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Esta mañana han pasado muchas cosas, alguna de las cuales hubiera podido ser noticia. Por ejemplo, que la pequeñaja y regordeta Harper Seven, la niña de los ojos de los Beckham, había ido al cole con sus inmaculadas trenzas y el uniforme púrpura, menudo color. Que lo hiciera cantando “A million dreams”, tema central del filme “The greatest showman”, de Hugh Jackman, pues no es noticiable. Todo lo más hubiera sido ver a la niña recuperar su aspecto natural después que su padre la llevase el sábado al Daylesford Organic Farm Shop disfrazada de pingüino, ahí es nada. Pues bien, no.
Tampoco ha sido noticia que Thomas, el padre de Meghan Markle, que el sábado se convertirá en la esposa del príncipe Enrique, diga que no va a la boda porque se siente avergonzado al cobrar de un paparazzi por dejarse hacer unas fotos tomándose medidas del chaqué. Este mercadeo que en España es habitual, al señor le preocupa tanto que prefiere no humillar con su presencia la ceremonia, cediendo el honor de llevar al altar a la bella mestiza a la mamá de la criatura , aunque ya verán como esto no pasa y veremos al orgulloso señor pasear con la bella nueva aristócrata.

Bien, a todo esto, cual ha sido la noticia de esta mañana en Londres? pues la boda de Cesc Fábregas, que ya tocaba. El futbolista del Chelsea, que fue mito en el Barça, se ha convertido en esposo de la exuberante Daniella Semaan, con quien tiene ya tres hijos. La novia, detalle importante, ha sido fiel a su diseñadora de cabecera, la única que podía aportarle una serenidad estética que no desbordase anatomía por encima de los patrones. Ha sido, por supuesto, Rosa Clara la artífice de un delicado vestido nupcial, blanco contra todo pronóstico, con el que la ya señora Fábregas estaba bellísima. Localizo a Clará en Miami y cuenta detalles. señoras apunten. El vestido es de línea sirena con escote corazón, realizado en encaje francés y bordado con miles de cristales Swarovski (agotaron stocks) y para su realización se han invertido más de 250 horas de trabajo. Teniendo en cuenta el taranná de Daniella el vestido lleva transparencias por delante, por detrás, en el escote y en las mangas, así que los cristales los habrán bordado, digo yo, en la sobrefalda, que va en encaje y tul plumeti de 2,5 metros de largo. La recién casada llevaba tul ilusión de seda natural acabado con una onda del mismo encaje que la sobrefalda. El resultado, fantástico: estaba espectacular. El mismo novio lo divulgó “Just married to the woman of my dreams”, tuiteó feliz. Ella no se quedó corta y colgó otro en términos similares.

La nueva familia: Leonardo, Fábregas, Lia, Daniella. Capri, Joseph y Maria

La ceremonia se celebró en Clevedon House, un relais chateau, el mismo lugar en que el viernes celebrará su despedida de soltera Meghan Markle, un espacio impresionante, de notable solera, que ha acogido hasta 250 invitados. A la pareja la acompañaban sus hijos, Maria y Joseph, los mayores, habidos del primer matrimonio de Daniella con el libanés Elie Taktouk (cuyo divorcio le llevó a los tribunales y se alargó siete años), así como Leonardo, Lía y Capri, los hijos del nuevo matrimonio. Las chicas ejercieron de damas de honor, mientras que los tres varones actuaron de hipotéticos padrinos, vestidos igual que el novio, de impecable esmoquin con solapas diferenciales y pajarita desmayada.
Para complacer a sus fans los novios volcaron un amplio surtido de imágenes de la ceremonia en las redes.
Datos para curiosos: Daniella, que es libanesa, tiene 42 años, doce más que Fábregas, y fue ella quien se acercó a él, con quien coincidió cenando en el restaurante japonés Nozomi en el elegante barrio de Knightsbridge, con el pretexto de pedirle un autógrafo para su hijo. Y ahí empezó todo.

Margot Kidder, Lois Lane, eterna novia de Superman, falleció el domingo, Día de la Madre en EEUU., a la edad de los 69 años sin que se conozcan los motivos. La policía investiga el caso tras atender la llamada de una persona que no se identificó. Al llegar a la casa de Livingston, Montana, ya no pudieron hacer nada. La última vez que se supo de ella fue cuando atendió la llamada de una emisora de radio, el pasado 9 de mayo, en la que se excusó por no poder ir al encontrarse en cama con gripe.

Kidder se hizo famosa interpretando a Lois Lane en cuatro películas, en los setenta y ochenta, al lado de Christopher Reeve, que falleció en el 2004 tras sufrir, en 1995, una caída de caballo que le dejó paralizado y confinado a una silla de ruedas, añadiendo un nombre más a la lista de la conocida como la maldición de Superman, que afectó a varios actores que intervinieron en la serie. George Reeves, que interpretó al personaje en televisiónen los cincuenta, murió de un disparo en la cabeza, y aunque se habló de suicidio, se supo que mantenía una relación con la mujer de un directivo de la Metro Goldwyn Mayer. La propia Kidder luchaba contra un trastorno bipolar que comenzó en 1996 cuando desapareció durante cuatro días y la encontraron con el pelo cortado a tijeretazos y con harapos vagando en un jardín público de California, por lo que tuvo que ser ingresada en un centro psiquiátrico. Mucho tiempo después, Kidder aseguró haberse recuperado de sus trastornos gracias a la medicina ortomolecular, aunque años después retomaría la desgracia al romperse la pelvis en un accidente de coche.

Margot Kidder y, al lado, junto a Christopher Reeve, inolvidables Lois Lane y Superman (Clark Kent)

 Mujer de muchos romances -entre ellos con Brian de Palma. el primer ministro canadiense Pierre Troudeau, Tom Mankiewicz, Richard Pryor y Steven Speilberg-, se casó, y divorció, tres veces, la primera en 1963 con el novelista americano Thomas McGuane (con quien tuvo a su hija Maggie); en 1979 con el actor John Heard, aunque se separaron a los seis días. Y su último marido, que duró un año, de 1983 a 1984, fue el realizador francés Philippe de Broca.
Antes de rodar su primer Superman, en 1978, había trabajado en diversos filmes y compartido pantalla con Gene Wilder (“Tengo una prima en el Bronx”), o Robert Redford (“El carnaval de las águilas”), y había sido dirigida por su entonces novio, Brian de Palma, en “Hermanas”. Entre las sucesivas entregas del héroe del espacio, Kidder protagonizó películas como “Terror en Amityville”, con James Brolin y Rod Steiger, aunque una vez exhibidas las películas de la franquicia de Superman su vida estuvo enfocada hacia la televisión, donde proliferaron títulos espaciales. Con un par de excepciones, una versión de “Pygmalion” y otra de “Bus Stop”, fluctuando entre cintas de serie B y reducido presupuesto.
Tuvo una presencia en Broadway con la obra “Monólogos de la vagina” que preentó en el 2002 y con la que realizó una gira durante dos años. Tras los cuales retomó a su querida Lois Lane en dos episodios de la serie televisiva “Smallville” en el papel de Bridget Crosby , al lado de Christopher Reeve en lo que sería su última actuación.

Gwyneth Paltrow ha celebrado el Dia de la Madre colgando en instagram una imagen especial. La actriz, de 45 años, posa desnuda frente a una cortina metalizada y con su cabello, habitualmente rubio esplendoroso, con unos tonos más oscuros. En la fotografía aparece mostrando el embarazo de su primer bebé, su hija Apple, que ya cuenta catorce años, fruto de su matrimonio con el solista de Coldplay, Chris Martin (41), con quien al año siguiente tendría a su hijo Moses, que ha cumplido ya los trece. Gwyneth acompaña un sentimental texto dedicado a su madre, la también actriz Blythe Danner, en el que dedica su amor y toda clase de afectos a ella, a todas las madres, abuelas, bisabuelas, tatarabuelas por su impagable función.

La oscarizada protagonista por “Shakespeare in Love” y Martin se casaron en el 2003, cuando ella estaba ya embarazada de cinco meses, y siempre dieron la imagen de ser la pareja perfecta, ya que incluso después de su ruptura en el 2014 mantuvieron pleno contacto, siempre, según dijeron, por el bien de sus hijos.

Paltrow, embarazada de cinco meses de su hija Apple

Lo cierto es que, al año de romper, Gwyneth empezó a frecuentar al productos Brad Falchuk (47), creador, entre otras, de dos series de éxito, primero “Glee”, en colaboración con Ian Brennan, y luego, con Ryan Murphy, “American Horror Story”. La primera de ellas fue decisiva para la pareja, ya que él la contrató como estrella invitada de un episodio donde ella interpretó a una profesora de español, idioma que domina desde que pasó sus veranos de adolescente en Talavera de la Reina en casa de una familia española, los Lázaro Ruiz, con una de cuyas hijas hizo un intercambio escolar. Falchuk, que está divorciado desde 2013 de la productora Suzanne Bukinik, con quien tuvo dos hijos, Isabella y Brody, anunció en enero sus planes de boda con Gwyneth.

 Por su parte a Chris Martin se le relacionó con Jennifer Lawrence, un romance intermitente que al parecer se torció cuando volvió a la vida de la actriz su ex Nicholas Hoult,  al que reencontró en el rodaje de “X-Men Apocalypse”. Luego él tonteó con Annabelle Wallis, protagonista de la serie “Los Tudor”  y el filme “Peaky Blinders”, que dejó a su novio, el modelo James Rousseau por Martin, pero la relación no cuajó. Ahora se ha sabido que Chris se ha comprometido con  Dakota Johnson (28), la protagonista de la serie “50 sombras de Grey”, e hija de Don Johnson y Melanie Griffith, la cual ha manifestado sentirse encantada del noviazgo de su hija.

A la hora de leer dicen las estadísticas que Shakespeare encabeza la lista de favoritos, seguido de la Biblia y Agatha Christie. La palabra (y la historia), el misterio de la vida y los crímenes ocupan nuestra curiosidad, por extraño que nos parezca. La señora Christie fue una hábil constructora de personajes y situaciones que resuelve casos del modo más insólito, partiendo de situaciones más incomprensibles todavía. Dos de sus más afamadas composiciones criminales inciden en encerrar a sus personajes y eliminarlos a ritmo de una canción infantil: en teatro fue “La ratonera”, que se sigue representando desde 1952 en Londres (unas 25.000 funciones, más o menos), donde a los compases de “Tres ratones ciegos”, se tejen los crímenes entre un grupo de personajes recluidos en una casa por una nevada; en “Los diez negritos”, novela de la que se han vendido cien millones de copias (sí, cien millones), diez personajes aislados van siendo eliminados según las estrofas de una canción que habla de soldados asesinados tras desechar, por considerarlo racista, los descriptivos negritos primero y los indios después. Esta novela, escrita en 1939, la adaptó la misma Christie al teatro en 1943, y funcionó tan bien que insistió en el tema y en 1952 estrenó la citada “La ratonera” que sobrepasó cualquier previsión. ¿Qué tienen de especial estos trabajos? pues su carpintería escénica, la composición de personajes y situaciones haciendo que lo inverosímil se desenvuelva con la mayor naturalidad delante nuestro y lo aceptemos, sea lógico o no. El teatro de la vida no es más que eso.
 Con el título “Y no quedará ninguno” usado también en algunos países, la obra ha llegado al teatro Apolo, donde se estrenó el pasado octubre. Tuvo un parón en pleno éxito popular para presentar una producción más festiva para las Navidades, que no funcionó como estaba previsto. Superado esto, la obra ha recuperado el favor del público, ente que cada día nos sorprende más en cuanto a gustos y apetencias, cosa  que no debe pasarle al director Ricard Reguant, que venía de Italia donde triunfó con este montaje. Y es que los clásicos no fallan nunca.

No vamos a hacer spoiler alguno porque todos sabemos lo que vamos a ver, no hay engaño, y eso es también un punto a su favor. Pero ajustémonos al guión, quién acepta una invitación de alguien que no conoce para pasar un fin de semana en una casa, única construida en una isla al oeste de Inglaterra? A partir de ahí todo lo que sucede es un tapiz urdido con el síndrome de la venganza para castigar con la muerte a todos los personajes, culpables a su vez de otros tantos asesinatos por el que jamás fueron castigados, crímenes independientes y sin relación alguna con el organizador del desaguisado escénico. La actuación de este ángel exterminador (que tampoco queda exento de castigo), me remite, en plural mayestático, a mi filme favorito, “El secreto de sus ojos”, donde uno de los personajes toma  la justicia a su modo y hace que el culpable de la muerte de su esposa cumpla sin remisión la cadena perpetua, que evita accidentalmente, sin ningún otro derecho.

Antoni Sevilla y Jaume Fuster en un momento de “Y no quedará ninguno”

Retomando los “negritos”, la habilidad de Christie hace sostenibles unas situaciones que de otro modo serían inaceptables y cuestionarían todos los factores del puzzle. Por ejemplo, no seguir las estrofas de la canción, que suena cada vez que hay una cadáver, y prevenir la siguiente ejecución. Poner de manifiesto las dudas sobre cada uno de los personajes de un modo más imperativo,  o discutir coralmente sobre los sucesos que les han agrupado a la siniestra cita, denunciados en una cinta de cassette que suena al poco del encuentro. Una vez desvelado el pasado de cada uno de estos aparentemente anónimos huéspedes, esta reunión de asesinos (“Sopar d’asesins” era el título de la enésima y sexy versión que del texto hizo Sebastiá D’Arbó), parece que todos estén de acuerdo y vayan  esperando su turno para el pase al más allá. Aparentan una cierta normalidad dentro de la anormalidad del momento con histerias las justas, las desapariciones previstas, una muerte delante de nuestros ojos en plena escena, sin que nadie lo aprecie, los disparos precisos y la penúltima ejecución, cruel y espeluznante también a la vista.
Estas historias irreales como la vida misma, necesitan que todo el ensamblaje de la mentira sea perfecto. La construcción del texto es hábil, la interpretación impecable con apariciones notables, como las de Pep Munné y Antoni Sevilla, dos primeras espadas que refuerzan el equipo, y la impecable dirección de Reguant, gato viejo de mil andanzas. En la compacta compañía están Graciela Monterde, Jaume Fuster, Javier Enguix, Lorena Santiago, Eduardo Doncos, Ivana Miño, Arnau Puig y Pol Nubiala. Un par de cosas me chirrían del montaje. Una es el decorado, amplio y luminoso pero sin la excelencia de esas casas de la costa británica, desangelada con la incorporación de un décò un tanto elemental, falta lujo: si hay una piel de oso en escena, que tiene su intríngulis, tiene que haber una piel de oso, con cabeza. Y unos tresillos más elegantes para que cuando bajen a cenar uno crea que realmente el esmoquin merece el decorado. Por cierto, cuando les citan para la cena les avisan que el dress code es normal, traje de calle, y bajan de punta en blanco (en negro) los caballeros. y ellas de media tarde sin glamour, todo portado en sus exiguos equipajes. Muy correcta la iluminación, en especial en los momentos puntuales, y la banda sonora, firmada por Pep Sala. Esos pequeños detalles sin importancia son impertinencias que componen esta gran mentira tan bien elaborada. Que termina (final obviado en el montaje teatral) con una declaración de intenciones: la historia llega a nosotros gracias a un documento metido en una botella que el exterminador echó al mar. Ven como en el fondo todo es una gran mentira?

Todas las ciudades tienen su cara B, la opuesta a la feliz, deslumbrante y armónica que la populariza. Igual que todas las personas que exhibimos en el escaparate una actitud mientras disfrazamos nuestras miserias en la trastienda. Qué pasaría si en cualquiera de los dos casos, ciudades y personas, las caras invisibles adquiriesen el rol de protagonista ? Llegaríamos a odiarlas o, en su defecto, las utilizaríamos para satisfacer nuestros bajos instintos? Desde las primera imágenes de “I Hate New York” (filme de Gustavo Sánchez presentado en el D’A Film Festival de Barcelona), no he podido dejar de pensar en “Shame”, el filme de Steve McQueen en el que Michael Fassbender encarnaba a un ejecutivo alto standing que completa su retrato con una parte oscura en la que da rienda suelta a su voraz apetito sexual que le lleva a explorar espacios insólitos para sus apetencias habituales. En ese escenario (Nueva York en sus noches más oscuras de cuerpo y alma), el protagonista podría haber tropezado con Amanda Lepore, Chloe Dzubillo, Sophia Lamar y T De Long, cuatro vidas errantes de un paisaje que para ellas es el habitual, su cara A, la de diario, aunque sus soles son lunas con más cuartos menguantes que crecientes. Estas cuatro personas transgéneros viven en un oscuro porque la visibilidad no les está permitida en muchos puntos del planeta. Ni siquiera en esta odiada Nueva York, cuna o refugio, punto de encuentro o salida de emergencia a su equilibrio emocional par personas como ellas.  Vidas complejas que, al revés de lo que le sucedía a Fassbender en el filme, no tienen su compensación en la otra cara de la luna, porque viven bajo su poderosa influencia.

Sophia Lamar, una de la trans de “I Hate New York”

Gustavo Sánchez ha recopilado hasta 150 horas de grabaciones con las historias de estos seres, (in) felices a su manera, si entendemos la felicidad ese estado en el que nos está permitido vivir de acuerdo a nuestros postulados. Han sido casi doce años de trabajar en el oscuro, repitiendo una y otra vez el sinsabor de angustias y soledades, cuatros a medio hacer, tazas de café por lavar. Pasillos estrechos, laberintos sin más sorpresa que la de saber qué pasará al final, que es mañana. Tiempo que lo marca el sol pero al revés: no es la hora de levantarse sino la de acostarse, como los murciélagos, también boca abajo para que el vómito pueda ser otro de los motivos que les ayude a morir.
Gustavo Sánchez ha convivido con la (falsa) frivolidad de Amanda, la inconformidad de Sophia, el reivindicativo pentagrama de T De Long, la plástica naïf de Chloe. Aparentemente a uno le llega con facilidad, y a pesar del claroscuro, los brillos y maquillajes de la primera, sus shows de los que ha hecho su modus vivendi. Nos seduce la plástica de diva ancienne regime, nos invade su perfume que debe ser tan caro como potente, nos envuelven sus pelucas platino y nos aprietan sus diseños que oprimen el sexo y desbocan los pechos. Admiramos esa elegancia oscura de carmín de medianoche, esos arrebolados pómulos que deben estar hartos de recoger tormentas de lágrimas. Amanda es el look de la fiesta entre sombras, el arco iris monocromo que sólo retoma sus colores habituales cuando enarbolan la bandera para combatir lo mismo sus derechos que la lucha contra el sida.
De Sophía Lamar apreciamos esa batalla, perdida de antemano, que libra por cualquier cosa. Nos gusta verla discutir, aún con su eterna enemiga Amanda, sin cualquier motivo o por la causa más solidaria. Sophia es la inconformidad, la rebeldía, la incomprensión, la rabia. Subsistir es su moneda de cambio, lo que parece que le de fuerzas para empezar sus noches que son para ella, como para todas, sus días. Chloe Dzubillo es la más transgresora, la que puso buena parte de la banda sonora a la noche del downtown donde era un icono. Escribió y representó sus performances en clubs de esa zona, lideró la banda The Transisters (formada completamente por transgéneros), donde componía y era solista, además de ser una de los elementos más activos a la hora de promover los programas de prevención del Sida a todos los niveles. Las canciones de T De Long se escucharon en museos, festivales y galerías de todo el mundo, y creó el programa de radio de arte “Warm-Up Series” para el MoMA PS1, que tiene su sede en Queens. Popular también como dj bajo el pseudónimo TJ Free, fue uno de los mayores difusores de la obra de Dzubillo.

A esas cuatro almas frágiles -anónimas para la mayoría pero imprescindibles a la hora de hablar de esa Nueva York nocturno, crisol de tantas batallas, a la que muchos odiarían si echasen una mirada (que a veces evitan por cobardía)-, les hace una serie de retratos el recién descubierto cineasta Gustavo Sánchez. Nos muestra sus almas, pasea sus sentimientos entre habitaciones desoladas, ventanas de negros paisajes y corredores por donde aún deben transitar, a pesar de todo, vagas ilusiones. Con la incomprensión como base, la amenaza del sida como espada de Damocles sobre sus sexos, el docudrama levanta un poco más la tapadera de lo que para muchos es la alcantarilla de sus almas y para otros las cárceles de sus vidas, el desguace donde van a parar todos aquellos que nacieron con el inconformismo más terrible, la inacabable opresión de los cuerpos no deseados y las plagas que sin razón se cebaron sobre ellos.

Gustavo Sánchez, director de “I Hate New York”

Hay mas emotivos para ver el filme, uno de ellos es el meticuloso trabajo de Jaume Martí y Gerard L. Oriach, cuyo labor de montaje debe haber sido faraónica: organizar las 150 horas filmadas no debió ser nada fácil Y aunque he leído por ahí que los doce años de rodaje tendrían como referente el “Boyhood” de Richard Linklater, inspirado en la “Camille” que David Carradine rodó durante 25 años sobre su hija, “I Hate New York” es otra cosa, es un espejo en negro de vidas que, aún jugando con colores, no han encontrado el suyo.
La otra baza importante es la banda sonora de un filme plagado de sorpresas. La música tiene un recorrido sinuoso, que comprende desde las sinfonías (que lo son), del japonés Ryuichi Sakamoto, hasta las composiciones del alemán Alvar Noto, el arquitecto del sonido, pasando por grupos afines al temario fílmico, de las Sharon Needles a The Transisters, Colin Self o Demmy Sober, habitual del paisaje urbano barcelonés. Todo ello sin olvidar un equipo de producción presidido por Carlos y J. A. Bayona, situado éste en dos mundos opuestos, cinematográficamente hablando, el mundo jurásico y el otro mundo perdido, aquí abajo, justo al cruzar la esquina.

“Para todos aquellos que han venido a El Molino para ver muslo, ahí va”. Y la increíble Mont Planas se levanta el sudario hasta la misma ingle arrancando la más amplia sonrisa de un respetable que apenas unos minutos antes tenían la lágrima al borde del desparrame. La genial actriz, de marcada vis cómica, ha querido arrancarse la espinita entregándose en cuerpo y alma, aunque más en esta por cuestiones que detallaremos, a un personaje que arranca en escena amortajada y con un rosario en las manos. Julia, su otro yo, acaba de morir y espera el tránsito dialogando con el respetable que, por razones obvias, ni la ve ni la oye, aunque tal vez sí porque ella larga su discurso en un monólogo entrañable y sentimental muy consciente de que la tienen presente, aunque el diálogo sea imposible, y las las preguntas y respuestas se queden, como diría Bob Dylan,“blowin in the wind”.
 Julia, la Mont Plans del relato,  tuvo una infancia feliz, aún desde su hogar, instalado en el peculiar negocio familiar, una funeraria que la familiarizó desde ese inicio de vida con el irremediable pase a la eternidad. Jugar al escondite entre ataúdes dota la niña de una inmunidad que, apoyado por el lejano sentimiento que se tiene de la muerte apenas llegado a la vida, la deja indiferente frente a todo aquello que a los demás nos va preocupando a medida que pasan los años.

Este “speech” post mortem es un paseo por la vida, ahora que Julia-Mont ni siente ni padece, donde pasa cuentas con todos y con ella misma. En esa libertad, se permite valorar, criticar, juzgar, sin miedo ya a nada. Ese tren de secuencias que deambula por el túnel hacia la luz que dicen se le aparece a uno justo antes de morir, lo desglosa Mont Plans desde un punto de vista diferencial. Lo contempla y valora justo cruzado el umbral como el de aquella mujer que vivió, amó y sufrió desde su adolescencia. Que fue un camino, como el de casi todos, donde la tragicomedia privó sobre los tiempos, en su caso pintados de negro por su funeraria familiar pero también porque la vida le fue regalando y robando con pequeños espacios de tiempo, algo tan preciado como es el amor y la felicidad.

Mont Plans y Óscar Constantí, autores de “Sembla que rigui”

Podría decirse que a la Julia que a la hora de morir le ha quedado un rictus risueño (“Sembla que rigui” es el título del monólogo), le persiguió una fatalidad que supo combatir con distintas armas. De niña jugando entre ataúdes, de adolescente trabajando en la empresa y finalmente, a la hora de su segundo esposo, compartiendo lecho con el hombre que fue mano derecha de su padre y ahora le devuelve la felicidad alumbrando un hijo suyo. Un pasar con el estigma de la muerte por, para, encima, sobre, tras una mujer que nos parece infeliz hasta en su felicidad. Toda su vida está plagada de fugaces apariciones, máxime si tiene en cuenta que esta vida es un pasar, dejando a nuestra heroína sola ante su futuro y previsto final. Una fecha que no le preocupa porque la proximidad de la parafernalia habitual del acontecimiento irremediable lo domina desde la infancia: no hay miedo, tal vez una cierta presión para abandonar este mundo que le trajo la felicidad a patadas.

En este monólogo a la vez tan rico y tan parco, tan agradecido y trágico, Mont Plans se muestra como una actriz, una gran actriz, que maneja textos y silencios, añade magnitud a la tragedia reduciendo la voz al susurro para que el grito sea aún más desgarrador y machaque sentimientos. Plans está espléndida en una tesitura tan alejada de su cliché habitual que emociona y conmueve, atrapa y te deja volar a ritmo de sus palabras. Las tripas de la actriz se escuchan en el silencio y están sobre el corazón en determinadas secuencias mientras que en otras es la más que su agradable voz la que enternece con una sinfonía de sensibilidad hecha canción. Construido sobre una idea de la propia actriz, y escrito por ella misma en colaboración con Òscar Constantí, “Sembla que rigui” es un brillante ejercicio para después de la muerte que debe verse mucho antes de que esta suceda. Es un texto brillante, duro sin aristas de crueldad ni necrofilia a pesar de lo que nos ocupa, y del que, puestos a criticar, vemos un poco forzada la situación “viajera” del personaje que una vez libre del negocio, nos cuenta sus viajes por el mundo para informarnos someramente de la cultura de la muerte en diferentes países. Este mortuorio National Geographic queda un tanto descolocado porque una funeraria no creo que dé como para darse esa vuelta al mundo en ochenta cementerios y luego ingresar en una residencia, al precio que están. Lo que nos preocupa del montaje es que no haya sesiones para todos, porque, en principio, sólo están prevista funciones en El Molino para el mes de mayo, los domingos a las siete de la tarde y los lunes a las nueve de la noche. Los precios son populares, y eso en un local sin subvención oficial de ningún tipo, es de agradecer y apoyar. Vayan sin miedo, la única sensación que percibirán será la de morir de placer.

Si necesitan adrenalina en vena mezclada con el rigor más absoluto, la estética más cuidada y el sonido más actual, no se a qué están esperando para ir a ver a Los Vivancos (Elías, Aarón, Judah, Cristo, Josua, Israel Vivancos),  instalados en el Tívoli por una breve temporada que finalizará el 10 de junio por sus compromisos laborales en el mundo. Estos hermanos que ahora son seis (falta Josué, el menor, que ha cogido una excedencia), son espectáculo puro en el sentido más amplio de la palabra. Su show es un compendio de habilidades, un ejercicio donde el más difícil todavía impera a cada minuto hasta terminar en un apoteosis deslumbrante, taconeando cabeza abajo colgados de una estructura metálica.

Es todo un lujo contemplar el trabajo de estos hermanos, de los que toca recordar siempre que son parte de un total de 32, nacidos en Cataluña y fruto del matrimonio de su padre y siete esposas. Un hombre creativo que inculcó a los chicos su amor por el arte desde su propio centro, la Qüanticoch Independent School, instalada en la Columbia británica (EE.UU.), del que salieron dispuestos a comerse el mundo en distintas disciplinas, ya fuera la música, el baile o la acrobacia, con el flamenco como base. Desde muy jóvenes fueron primeras estrellas de la danza clásica, becados solistas instrumentales o especialistas en el Cirque du Solei. Así hasta que decidieron organizar un espectáculo propio y lanzarse a una aventura a la que llegaban con los mimbres tan bien dispuestos que armarla fue sólo una cuestión de fechas.
Amparados por un éxito inenarrable en los cinco continentes, aparecieron por España hace diez años y desde entonces nuestra (su) patria es cita ineludible en sus giras. Acaban de regresar de un país centroeuropeo, cuyo nombre evitamos para no complicar la situación, donde el triunfo se vió amargado por un hecho desagradable: sus camerinos fueron desvalijados en plena actuación.
Ahora están en Barcelona, con una  selección de sus ejercicios más brillantes para dar lustre a la vida lúdica de la ciudad y devolver al público las ganas de ir al teatro, un ejercicio que parece recuperarse del sueño eterno de la languidez que atravesamos.
Una maravilla contemplar el duelo entre el taconeo y el claqué, la batalla de artes marciales o los robots electrónicos, una delicia lumínica. O, en otro orden de cosas, el (des) concierto de viola a varias manos y palos, el breaking dance, los solos instrumentales o ese apoteosis que da nombre al espectáculo, “Nacidos para bailar”, título equívoco donde los haya porque Vivancos están hechos por y para el Arte, en mayúscula.

Sus experiencias personales y  recorridos escénicos les dotan para la creación de unos números espectaculares por si solos, que aúnan lo técnico y lo artístico con los mejores efectos y una estética increíble. Bajo cualquier prisma, Vivancos son extraordinarios. Y el público así lo reconoce, ovacionándoles constantemente y con el aforo al compelo al terminar la función.

Los Vivancos en “Nacidos para bailar”, en el Tívoli de Barcelona, mayo del 2018

Buena parte del éxito -amén de sus excepcionales habilidades en todo lo que tocan los hermanos en el plano artístico-, corresponde al montaje musical y al diseño de vestuario y de luces. Para la ropa se han inspirado en la ideología Visual Kei, una opción japonesa que mezcla diversos niveles de caracterización y trajes extravagantes no ajenos a una estética andrógina, y que son aplicables tanto a bandas de J-rock, Post-punk y heavy metal como a las de música pop, rock o electrónica. Para ello han contado con diseños especiales de los artesanales Vass Ibiza y los especialistas en cuero Lather Designs, así como la utilización de vestuario electrónico de e-tecnileds (en el número “Luces negras”). Puestos a pedir, Eduardo García Llama, ingeniero espacial de la NASA les ha asesorado en los elementos escenográficos. Y en cuanto a la banda sonora la fusión es mas extraordinaria si cabe, pues aparte de las composiciones propias, con la colaboración de Joan Martorell, el abanico incluye de Tchaikovski a Michael Jackson, de Betthoven a Metallica, Deep Purple o Leonard Cohen, algunos de cuyos temas son interpretados por ellos en directo en las más inverosímiles posiciones.
Además, estas funciones de Vivancos tienen un carácter especial porque una parte del importe de las entradas del espectáculo que se vendan en el mundo va destinada a la Fundación Querer que trabaja en la educación, investigación y difusión relacionadas con los niños con necesidades especiales derivadas de enfermedades neurológicas. Además,el 24 de mayo Vivancos realizarán una gala benéfica especial en la que donarán la recaudación neta a esta fundación. Pero me gustaría terminar añadiendo que también por eso, el espectáculo de los hermanos Vivancos es altamente recomendable. Y, saben lo mejor? pues que hablando con ellos se les adivina unas bellísimas personas. Por todo, vayan, no se arrepentirán.

Rodrigo Leao, uno de los fundadores de Madredeus, celebra los 25 años de su carrera con un concierto especial el próximo dos de mayo en el Teatro Victoria de Barcelona que titula “O Aniversário”. Será una mirada única que incluirá sus composiciones instrumentales más aclamadas, sus grandes éxitos y muchas de sus colaboraciones más notables, todo lo cual conformará lo que será, más que una retrospectiva, un punto de entrada a su extenso catálogo. Así pues en el concierto estarán presente las canciones pop, la música electrónica y los clásicos de orquesta. También podrá escuchase parte de la banda sonora de la película  “El mayordomo”, de Lee Daniels (con Oprah Winfrey, Forest Whitaker, Robin Williams, Cuba Gooding jr. y Jane Fonda en el reparto), por la que fue nominado al Oscar. Está previsto que interprete asimismo su música para el paisaje acuático “Bosques submarinos”, del fallecido Takashi Amano, y extractos de “O Retiro”, su colaboración orquestal con el Coro y Orquesta Gubelkian. Y sonará la pieza que lo inició todo, “Ave Mundi”, el instrumento de inspiración clásico de su primer álbum en 1993.
Explorador intrépido de todos los aspectos de la creación musical, diluyendo fronteras entre lo popular y lo erudito, electrónico y orquestal, Rodrigo es un nombre muy conocido en Portugal desde que comenzó en 1982 como bajista para la banda de nueva generación Sétima Legiao, que compartió con Nuno Cruz y Pedro Oliveira, tres años antes de que fundase el mítico grupo Madredeus para fomentar la música de raíces portuguesas pero alejadas del vado, y que le llevaría a la fama internacional. Así que en 1985 se unió a  Pedro Ayres Magalhaes (que estaba en el grupo Herois do mar); a Gabriel Gomes, experto en acordeón y Francisco Ribeiro, violoncelista con gran capacidad vocal. Pero les faltaba una solista, que finalmente encontraron en una taberna del Barrio Alto donde se tomaron un descanso tras escuchar a muchas aspirantes. Allí les sedujo la voz de una joven, Teresa Salgueiro, que cantaba por pura distracción. El nombre del grupo salió del Convento de Madre de Deus, situado al lado del Teatro Ibérico donde ensayaban. Rodrigo abandonó esta formación en 1994 para entregarse a dos de sus primeros grandes proyectos, las obras Mysterium, en 1995, y Theatrum, en 1996.
El músico es uno de los artistas portugueses más queridos y respetados, con composiciones que han alcanzado el número uno en las listas de éxitos de todo el mundo, una categoría  que han equiparado a la de Ryuichi Sakamoto, Ludovico Einaudi o Jóhan Jóhansson.
Rodrigo ha buceado a menudo en música minimalista contemporánea, elaborada especialmente desde el campo instrumental, alternando su trabajo con todo lo referente al mundo electrónico que mezcla con instrumentos de cuerda clásicos.

Ya (me) advertí que era peligroso exponerse a una sobredosis de tules, guipures y encajes varios. Y me pasó factura la tarde del viernes. primero porque al colgar el post del retorno de los Abba -que pillé leyendo el Mail Online dentro de un taxi-, el corrector automático del móvil me jugó una mala pasada. Y al escribir el nombre de la canción “I Still Have Faith In You”, salió “I Have Stil.les”, como Álex Stil.les, apellido del gran jefe de XXL, una de las compañías que han gestionado la Barcelona Bridal Fashion Week, y nombre en continuo uso en mis redes. La falta de unas gafas y la prisa por llegar al evento de “Elle” me privó de la necesaria revisión y, en este caso, corrección.

Estermaria Laruccia, directora de la Barcelona Bridal Fashion Week

Luego, ya en plena entrega de premios, escribiendo y colgando posts, escribí tan ricamente que estábamos en el Ayuntamiento de Barcelona, cuando en realidad era el Paraninfo de la Universidad de Barcelona, edifico tanto el uno como el otro, bien conocidos por el que aquí suscribe. Iba a tal velocidad todo, hasta que Joana Uribe, directora editorial de la redacción Catalunya de Hearst, que estaba en el mismo lugar, me mandó un correo advirtiéndome del error. Y me apresuré a hacer otro envío masivo a través de todos los conductos posibles, al tiempo que atendía al desarrollo del evento. Que era la fiesta The Elle International Ceremony Awards que premió todo el entorno del mundo nupcial.

Al efecto, la Universidad se tiñó de fucsia, un color que invitó a la cordialidad, pues todo fue una felicidad atendida por una audiencia notable (casi 400) que compartían concepto, convirtiendo el dress code cocktail requerido en la invitación en un “ponte lo que quieras”, que es lo que hace todo el mundo.

A Purificación García le sienta bien el fucsia de la Universidad

Presentó Rossy de Palma, que llegó justa, maquillada y peinada muy en su línea “Pocahontas”, con el traje (nupcial) de Yolan Cris en una bolsa, acompañada por su hija Luna, una impresionante, bella e ingenua pero lista muchacha. También a su aire llegaron los diseñadores Viktor and Rolf con su secretaria. Reem Acra en familia, y mucha pareja de todo tipo, edad y condición. Y también mucha soledad disfrazada de  melancolía que no es más que un aburrimiento mal disimulado.

Hubo copas desde el principio, y anónimos amantes del photocall que posaron para sus vanidades interiores y amistades varias. A Purificación García le sentaba bien el fucsia, color que enamoró a Viktor and Rolf, o sea que igual es su distintivo fetiche de temporada. El fucsia es como el color del amor en madurez, la sazón del sentimiento, o igual es otra cosa, vayan a saber. Pero amansó a las fieras, que estos actos de final de temporada, salón, feria o lo que sea, suelen ser un desmadre padre de muy señor mío. Y aquí todo se convirtió en un dechado de educación y tono que ni en Versalles.

Luna, hija de Rossy de Palma, en la fiesta de los premios “Elle”

Todo listo ya en el Paraninfo del edificio histórico de la Universidad de Barcelona, con un pobladísimo jurado en el estrado (planas mayores de “Elle” del mundo), y Estermaria Laruccia, directora de esta semana de novias, paseó su excelente estar para dar la bienvenida a los invitados que lograron plaza. Tras ella irrumpió Rossy de Palma, dentro de un poncho de encaje que no es de lo más aparatoso de Yolan Cris, y ya que era sólo para un rato, podrían haberle colocado algo más estrambótico que hiciera provocativa la imagen. Luna, la hija, iba también de Yolan Cris, con un vestido exquisito, en transparencias y oros, que se quitó, como mamá, tan pronto terminó la oficialidad del evento: era trajes a devolver, ya.

Reem Acra, mejor vestido de novia, según “Elle”

 En diversos idiomas, fueron cayendo los premios: el mejor vestido para Reem Acra y Tiffany & Co., y la mejor colección para Viktor and Rolf: todos allí en primera fila, felices y encantados, al parecer la ciudad aún mantiene ese aroma de cordialidad y de acogida que nos ha caracterizado siempre. Carlo Pignatelli ganó como la mejor colección de hombre (lo recogió personalmente); Jenny Packham, ausente, y Óscar de la Renta (difunto) obtuvieron el trofeo al mejor desfile, mientras que el reconocimiento a toda una vida fue para la recién jubilada Carolina Herrera, asimismo ausente. La mejor campaña de publicidad fue la de Pronovias, y las jóvenes de Sophie et Voila (Sofía Arribas y Saioa Goitia), fueron reconocidas como las mejores estilistas jóvenes. Cartier fue la joya nupcial por excelencia y el resort Royal Palm Beachcomber de Mauricio, el lugar idílico para la luna de miel. Por premiar hasta eligieron al mejor weeding planner, que recayó en el británico Bruce Russell, un señor que sólo con verle el pelo (corte tazón), y los zapatos (charol bicolor, king size), era para eliminarlo hasta de la lista de invitados.
Después ya se desató la locura, es decir, se sirvieron copas y el jardín fue punto de encuentro para mitigar el calor. Un buffet propio (de Gastroferia) sirvió a una hambrienta grey que llevábamos allí un par de horas entre el glamour desaforado de tropas de moda de todas nacionalidades de las que no puede fiarse uno a tenor de lo que llevan puesto. Al escribir que no puede fiarse uno, quiero aclarar que me refiero, única y exclusivamente, a sus consejos a la hora de dictar tendencias y crear opinión y aconsejar moda. Vamos, que me pasa lo mismo que con el weeding planner. Y es que entre blogueros, its de toda calaña, influencers y simplemente los que piden prestado, la mezcla es de zoo. No sabiendo qué ponerse, lo mejor es lo que les pille más cómodo, dentro de un orden.

Radiantes, blancas y de todos la colores y maneras. Casarse es una fiesta que cada cual vive como quiere, en especial las novias, estrellas de la función. En una pletórica BBFW, o lo que es igual, la Semana de las novias de Barcelona, las ofertas se han multiplicado para satisfacer apetitos de todos gustos, que para eso están los colores. Y de todos los desfiles, elegimos dos, el de Jesús Peiró y el de Cristina Tamborero. El primero es el gran tapado de la especialidad, aquel que en silencio, despacio, se ha colocado como el tercero en discordia al a hora de la exportación. La segunda por la fidelidad de un clasicismo que trabaja con elegancia y del que ya está lista para cambiar de rumbo.

Jesús Peiró, es una marca propiedad de Jesús Diez, donde diseña Merche Segarra desde que años ha desapareciera el también creativo José María Gangonells Peiró, socio del primero. Los trabajos que ahora nos trae Segarra están agrupados bajo el lema Heritage, y es un homenaje a la historia de la firma, que empezó a caminar, siempre hacia arriba, hasta llegar a este año con un envidiables palmarés: presencia en 30 países con más de 200 clientes y 60 puntos de venta en España, con vistas a ampliar su estrategia digital en redes ultimando la puesta en marcha de su propio canal de YouTube. Preguntados los expertos, cuentan que el secreto de su éxito estriba en la base artesanal de sus fabricados, pues todas las fases de producción se realizan en sus talleres de Viladecans (Barcelona), que sigue funcionando con los tradicionales procesos artesanales, incluidos el acabado a mano y la fabricación a medida de todos sus pedidos, si bien cuentan también con talleres externos, siempre en territorio nacional, y mano de obra altamente cualificada.
Heritage, la colección que nos ocupa, está compuesta por 35 vestidos realizados en estas coordenadas. La excelente y exquisita estilista Anna Vallés, que colabora con la firma, ha tenido a bien diseñarles un fascículo de gran formato con una breve pero limpia historia de la firma y dos detalles adicionales muy simpáticos: en una doble hoja aparecen dibujados hasta 215 dedales de todas las épocas con un nombre propio debajo, presumiblemente uno por cada colaborador del taller. También tiene en cuenta el folleto las denominaciones de los 35 vestidos que configuraron el pase, cada uno titulado de modo original. Así, el que abrió fuego llevaba como lema “Le gustan mucho las prendas que arropan, es friolera”, y era un abrigo de doble raso con espalda de guipur. Falda campana en tul vintage y tul ilusión. Y el segundo, presentado como “Le encanta enseñar los hombros, pasa horas en el gym”, era un vestido de tul bordado de pedrería con efecto tatuaje. Así hasta llegar al apoteosis, el 35, definido como “Novia reina, la más”, que acogía un vestido con cuello a caja y manga larga en volumen gran envasé, bordado en cristal sobre tul verde tierno. Como verán todo una imprescindible apoyo y ayuda para los neófitos en estos campos textiles.

Había un guiño en la colección. Con el número 15, la niña bonita, rezaba el lema “Novia a la fuga”, como el filme de Julia Roberts. Constaba de un abrigo de tul bordado a mano de panamá gigante, con canesú de chantilly en forma de red, con puños de plumas de avestruz y gallo. Y lo lució la recién llegada al proceloso mundo del corazón rosa Sandra Gago, famosa hoy por ser la novia de Feliciano López que, casualmente, ha jugado en el Torneo Godó que coincide estos días en Barcelona. No le trajo suerte al tenista la presencia de su novia, porque fue eliminado, aunque batió un récord: sus 18 torneos Godó consecutivos. Lo de la novia y la fuga viene porque al bien plantado mozo se le escapan todas, incluso una con la que se casó, Alba Carrillo, le duró menos que un pastel en la puerta de un colegio.

Elisabeth Reyes cerrando el desfile de Cristina Tamborero en la BBFW

La otra diseñadora que aleatoriamente he seleccionado para este simposio particular de trajes nupciales es Cristina Tamborero. Es la joven y la más fresca de todos los diseñadores de la Bridal. También la más prometedora porque mantiene una fidelidad a sus propios postulados: cualquiera de sus creaciones podría lucirlas ella misma. Su elaboración respira el aire de atelier de piso magnífico del Ensanche barcelonés, un imaginar porque ignoro dónde toman cuerpo sus creaciones. Tiene líneas vaporosas, se escapa la juventud en sus volúmenes, nada aparatosos, y  una innata elegancia, muy barcelonesa y chic, todo junto, parece emanar de cada uno de sus trajes. La colección empezó con cierto sabor a trampa: no eran novias y, de serlo, se tomaban la ceremonia de otro modo. Ven eso de casarse más que nunca como una fiesta, a ser posible por la tarde, en cualquier paraíso, y no necesariamente playero. Se notó ya en el vestido que abrió fuego, una impresionante silueta de corta manga bordada en pedrería como los bajos, en tonos verde agua, a la que sirvió de soporte la estatuesca Elizabeth Reyes, cuya cierre de desfile no manejó con  la candidez requerida: mover la sobrefalda de un vestido requiere una delicadeza de la que carece la bella modelo. También destacó en pasarela la presencia de Joana Sanz, a la que acompañaba su novio, Dani Alves (vestido de almirante pop), lateral derecho del Paris Saint Germain, sentado en primera fila, contemplando embelesado los andares de su amor. Amor que, por cierto, no sabemos si era la luz o no, pero nos pareció observar que se la ha ido la mano en el colágeno labial, aunque igual era una una falsa apreciación (me temo que no),
Cristina, que sumergió su trabajo en la flor del cerezo, dividió su colección en dos partes. Una primera que denominó Ixia, dedicada a los trajes de fiesta donde suelta su lado mas joven y fresco, y la nupcial, a la que llamó Hanami. La primera es romántica, de amaneceres y atardeceres, inspirada por el pintor norteamericano Martin Johnson Heade, peculiar artista, paisajista, amante de colibríes y las orquídeas. Un hombre melancólico, un tanto dramático y cruel, que se casó a los 64 años y murió en Florida entre flora y fauna exótica, pero olvidado por todos: aún me pregunto cómo la joven y encantadora Cristina pudo descubrir y empaparse de la extraña, pero hermosa, sensibilidad del artista. Quizá se lo contagió su padre, el experto letrado Ramón Tamborero metido esos días en los asuntos de Arantxa Sánchez Vicario.
La línea de boda propiamente dicha, Hanami, es donde su trabajo justifica su presencia en el certamen con cuidado especial para los tejidos, del tul al mikado, el organdí y el crep de preferencia, que se manifiestan en los impresionantes volúmenes de las faldas mientras el cuerpo se ciñe y se airea la espalda, verdadero respiro del diseño.