antes. Primero por el control de policía cada quinientos metros, alguno de ellos con perros y espejos para mirar por debajo del vehículo, después porque tendrán que abrir el maletero y las guanteras. Y pos supuesto, identificarse y mostrar la invitación. El coche te deja al principio de la red carpet y a partir de ahí hay un pasillo en zig zag con un par de arcos detectores de metales que obligatoriamente pasa todo el mundo, y a partir de ahí ya es un colegueo total con las estrellas. Como hay tanta masa actoral en Hollywood, todos lo son, o lo parecen, así que nadie escatima una sonrisa, ni te rechaza una mano o evita un selfie porque básicamente o son actores o críticos, cualquiera de los dos amigos inevitables. Puedes seguir por el pasillo hasta el hall del salón de los premios, coger un  refresco y volver a pasear procurando no estorbar ni cruzarte con las cámaras de los abundantes e improvisados sets donde entrevistan a las estrellas.

Ya en el interior es sumamente fácil localizar tu mesa entre las cientos de ellas,  distribuidas en semicírculo alrededor del relativamente pequeño escenario, de boca enorme pero poca altura. Pegadas al mismo las mesas con las estrellas nominadas por categorías y, alejándose, gente del cine, prensa e invitados y al final público de pago que, curiosamente, es el que está más lejos de la escena, aunque no importa porque un multitudinario servicio de pantallas de televisión te acerca lo que sucede en escena. Y luego porque puedes circular por la sala libremente hasta que empieza la retransmisión, que nunca excede de las tres horas con cortes de publicidad de tres minutos cada cuarto de hora.

A partir de las cuatro empiezan a servir la cena, exquisita, conde hay salmón y otros ahumados, una carne jugosa con verduras, y pasteles, todo regado con litros de Moët & Chandon. Y acto seguido recibes el primer obsequio, una caja gigante de chocolates Godiva y otras pequeñas con mignardises diversas. A la hora de empezar debe estar todo retirado de las mesas, a excepción de las de algunas estrellas a quienes se consiente todo porque se supone que el retraso es a causa de los imperativos de la insistente prensa.

cartel golden globe 2018

Y empieza el espectáculo. La mejor plaza para no perderse ripio es estar sentado en el espacio de prensa, pegado al de los actores y que tiene detrás un pasillo, con dos destinos imprescindibles: por un lado el baño, por el opuesto. dos accesos, uno que se abre a una galería abierta donde se puede fumar, y el otro hacia un buffet equiparable al mejor negocio de gastronomía que se precie, con toda clase de delicias, dulces y saladas que imaginarse puedan. Y varias barras donde sirven los mejores y más exquisitos combinados y más Moët. En los tres minutos de publicidad las carreras hacia estos lugares, baños de preferencia, son divertidas pues no sólo se comprueba la frecuencia mingitoria de algunas celebridades, sino sus nerviosos movimientos mientras hacen cola para evitar un escape improcedente.

Cuando termina la gala hay seis  fiestas, la de la Fox, Amazon, HBO, Netflix, la de Warner Brothers y la de Universal. a cual mejor.  con las más fabulosas decoraciones (no olvidemos que estamos en el mundo del cine y eso quiere decir fantasía), música en directo o dj de cierto renombre. Y por supuesto, comida y bebida. El acceso se logra por invitación directa de los organizadores, productoras de cine, majors y canales televisivos en auge. En estas fiesta puedes encontrar a la estrella que no habías visto en la sala de premios, porque son invitaciones separadas. Y, por regla general, los que van a los premios no las frecuentan, excepto si están de promoción, pues entonces tienen una suite, se cambian de ropa, cogen un ascensor y posan en el photocall publicitario.

Cuando los pies ya no pueden más, has agotado las dos baterías del móvil y estás tan saturado que hasta te da igual que Nicole Kidman te pida la hora, te queda el reto final: hacer cola en unos stands donde te canjean la entrada por un bolso de viaje con ruedas para los caballeros, o uno muy chic para las señoras, ambos cargados con un variopinto lote de productos de todo tipo, desde artículos de belleza a vasos térmicos, termómetros de viaje, cortaúñas, básculas digitales de maletas, auriculares alta fidelidad, por un total de 400 dólares. Con todo esto, y los bombones y dulces que llevas arrastrando desde las ocho, localizas la puerta donde te ha dejado el chófer y a dormir con esa colección de fantasías animadas de ayer y hoy que más que hacernos soñar nos han desvelado para toda la noche. O por varias.

 

 

La entrega de los 75 Golden Globe Awards se celebró la tarde del domingo en Los Ángeles, madrugada del lunes en España y a pesar de la diferencia horaria tuvimos oportunidad de verla en directo vía Stream. Volvió a ser un espectáculo magnífico aunque esta vez las reivindicaciones sociales tiñeron de negro una pasarela roja por las que desfilaron vestidas de ese color las primeras espadas femeninas de la pantalla mundial. Los abusos del productor Harvey Weinstein sirvieron de cabeza inicial para una serie de reivindicaciones femeninas que se desataron en la noche de cine, una noche donde no falló en ninguno de los discursos muestras del rechazo a esos abusos sexuales (curiosamente ninguno a hombres), a la igualdad salarial.

Penélope Cruz, vestida por Ralph & Russo, en los Golden Globe del 2018

En cabeza de esta manifestación total black (que se saltó la presidente de la HFPA, la periodista india Meher Tatna que fue de rojo, vestido y abrigo), anotaremos a Penélope Cruz, con un sugestivo Ralph & Russo de transparencias y encajes. No sé que será pero Pe es mucho más Pe fuera de nuestras fronteras, está más suelta y simpática en las entrevistas, parece más hermosa y aparenta la estrella que es, todo lo contrario de cuando aparece en promociones nacionales o entrevistas al uso, donde siempre se muestra distante, entre pueblerina y reticente, a la defensiva, huidiza, temerosa y un pelín amargada: debería probar a comportarse aquí igual que lo hace fuera, a todos nos iría mejor, ella incluida.

Halle Berry, vestida por Zuhaid Murad, en los Golden Globe del 2018

Bien, las señoras de negro, y ya que fue una noche de mujeres, apuntemos a nuestro parecer las más espectaculares. Halle Berry, de breve por no decir poca, tela de Zuhair Murad, que también medio desvistió a Catherine Zeta-Jones (que acompañó a su suegro, Kirk Douglas, a entregar un premio); Alicia Vikander, señora de Fassbender (se casaron este verano pasado en Ibiza), de monacal Louis Vuitton: la pantera Naomi Campbell exhibiendo un recatado Gaultier; las gasas negras Atelier Versace de Angelina Jolie. Y el bustier con pantalón de Maggie Gyllenhaal, de la firma española Monse (la mitad es del asturiano Fernando García). Porque en esa noche de las reivindicaciones femeninas no sólo se apoyó el desprecio al productor Harvey Weinstein -con pegatinas Time is Up (se acabó el tiempo) de monstruos similares, y Me Too, a mi también, que lucieron mujeres y hombres, éstos por cierto, impecables en smokings algunos, como Ricky Martin, combinando todos los accesorios en negro-, sino que muchas usaron pantalón y se atrevieron, como Susan Sarandon con femenino smoking, claro que de Saint Laurent. Para colmo ni una de ellas se vistió de Marchesa, la firma de Georgina Chapman, señora (en vías de divorcio) de Weinstein. Y, la verdad, ella no tiene la culpa, es la primera perjudicada.

Como tampoco la tenían Armie Hammer y Thimotée Chalamet, nominados y sin premio por “Call me by Your Name”, donde interpretan a una pareja homosexual, y eso, por lo del otro proscrito, Kevin Space: está muy mal visto en el reivindicativo Hollywood de estos momentos (y desde siempre, no me sean hipócritas),  los movimientos gay. Hammer y Chalamet no tienen la culpa, no. Y mucho menos Christopher Plummer, que a sus 88 años se quedó sin opción a premio al reinterpretar el papel de Spacey en “All the Money in the World”, ya que el rol del “maldito” fue borrado del filme de Ridley Scott y vuelto a rodar. Plummer fue con Rita Moreno, de 86 años y Carol Burnett, de 84, los veterano de la gala, donde ganó el citado Douglas con sus 101 de nada.

Naomi Campbell, de Jean Paul Gaultier, en los Golden Globe del 2018

Presentó la entrega de premios Seth Meyers, correcto aunque no brillante, que por supuesto aludió, entre chanzas discutibles, el problema Weinstein. Dijo, entre otras cosas, que hubiera estado allí como un elefante en una caharrería y que esperaba que su nombre volviera a pronuciarase en la sala del Beverly Hills Hilton en el tradicional Obituario ( o sea no sonara más hasta su muerte) y fuera abucheado. También bromeó con Woody Allen y por supuesto sobre Spacey, aunque la más ocurrente fue Natalie Portman (de Dior couture), al nombrar los candidatos al mejor director, “todos hombres”, remarcó en la femenina noche. Remató Barbra Streisand que recordó que ganó un Golden Globe en 1984 por dirigir “Yentl”, y no sabe de ninguna otra mujer que tuviera otro. Con todo, el discurso más relevante fue el de Oprah Winfrey (sirena de Versace) al recoger el premio Cecil B. De Mille a toda su carrera: su solemnidad, precisión y cordura al tocar temas como la discriminación racial, las diferencias salariales, incluso los abusos, fue tan medido y perfecto que levantó a la audiencia.

En esa fiesta de cine convocada por la Prensa Extranjera (HFPA) que reside en Hollywood y cuyo comité no excede de 90 miembros, las estrellas hicieron el paseíllo negro sobre rojo acompañadas de dirigentes sociales. Entre ellas  se pudo ver a Emma Watson que llegó con Marai Larasi, directora de Imkaan, organzación dedicada a a controlar la violencia de género en las minorías negras; Meryl Streep lo hizo con Ai-jen Poo, directora de National Domestic Workers Alliance, que organiza trabajadores domésticos en EE.UU.; Michelle Williams con Tarana Burke, fundadora del colectivo Me Too; mientras que Susan Sarandon fue con la activista  Rosa Clemente, y Emma Stone apareció con Billie Jean King, la ex tenista número uno del mundo.

Nos tocó una porción de premio cuando al mexicano Guillermo del Toro lo reconocieron como mejor director por “The shape of water”, aunque el mejor filme fue para “Tres anuncios en las afueras”,  cuya protagonista Frances McDormand se llevó el Globe a la mejor actriz en drama. Gary Oldman encarnando a Churchill en “Darkest hours” fue mejor actor en esa categoría.

Señalemos como dato que la presencia de Miss Golden Globe, una especie de azafata de lujo que recaía en la hija adolescente de alguna celebridad, ha sido anulada desde esta gala, aunque de ello no tengan la culpa Sophia (20), Sistine (18) y Scarlet (14), las tres hijas de Sylvester Stallone que ejercieron de tales en la edición del año anterior.

 

 

 

Tal como se ha puesto de moda, escribo señoras y señores diferenciando hombres y mujeres (antes bastaba con el genérico), para que no nos estigmaticen por violencia verbal de género. Así pues, señoras y señores, arquitectas y arquitectos, floristas y floristos, interioristas e interioristos: contentos?, pues vamos para allá. Todas y todos se reunieron en el diáfano show room Alfombras BSB de Nacho Curt en la calle París de Barcelona para disfrutar de la presentación de las colecciones de alfombras de la joyera y diseñadora canaria Helena Rohner y de la ilustradora madrileña Paula Pappenheim de Pappenpop. Unas delicias hechas a mano, una por una, y que estarán en la próxima feria de interiorismo IMM Cologne, una de las principales del sector.

Una delicia de trabajos, expuestos al lado de los habituales de la casa, verdadera recopilación de los viajes de Curt por todo el mundo, y que desde hace treinta años los alterna con sus colaboraciones con  los mejores artistas del país. Trabajos que mezclan lo genuino y la excelencia como  valores irrenunciables que han llevado a nuestro hombre a ser ficha imprescindible de cualquier agenda que se precie. Su tremendo conocimiento del mundo de las alfombras le ha abierto las puertas de algunas de las casas más singulares y los negocios más apetecibles, dentro  y fuera de nuestras fronteras. Sus show rooms en Barcelona y Madrid son historia viva del complemento imprescindible que en su caso (y casa) aúna tradición y nuevas tecnologías.  A ello se unió hace ya quince años una segunda compañía, DAC Rugs  que cuenta con un interesante apartado de venta on line, y la representación para el mercado español de la firma alemana Object Carpet.

Y ahora vamos a la parte “socialiaté” del asunto. En la cita barcelonesa una pléyade de artistas (todo creador lo es), y tengo la lista: Jordi Veciana, Sky Maunsel, Marcos Catalán, María José Cabré, Verónica Mimoun, Oriol, Eduardo Arryga, Meritxell Ribé, Álex Baeza, Adela Cabré, Carlos Andreu, Alfonso Tost, Damián Sánchez. A todos ellos se unió más tarde Lázaro Rosa-Violán, el súper de la profesión que no para en el mundo (y escribo mundo en toda su amplitud).  Gente cordial y amable, encantadora de por sí que tienen, entre otras, una virtud fascinante: la pulcritud de su calzado. Suelen vestir casual, abundan los jeans con un cashmere exquisito, el pelo algo descuidado pero limpio Y un zapato muy british que siempre me ha maravillado. Son como portavoces de una moda cool, muy Santa Eulalia, elegante, práctica y eterna (nunca obsoleta) que ya señala por donde van sus excelentes tiros profesionales.

Estaban todos allí, charlando distendidos bajo un fantástico juego de flores, frutos, plantas y arbustos que habían creado los chic Alfons & Damian (una visita a su show room del Pasaje Marimón, 7 es un must para los sentidos), bajo el cual Laura Pi, de la mano de Le Chef preparó un selecto bufet donde predominó el equilibrio y el salmón, perfecto.

Lázaro Rosa-Violán y Nacho Curt en la muestra de alfombras de BSB

Y naturalmente se habló de la boda del año. La de Andrea Puig con Ignacio Baselga, que se celebró en Barcelona el pasado sábado. Una ceremonia tan solemne como íntima e impresionante, que en este caso es absolutamente compatible, tal como suele acontecer en cualquier evento celebrado en la sociedad catalana. Discreto, pero fascinante en su propia intimidad, el enlace religioso se celebró en la Basília de Santa Maria del Mar, la joya arquitectónica del gótico catalán del XIV, para trasladarse luego a la finca familiar de los Puig. Está en Vilassar de Dalt, se llama Les Ginesteres, construida en sólo seis meses por el arquitecto Antonio Fisas, primo de Júlia Planas, esposa de Antoni Puig Castelló que compró la finca en 1930.

La novia estaba espectacular con un diseño exclusivo de Carolina Herrera con metros de cola y velo ilusión, también a metros, y el novio, que no tiene parentesco alguno con el doctor de igual apellido, de chaqué. Formaban una pareja brillante, compitiendo con Marian Puig y la más que encantadora Cucha Cabané, y con Júlia, la hermana de la novia, que retomaba su actividad social después de su boda con Felipe Morenés, y del nacimiento de su primera hija. La cena la sirvió Nando Jubany y en la decoración dominaba el blanco alternado con el granate y el azul en el fondo de los manteles en toile de jouy de las mesas imperiales. Hubo cantantes,orquestas y dj. , que hicieron bailar a los invitados hasta la madrugada.

 Pero hubo otra pareja que deslumbró/sorprendió: la formada por Ainhoa Grandes, viuda del recordado y admirado Leopoldo Rodés, con Silvio González. La bella Ainoha es presidenta por unanimidad del del Patronato de la Fundación Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (MACBA), que dirigió durante 16 años. El apuesto González. licenciado en Ciencias Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, es consejero delegado de Atresmedia. A decir de los presentes, la pareja, de impresionante look, promete.

Y otra relación de la que se habló por referencias porque no estaba en la boda: la formada por Isaak Andic, dueño de Mango y la golfista Estefanía Knuth -ex esposa de Gonzalo Rodés-, y medio hermana de Dominica Parravano, que fue primera, y breve, esposa de Carlos Godó, hijo del conde de Godó.

   

“Roseanne”, una de las series televisivas de mayor impacto en los 90 (funcionó de 1988 hasta 1997), volverá a emitir nuevos episodios a partir del 27 de marzo del año próximo. Ese día se ofrecerá un episodio especial de una hora titulado “Twenty Years To Life”.

Las divertidas y a la vez cotidianas aventuras de los Connor para sacar adelante a su familia volverán a ocupar el sofá, la cocina y demás dependencias de ese hogar situado en una imaginario extrarradio en las afueras de Illinois. Al frente de la troupe estará el orondo matrimonio que revolucionó las pantallas del mundo, en especial ella, que dio nombre a la serie, “Roseanne”. Ellos fueron y volverán a ser Roseanne Barr y John Goodman que con estos papeles consiguieron reconocimiento internacional. Una pareja de pesos  pesados que dieron al traste con todo lo televisivamente contemplado, destapando lo impensable en ese medio tan intocable en EE.UU, con su doble moral por todas partes. Los Connor discutían en casa por todo tipo de asuntos y, con dos hijas y un hijo en edades conflictivas, no eludían ninguno. De la cuestión sexual a la política, el racismo, el alcoholismo, la delincuencia, los problemas laborales, de todo se discutía en una casa donde lo licuaban de modo que al final todo se tradujera en risa o carcajada. En cierto modo podría hablarse de una precuela de otra familia singular, los Gallagher, que habitan en otra serie de escándalo por pura realidad, “Shameless”, de profundo arraigo en la sociedad americana tras su debut en la versión británica.

Roseanne Barr, que había ganado cierta fama como monologuista, fue contratada por los productores de “The Cosby Show”como protagonista y un tanto la ideóloga de la serie a la que bautizaron con su propio nombre, en la que incluyó de entrada los problemas de sus dos hermanos homosexuales, lo que hizo que el personaje de Jackie, la hermana de Roseanne, fuera lesbiana. Lista como nadie, Roseanne Barr acabó produciendo  la teleserie.

La troupe original de “Roseanne” al celebrar sus cien programas

Con la pareja estará todo el elenco habitual, que retoman sus papeles: Laurie Metdlafl, (Jackie), Lecy Goranson (Becky), Sara Gilbert (Darlene), Michael Fishman (D.J.), Emma Kenney (Harris), Ames McNamara (Mark), Jayden Rey (Mary) y Johnny Galecki  (David). Con una excepción, la de Sarah Chalke, que interpretaba a la hija mayor del matrimonio que tendrá un papel diferente.

La publicidad de las nuevas entregas, con la banda sonora original,  incide en que vuelve el mismo sofá, el mismo reparto y las mismas risas, sin que aparezca ninguno de los actores, y es el decorado (localizado en el Studio City de California), quien protagoniza las tomas.

Durante esos veinte años de ausencia de las pantallas, la vida de sus protagonistas ha seguido suertes diversas. John Goodman tuvo otro gran papel como Pedro Picapiedra en “Los Picapiedra”, ha protagonizado diversas producciones para los hermanos Coen, de quienes es uno de sus actores fetiche, y ha logrado uno de sus objetivos primordiales: perder una buena cantidad de kilos que amenazaban con estropearle la salud. Ese será, quizá, uno de los problemas de la serie, donde su enorme silueta era factor clave del personaje. El otro es cómo solventar el severo ataque al corazón que sufrió su personaje  al final de las entregas hace veinte años. Los guionistas deberán echar mano a su imaginación para devolverle  la vida a Dan Connor, sin que se resienta la trama.
Para Roseanne Barr las cosas siguieron un cauce un tanto alterado. Se casó tres veces, divorciándose otras tantas, viviendo la actualidad con Johnny Argent, con quien comparte un show radiofónico de corte también doméstico, después de haber probado uno de tintes políticos que no funcionó. Tampoco un live show contando su vida cotidiana con Argent y uno de sus cinco hijos en una granja de Hawaii tuvo el éxito previsto y fue cancelado a los pocos episodios. Incluso trató de inmiscuirse en la política, con dos fracasos consecutivo, primero presentándose por el Partido Verde y luego por Paz y Libertad.

Barr escribió tres libros, y siguió probando suerte en shows televisivos, realitys y talent shows incluidos, que nunca llegaron a ser de largo recorrido y se limitaban a un número determinado de programas. E insistiendo siempre en el concierto doméstico que remitía, o trataba de hacerlo, a la recreación casera de “Roseanne”, pero ni siquiera “Diosas domésticas”, uno de los términos patentados por Barr para denominar a las abnegadas amas de casa, logró el éxito. Recuperó su condición de monologuista y realizó giras con sus shows por todo EE.UU (incluido el  Casino Sahara de Las Vegas), incluso algunas pequeñas actuaciones en Inglaterra, pero de reducida repercusión.

Amante de las cirugía plástica, logró tener una silueta envidiable y un rostro mucho más agraciado. Todo señalaba que Barr pretendía aceptar una oferta de la revista “Playboy” para posar desnuda y mostrar los resultados de sus operaciones, aunque una encuesta previa puso de manifiesto que el interés por ver sin ropa a la televisiva no era lo suficiente fuerte para la inversión: 60% preferían prescindir de las imágenes, o no las consideraron importantes y/o oportunas. Al frente de su familia televisiva, es más que probable recupere la popularidad perdida: en sus manos y la de sus guionistas está el asunto.

 

Hubo una vez una canción que identificó una historia de amor, “The time of my life”, era el tema que cerraba “Dirty Dancing” una película boba sobre ese tiempo estúpido que todos magnifican porque supone el embrión de una vida, ahí es nada, la juventud.  Una historia que con un peine y brillantina podía colarse en un pote de “Grease” y con un toque más hortera  llegar a sufrir “Fiebre del sábado noche”. Pero se queda en un “Dancing” que califican “Dirty” pero que es bobo por sí mismo. Familia norteamericana de cliché (matrimonio con dos hijas) pasa unas vacaciones en un variopinto campus donde los más jóvenes van a lo que van escondiéndose de la familia porque estamos en los sesenta y a ellas se les pierden las estrategias bajo el can can de sus faldas. Hablan (pero como de pasada), del asesinato de Kennedy, del conflicto racial, de Martin Luther King, y de las carreras que van a empezar a estudiar cuando acabe ese verano que muchos esperan sea más Dirty que el Dancing en sí.

La irrupción en el paisaje de Johnny Castle, un macarrilla de esos que visten de negro marcando paquete, casualmente profesor de baile, enloquecerá a la más tonta del campus, llamada Baby para más inri, que se convertirá en sustituta accidental de la estrella bailarina y pareja frustrada del macarrilla. No les vamos a desvelar lo que pasa porque es fácil de adivinar, absolutamente todo. Y lo que no, pues no vamos a estropearlo aquí.

Ví la función un miércoles por la tarde con el teatro Tívoli de Barcelona prácticamente al completo, las representaciones van muy bien. No con el récord de la temporada anterior donde la misma compañía agotó el papel las nueve sesiones de cada una de las cinco semanas que estuvieron en la ciudad. Qué convierte la función en un éxito? Pues la entrega de un elenco rabiosamente joven hasta en los mayores; en un trasiego de decorados corpóreos en constante desplazamiento; un ensayado montaje en el que no falla nada, y eso que casi todos doblan o triplican papeles y se desplazan por la escena con prisa extrema: hacen su número y se marchan por el foro a todo gas. También por la simpática utilización de unos recursos escenográficos ocurrentes y oportunos que nos trasladan con mínimos elementos hasta frondosos bosques o dentro del mar. Siempre en función de recrear las mismas situaciones del filme, protagonizado por Patrick Swayze y , Jennifer Grey, con el que les prohibo terminantemente la comparación. Ya se sabe que cine y teatro son artes incompatibles dentro de su propia compatibilidad, así que a cada cosa su éxito.

Una escena de “Dirty Dancing” en el teatro Tívoli de Barcelona, diciembre 2017

Hay una compañía compacta en su funcionalidad, con tres o cuatro actores que se turnan en los protagonistas, pero donde casi todos tienen su “cover” (suplente) y  se divierten (o lo parece) contando ese cómic (a veces hasta “vemos” las viñetas) donde no hay ni buenos ni malos sino todo lo contrario, donde hay redención familiar y conformismo maduro. Para que no falte de nada hasta un desnudo posterior del protagonista (Christian Sánchez, Pablo Ceresuela, Oriol Anglada o José Domingo, según el día), que se prolonga no por deseo del director sino por la dificultad de colocar la batería del micro inalámbrico dentro del sucinto slip que debe llevar en el delantero el joven donde guarda sus pertenencias personales, aquello que en los aviones llaman “personal belongings” y nosotros simplemente sus partes. Ellas (Laura Enrech, Eva Conde o Fanny Corral) lo tienen más fácil porque se visten a partir de bikini lencero y usando a su partenaire de improvisado biombo. Aunque el público no esperaba el desenlace tan natural (y por otro lado tan propio) de la escena de amor, mostró su sorpresa y agrado. Y tras el alboroto volvió a aplaudir.

La platea quedó un tanto defraudada al no ver evolucionar la secuencia final del baile por el pasillo central, y también por no disfrutar de aquella pirueta que hace saltar a Grey hasta los brazos al aire de Swayze, aunque aquí, al menos el día que yo lo ví, la sujetó en alto durante una rotación completa.

Pero son cosas del teatro que pasan. Hace unas semanas echábamos en falta el  “Mein Herr” del “Cabaret” del teatro Victoria, asegurándonos que no lo permitían los derechos de autor. Pero no se preocupen, ya que si añoran el número lo interpreta el mago Lari unos metros más allá, en el teatro Condal: igual compró él los derechos para fastidiar a sus vecinos, aunque para un número de magia sirva cualquier música de cabaret. Pero esos teatreros, ya se sabe…

 

 

El amante incombustible y la (más que) alegre divorciada rompen Miami.  Concretando, Ágatha Ruiz de la Prada y Rafael Amargo se erigieron los reyes de la noche en una de las fiestas de clausura (seguro que hubo mil) de la Art Basel, la feria de arte que ha concentrado durante cuatro días en South Beach a las mayores fortunas convertidos en compradores de arte de la mano de sus asesores. Dicen en Forbes que esta 16 edición de la feria, a la que han concurrido 268 galerías de 32 países, la habrán visitado unas 77.000 personas, de las que 51 eran billonarios (con b), no está mal.

Hemos estado viendo en las redes instagrams cómo Giovanna, la bellísima  esposa del escultor Lorenzo Quinn lanzaba ráfagas de este colosal encuentro artístico comercial, pero ha sido Amargo quien nos ha llenado la cabeza de formas y colores. Estaba invitado por el artista Domingo Zapata, natural de Palma de Mallorca con estudio en Nueva York y Miami, que tenía un stand visitado por celebridades de medio mundo (él lo es por una tontería de nada con Lindsay Lohan, cuando en realidad con quien retozó tiempo fue con Scarlett Johansson). Allí coincidió Amargo con Steve Madden, el magnate de la zapatería mundial, que saltó al reconocimiento público por otra tontería: cuando Leo Di Caprio en “El lobo de Wall Street” hablaba de la entrada en bolsa de su negocio. Por cierto, el actor fue uno de los primeros en comprar, el primer día, gastándose 850.000 dólares en un Basquiat. Brad Pitt y Cindy Crawford también pasaron, pero no compraron nada.

Amargo bailó para Madden en su fiesta, pero estuvo como invitado a otras tantas, como la de Moschino en el hotel Edén Roc, donde apareció una bellísima Mar Flores con Elías Sacal, su (un tanto) ausente compañero sentimental. En otro salón del mismo hotel Eva Longoria celebraba otra de sus galas solidarias, la Global Gift, esta vez sin su socia, María Bravo, que estaba con lo mismo pero en Dubai. Por cierto  Eva ha ganado unos kilos y, en lugar de lucirlos como Mariah Carey hace con sus carnes, ella lo oculta en trajes con chaqueta y pantalón que denuncian más el sobrepeso, pero ella sabrá.

La cena, dedicada a Puerto Rico, estuvo presentada por Ricky Martin y tuvo su momento álgido cuando, después de su sosegado discurso lleno de emociones se pegó soberano morreo con su novio. Jwan Yosej, a la vista de todo el público. La atención fue tal que por un momento dejaron de prestar atención a Amargo que, obviando el dress coda exigido (tuxedo), lució una (exótica) levita confeccionada por niñas indígenas de la fundación de Longoria. En la fiesta, Amargo felicitó a Miguel Bosé por la llave de la ciudad de Miami que le han otorgado la Comunidad LGTB (lesbianas, gays, transexuales y bisexuales), y atendió a la más que guapa Yvonne Reyes. La modelo y presentadora era la reportera de la gala para el canal Global Gift Foundation y hace la gira mundial con ellas.

Rafael Amargo y Domingo Zapata en la Art Basel de Miami, 2017

Por supuesto la mesa más animada fue la del bailaor  y Zapata, en la que reinó una multicolor y estupenda Àgatha Ruiz de la Prada, enfundada en un mono de lamé oro, acolchado, que estrenó en el Sicab de Sevilla y que lleva un corazón púrpura bordado en el pecho, será el amor? pues será, será, que está ella pero que muy dispuesta. Habló mucho con Amargo, que se va a Tokyo el día 20, ciudad que es como su segundo hogar, y de allí a Nueva York, donde presentará en Broadway un espectáculo en febrero que podría llevar la ropa de la diseñadora (ahora) feliz. Por cierto, Domingo Zapata donó a la causa de Longoria los 115.000 dólares que recaudó la subasta de tres de sus obras en una de las cuales le echó una mano Alejandro Sanz.

Pero donde se desató la locura fue en el party de Zapata, celebrado en el mítico hotel Delano, el favorito de Madonna que el artista decoró con fotos de su musa, Marijo Shatilo, y en el que actuó Amargo y toda su troupe convirtiendo el hotel en una auténtica cueva del Sacromonte. No faltó a la fiesta la familia Soldevila, una de cuyas hijas, Sofía, presentó un neón mural, Wyn Wood, de gran repercusión mediática. Se echó en falta a otra de las hijas, Elena, que quedó al frente de sus “fermatas” barcelonesas, las pizzerías de moda. Luego, la familia voló a Tolum para unas pequeñas vacaciones prenavideñas. Y así, con acento español, se cerró una espectacular feria de arte que ha revolucionado el mundo, ha mareado la economía y ha hecho correr el dinero que lo mueve todo.

 

Las palabras cuyo significado precisa una explicación más que una traducción, siempre me han enamorado. “Allure” para manifestar ese halo misterioso que convierte a alguien en fascinante sin saber porqué; “Knack”, aquel atractivo que quien no lo posee no te atrapa; “McGuffin” palabreja inventada por Hitchcock para engañar al espectador haciendo que se fije en algo imprescindible en cualquier guión y que luego no es más que una pista falsa.

Como ven, tres ejemplos donde la atracción se convierte en el engaño perfecto para conseguir engancharte a lo que sea. Ejemplos de lo reseñado: para “Allure”, el perfume de Chanel que convertía a los hombres en irresistibles; para “Knack”, la obra de teatro de Ann Jellicoe de igual título llevada al cine por Richard Lester, que en Cataluña dirigió Ventura Pons en versión de Terenci Moix,y dio a conocer al gran público a la gran Rosa María Sardà. Y para McGuffin…pues eso, “McGuffin” el vehículo con el que Carlos Latre se estrena en la dirección de un espectáculo (Aquitània Teatre, Barcelona), que no sea cualquiera de sus aplaudidísimos shows.

El extraordinario imitador ha contado para ello con dos actores y una puerta, sí, una puerta, que yo creí desde el principio que era el McGuffin de la función, pero no pienso desvelarles nada de nada. Mónica Pérez, que es asimismo la autora de la obra, y Jordi Ríos, son la pareja que se multiplica en diversos cometidos (la puerta también lo hace, pues es armario, cajón, mesa, campanario, cadalso, teléfono), hasta tejer una trama tan absurda como inverosímil plagada de referencias al mundo del rey del suspense. El enigmático cineasta, por cierto, interviene en el show (es realmente Latre o es otro McGuffin?), dando instrucciones a un pobre acomodador de teatro (Ríos) para que en colaboración con su novia (Pérez) rueden un corto con el que presentarse a un concurso basado en “McGuffins”.

La obra de Mónica Pérez, alocada, simpática, apta para todos los públicos, tiene tres partes, que no tres actos, pero no responde a la premura de presentación, nudo y desenlace. Las tres partes son la misma historia (por delante y por detrás), pero contadas desde su preparación, su ejecución (la más surrealista porque no se atan cabos, con la presencia de personajes populares que la hace todavía más imprevisible), y la película definitiva donde se muestra el trabajo del acomodador aspirante de director. Y donde se aclara todo el metraje de la segunda parte. Y todo, absolutamente todo, plagado de divertidas referencias al mundo del suspense made in Hitchcock.

Ejercicio complicado para todos, desde los actores (la imprescindible puerta incluida), a la dirección. Todos deben mantener un equilibrio perfecto para que no se escape nada, de lo contrario fallaría un engranaje que está bien engrasado y bien elaborado desde el inicio hasta ese final, es o no es, donde la obra (o película, averigüen), desaparece y todo vuelve a la realidad. Para ello es imprescindible un ejercicio actoral al que se someten Pérez y Ríos con férrea disciplina, elaborando cada uno de los personajes que encarnan con su dicción y unos (pocos) elementos de vestuario y atrezzo. Mención especial para la aportación de Mónica Pérez a uno de sus personajes más destacados al que le ha puesto la inconfundible voz de Elvira Jofre, una de las reinas del doblaje español, cuando interpretó el personaje de Lina Lamont (Jean Hagen) en “Cantando bajo la lluvia”: es una locura deliciosa más a añadir al éxito.

No es un texto ambicioso, ni creo que nadie pretendiera hacer de este “McGuffin” algo más que un soberano ejercicio de inlucidez, una de esas pequeñas locuras que se degustan entre risas, dudas, sospechas, misterios y situaciones desmadradas. Un estilo que está en los mejores métodos de comedias que oscilan entre el absurdo de los Monty Python, el Magic Circus de Savary, los “vaudeviles” a la francesa de armarios que ocultan cuerpos, puertas que se abren y cierran oportunamente para evitar más sobresaltos. Todo un material que debe servirse bien orquestado, que no hay nada más difícil que presentar una obra de esta índole sin estar todo atado y muy bien atado. Y “McGuffin” lo está en sus proyecciones, sus idas y venidas, sus personajes trastocados y esa puerta que paree que tenga vida propia, que nos angustia al principio y odiamos después.

Para Carlos Latre habrá supuesto toda una difícil lección arrancar en esto de la dirección con este juguete tan complicado para el que sin duda ha contado con la colaboración de Pep Planas, todo un experto en el mundo del teatro, cine y televisión, como actor y ayudante de dirección, tanto en España como EE.UU. o Francia. Sin duda sus trabajos en “Pel devant i pel darrera” o “Cal dir-ho”, especialmente habrán supuesto su mayor aportación a este loco vodevil, al que por cierto, aún no le hemos descubierto su McGuffin. ¿O sí?