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Sandoval

La carrera de Irina Shayk ha estado siempre marcada por la incertidumbre. A los más veteranos en esto de las vivencias siempre nos recordó a Nadiuska, la bella del Este que sedujo al público español pero que nunca llegó a despegar del todo en el cine, ni en la vida. Todo lo más llegó a ser la madre de Conan, el bárbaro, el papel que de niño fue Jorge Sanz (ambos en la foto), y de mayor Arnold Schwarzenegger. Pero ahí se quedó.

Nadiuska y Jorge Sanz en “Conan, e, bárbaro”

Con Irina nos pasa lo mismo, nos da la sensación que se equivoca, que no sabe por donde va, a pesar de su noviazgo y maternidad,  con Bradley Cooper de papá. Sus años al lado de Ronaldo dieron como resultado un posado en ropa interior y otros desnudos para que Mario Testino los inmortalizara. Pero nada más. Y unas sesiones exclusivas con Pronovias, que, siendo lo que es, nos sabe a poco. Está Irina, la hermosa, sensual, de ojos de lluvia de otoño y boca de eterna duda esperando un último abrazo. Irina camina despistada, por cuenta propia o la despistan, pero da la sensación que sigue desorientada.

Ahora aparece como reclamo carnal para el nuevo libro de los fotógrafos Mert Alas y Marcus Piggott, un ejemplar gigante que ha editado Taschen a todo lujo, que se comercializa on line por 700 dólares y cuyas ventas no son todo lo boyantes que se esperaban. Así que nada mejor para incentivar su comercialización que una modelo ligera de equipaje, de rotundas carnes y sensación de bienestar, al menos todo el que pueda proporcionar una cama y unas curvas sinuosas. En el libro hay retratos de celebridades con mucho más poder de seducción que Irina, pero ha sido su epidermis la elegida. No han sido Madonna o Kate Moss, dos de las divas de Alas y Piggot de quien son anfitriones en su casa ibicenca de San José, la finca solariega que tiene frente a Es Vedrá (según algunos el atolón dónde sitúan Bali Hai en “South Pacific”), y que junto a la casa en San Juan de Jade Jagger (hija de  Mike y Bianca), son las residencias oficiosas de las estrellas cuando aterrizan en la pitusa rebelde. Es Irina la que anuncia el producto en las redes a través de descriptivos instagrams que insinúan todo el pecado (mortal o venial, según apetencias y/o necesidades), que puede haber en el interior. Siempre será una tentación glamurosa, que son Mert & Marcus los reyes del glam, del retoque al flou, de la dispersión de los contornos no esenciales.  Los artífices de las imágenes que todos desean: nadie de sus retratados se queja por el retoque, al contrario, les encanta verse tan divinamente inmortalizados. Lo saben ellas, y ellos. Y si no que le pregunten a Justin Bieber, para quien rediseñaron un cuerpo y unos atributos de meditado escándalo cuando le fotografiaron en calzoncillos de Calvin Klein para ser expuesto en Times Square a escala gigante. Con todo, la ficción jamás superará la realidad, y el barbilampiño cantante no causó el tremendo impacto en los noventa de Mark Wahlberg con prenda similar e igual emplazamiento.

Instagram de Irina Shayk

La ficción elegante de Mert & Marcus recoge en su libro veinte años de estas apreciaciones que lo son, y que pueden localizar a través de ‘Bed time reading. MERT & Marcus limited edition book is out to order online #20yearsofwork #mertandmarcus #irinashayk #hot #taschen. Y, mientras, en sus cuentas de instagram tomar un aperitivo con las fotos de Irina, que son desnudas sensaciones de invierno interior.

La cosa con la modelo no termina ahí. Siguiendo su ruta de desaciertos ha estado hace dos días en una fiesta donde se equivocó de mesa. Fue durante la celebración en Londres de los Premios de la Moda Británica. Al lado de Donatella Versace, vivo ejemplo de lo mala que puede llegar a ser la cirugía plástica en algunos casos, compartió palco con Conor McGregor, el boxeador selecto (je), el campeón de F-1 Lewis Hamilton, la cantante Rita Ora, la también modelo Jourdan Dunn (la única que se salva del lote destructor), y una colega polaca llamada Kamila Kostka, de quien nos van a permitir obviemos comentario alguno y les remitamos a las redes para que comprueben su fino estilismo (es como la McGregor de las pasarelas). La fiesta, que empezó en el chic The Chiltern Firehouse acabó en Le Cirque Le Soir, en pleno Soho. Ahí tampoco debió estar Irina, la bella que por otro lado se descuelga apareciendo de mamá estilos al lado de su Bradley Cooper de quien no tenemos nada que objetar. Espero que él la riña y la aconseje. Y si no, pues ya se apañarán.

 

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Mucho ruido y ¿dónde están las nueces? Barcelona está viviendo unos días movidos. Algunos de alcance internacional, y otros más locales, pero todos de obligada revisión. Hemos pasado por el Black Friday, que incita a la compra con descuento; a su prolongación con el Monday de turno, más black si cabe en cuanto a descuentos. Y ahora nos llega la Shoping Night. A todo esto aparece el día del Sida sobre el que no vamos a extendernos dadas las desavenencias sociales que se llevaron la gala a Madrid, el desencanto de Miguel Bosé y su troupe que posteriormente causaron que se desmantelase el evento, la aparición de la fiesta paralela People in red en el Palau de Pedralbes promovida por el doctor Buenaventura Clotet, -verdadero cerebro de la solidaria iniciativa dedicada a recaudar dinero para investigar la cura de la enfermedad-,  o sea que hay mucho que explicar, pero es materia reservada por prescripción facultativa.

En fin, que entre unas cosas y otras me encuentro que estoy (estamos) salvando al país, compramos, aún con descuentos, para promover la economía, ponemos dinero para investigación médica y, se me olvidaba, cargo (cargamos) un carrito del super para el banco de alimentos con que comen miles de familias en España. Menudo país de saldo nos ha tocado! lo vamos salvando entre todos y entre todos los (nos) mataremos. Ya lo verán, esto no puede ir ya más lejos. No podemos colaborar más, porque, para quién queda recaudar o ayudar? Para los encausados de un gobierno que juzga a otro (gobierno) para el que también me (nos) piden pasta? Quién va a recoger algún día para mi?

Así que vámonos de fiesta, a comprar pero con fiesta. The Shopping Night Barcelona apuró la noche en pleno debacle climático: cada vez que toca una de estos saraos hace un frío que pela. Este año el pretexto para salir a la calle era homenajear a la Gauche Divine, que cumple 50 años y es ya pieza de museo con supervivientes como Teresa Gimpera, mágica, maravillosa, musa urbana, que apareció por el Palau Robert epicentro del encuentro. Ella fue la imagen de Bocaccio, templo urbanita, cita del imperio de los sentidos de la época (el primero beber, luego mirar, después amar), aunque la simbología de la gauche quedo reflejada en el Paso de Gràcia y alguna calle adyacente, como la de Provenza, cortada al tráfico donde se instaló un escenario, Vellut Vermell con música de hoy para recordar el ayer. Anoten, de Vellut (terciopelo) era el conejito que cantaba Serrat en su canción dedicada a la maravillosa modelo sueca Susan Holmquist, a quien recordarán anunciando un champú con su melena en movimiento.

Teresa Gimpera, arriba, en la Shopping Niht y aquí en el poster original de Bocaccio

Había, en pleno paseo, un espacio dedicado a Cadaqués, donde la troupe pasaba sus inviernos de amor, otro dedicado a la minifalda, otro al cine verité, tan adictivo en la época. Otro dedicado al drugstore desaparecido y uno con gente de Iranzo, donde debías cortarte el pelo si querías ser alguien. Eché en falta un paseo por Tuset Street, pero es igual. Lo imporatante en estas Shopping Night es comprar, cosa que hace muy poca  gente, que se dedican más a visitar stands donde regalan comida o bebida (orto banco de alimentos accidental), o se compra con fines benéficos, como el de Carme Ruscalleda que vendía un esquisto caldo de pato y nabos. En realidad lo de Gauche divine les sonaba al Paleolítico Superior a los habitantes de esa noche.

Hubo nostalgia en las fotos de los recordados Oriol Maspons y Xavier Miserachs, y reinterpretación de la moda de la época a cargo de la Univesidad (que lo es ) IED, a cargo de Karin Leinz, esposa de Leopoldo Pomés, a quien no llegué a ver (no se puede estar en todo), y que fue (y es) la modelo que aparece en la decoración de todas las paredes del restaurante Flash Flash. Por arte de magia, esas mismas fotos decoraban esa noche Santa Eulàlia, la super tienda chic de la ciudad que instaló en su terraza minidisco con dj. y gogós de antaño, guiado todo por el jefe de la casa, el increíble Luis Sans. Y de ahí a Rabat, donde Esteve y Jordi, padre e hijo, más Eva Palao, la esposa de éste último, atendieron al persona.siempre con su champagne a punto y remontando, despasssito como la canción, la crisis.

Fué la gauche divine la estética de un tiempo muy feliz que deberíamos contemplar con gafas psicodélicas, como las que colocaron en su fachada los de Óptica 2000 y con las que se llevaron el premio de la noche. Muchas emoción, mucho frío, mucha gente. Y poca bolsa, o sea, poca compra.

Ayer, en pleno diluvio, me acerqué a ver “Prime Time” en la Sala Muntaner de Barcelona. La razón principal es que la protagonista es Imma Colomer -iba a escribir vieja conocida desde los inicios del Teatre Lliure-, pero por favor olvídenlo, porque precisamente la obra habla de eso, del tiempo que huye dejando en nosotros distintas consecuencias. Imma celebró sus 70 años con el estreno de la obra, que parece le ha escrito a medida Núria Casado, donde interpreta a una famosa actriz catalana que tras 40 años protagonizando una teleserie de éxito (algo parecido a “Days of our lives”, la serie americana que en enero de este año presentó su episodio 13.000!),   deciden suprimir su personaje pues parece haber perdido el beneplácito de la audiencia. Al cambiar su horario  de emisión a “Prime Time”, es decir a horario estelar, un guionista recién llegado opta por matar el personaje de Imma. Sin que quede especificado, la aparición de una hermana gemela de la desaparecida, que interpreta lógicamente la misma actriz, logra no sólo remontar sino superar la popularidad del serial y la suya propia: es entonces cuando ella decide dejarlo todo. La vida, su vida, le proporciona la venganza adecuada pasando de ser víctima de las circunstancias a ejecutora de su destino.

Los setenta son una edad difícil para cualquier actriz (lo es ya a partir de los 4o), en especial en televisión, donde la juventud arrasa con todo sin importan vocalización, dicción o técnica. A excepción de los chavales de “Merlí”, (donde es buen actor hasta el niño León Martínez pero no es extraño porque es hijo de Marc Martínez), cualquier imberbe convierte en ininteligible sus líneas. En cine el problema no es tan grave (aunque lo es), siendo el teatro el que ofrece más posibilidades para todo tipo de edades. Pero no siempre es así, a excepción del genial Pep Cruz, los aguerridos piratas de “Mar i cel” estaban en primero de bucanero.

“Prime Time” es una de esas oportunidades para una mujer como Imma que defiende el personaje desde fuera, y esa es virtud del director, Óscar Sánchez H., y no se limita a hacer un biopic tragicómico con su esqueleto. Imma “es” Glòria Arán, estrella de “Gent de sort”, otro juego entre “sort”, suerte, y Sort, el pueblo del Pallars Sobirà, donde una celebrada administración de lotería, La bruixa d’or, suele repartir la suerte en el sorteo de Navidad. Esa es la pirueta virtud del montaje, que lo que le pasa a Glòria no es lo que le pasa a Imma, aunque sea lo mismo.

Glòria defiende sus posiciones con entereza, con el cuerpo y el alma en perfectas condiciones, exhibiendo una lucidez y un talante, un aspecto y un empuje inscritos en líneas generales de comportamiento y no en ejercicios extremos. Glòria en esta segunda participación como la hermana gemela de la difunta, se ve obligada a hacer todo tipo de ejercicios malabares, escenas de cama, violencia, paracaidismo: una puesta a punto que exige en cada episodio demostrar que está en perfecto estado de revista. Y eso acaba cansando a la actriz que la cuarta temporada de “demostraciones” absurdas decide plantar el trabajo. Algo impensable cuando unos años atrás eran los demás quienes querían prescindir de ella. Imma está en ese punto que puede hacerlo todo, sin tener que demostrar nada a nadie.

Victoria Abril vive en París donde protagoniza una teleserie desde 2010

Me quedé pensando que lo que le pasa a Glòria, le pasa a Imma. Y a otra vieja amiga, Victoria Abril, que a sus 58 años tiene saturación pero al contrario. Ella ya lo ha hecho (casi) todo frente a la cámara y ahora sus planteamientos son distintos. Instalada en París con su pareja, el fotógrafo Nico y sus dos hijos, Félix y Martín, habidos de su relación con el cámara Gérard de Battiste, está en una encrucijada. Le ofrecen proyectos que no puede hacer porque su trabajo en una serie, “Clem”, la mantiene atada con el viejo truco del vil metal. Lleva así desde el 2010 con el mismo personaje, Caroline, al que, por cierto, también le ha pasado de todo. Cada vez que intenta abandonarlo le suben el sueldo. Consigue, no obstante, algunas concesiones que le permiten rodar algunas cosas cortas, ofrecer rectales de sus “Putcheros do Brasil” en países cercanos y participar en otras series en calidad de colaboraciones. Ella no está muy de acuerdo en este planteamiento, pero la estabilidad económica es fundamental en una profesión de riesgo como es la de ser actor (o actriz, ahora que se puntualizan tanto la cuestión de los sexos). Con su trabajo televisivo, Victoria (y familia) puede respirar tranquila. Debe pensar que en arte ya lo ha demostrado y, como es lista, ya se las apañará para ir haciendo cosillas como hasta ahora, que no vean como le gusta a la niña (que lo es) , el “Prime Time”.

 

 

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Nadie sabe porqué a la baronesa Thyssen, Carmen Cervera, Tita en la jet set y Carmen Thyssen en los salones, se le ocurrió hacia el 2005 la idea de aumentar su familia mediante la adopción. Ya lo había pensado hacia los noventa en vida del barón, pero las cosas se complicaron con la muerte de Heini, y la idea reapareció en el 2005.

Tita se puso manos a la obra y recurrió a un vientre de alquiler en Los Ángeles que a principios de junio del 2006 alumbraba no a una niña sino a dos, con lo que la baronesa pasaba de tener un hijo único, Borja, a ser cabeza de familia numerosa.  La cosa se complicaba para el joven que antes de poner su herencia en peligro, empezó a disfrutarla en tres plazos ya finiquitados de varios millones cada uno. Pero eso sería sólo el aperitivo de una fortuna que con los cuadros como base, pinta (nunca mejor dicho) la mar de bien. Tita Thyssen tiene tres museos abiertos y uno que se pondrá en funcionamiento dentro de un año en la Costa Brava y albergará cuatrocientos cuadros de pintura catalana propiedad de Tita.

El plato fuerte de la fortuna son las mil cuatrocientas obras que alberga el Museo Thyssen de Madrid, donde están en concepto de préstamo cuya caducidad finiquita a fines de este año.Y mientras, la baronesa va pasando la vida teniendo como grandes problemas su residencia por cuestión de dónde debe pagar sus impuestos (Andorra, Suiza, España, Londres) , las relaciones con su hijo y la familia de éste, más alguna chapucilla de esas desagradables que los tabloides nacionales se encargan de magnificar.

Parte indispensable de este bien vivir de la baronesa, retoques estéticos aparte, son sus reportajes en la revista “¡Hola!”, donde se alternan las relaciones familiares con otros más amables de posado infinito protagonizadas por las gemelas, Carmen y Sabina, que el pasado julio cumplieron once años y la revista lo celebra ahora, en septiembre, claro exponente que el personaje y su entorno no son de interés primordial. Las niñas está muy crecidas, tienen ese aire californiano que mezclado con el aroma de la Costa Brava donde se criaron y pasan buena parte de su tiempo, les dota de un encanto despejado y feliz. Lo cuento a raíz de las imágenes que nos pasa la publicación donde, como siempre las empolvan en rosas y azules, les ponen gasas, perifollos, lazos y flores en el pelo y siguiendo la norma de “qué guapa es la gente rica” están muy monas.

Choca que a pesar de lo fotografiados que son toda la familia, es imposible encontrar una foto donde aparezcan las niñas con su hermanastro. En principio parece señalar que pretenden con ello obviar el parecido que guardan los tres. En su día se dijo de todo, incluso se escribió que las niñas podrían haber sido engendradas con semen del propio Borja, con lo que la situación se complicaba. Y, añaden las crónicas sentimentales de hace una década, que el primer gran “disgusto” de Blanca, esposa de Borja y madre de sus cuatro hijos (y una excelente pintora) fue enterarse por la prensa del origen de la fertilización.

El tiempo todo lo borra y Tita sigue en la empolvada portada de “¡Hola!”, aunque no está sola, pues la comparte con Isabel Pantoja aclarando su posado de la anterior semana a lo “Lady Di”; el tercer embarazo de la nuera de ésta; la despedida de los ruedos de Fran Rivera; y la boda de Dafne Fernández.

Pero Tita y sus “titinas” están en el centro de la portada, en vaporoso y puro blanco y oxigenada melena que señalan una educación exquisita. Vamos, que sin leer el reportaje adivinamos que hacen ballet, hablan idiomas, tocan el piano, pintan y alguna otra actividad  artística más.

Puestos a ser malos, la bondad como el saber no ocupa lugar, señalemos que la baronesa aunque se explaya hablando (y bien) de todos, no cita ni una sola vez en diez páginas a su nuera Blanca.

Y que a pesar de todos sus problemas con Hacienda y alrededores, viven todos en un cuento: el barco de mamá se llama Mata Mua (“Érase una vez”), como el cuadro de Gauguin que también posee Tita y que, como muchos otros de su propiedad, les sacarían de cualquier apuro. Y ya puestos, me extraña que todo el mundo haya aceptado, sin pedir prueba alguna de ADN, que Manuel Segura, sea el padre biológico de Borja Thyssen.

 

Quería evitarlo, pero no puedo. Tengo que hablar de Maria José Cantudo tras verla en “Sábado de luxe” (Telecinco)  paseando su honradez y su aire de camafeo colgado al cuello del tiempo. Iba ella con un vestido blanco con aire de camisón del XIX bajo bajo una suerte de abrigo-bata en verde piedra estampado en geométricas amebas y ribeteado  en puños y a lo largo de su apertura central en medieval granate, una mezcla entre lo hippie, la estética “Bloomsbury” y lo que ahora llamaríamos boho-chic. La melena, recogida hacia la nuca, se descolgaba por la espalda cual enredadera rizada y cuidada. Su tez blanca la situaba en un pasado de dignidad y opulencia, un tiempo que ella dignifica muy bien desde siempre porque, a pesar de mil comentarios, nunca nadie lo ha podido desmontar. Ésta María José, temperada en un principio, cedía esa noche el importe de lo que iba a cobrar a una ONG porque ella estaba allí para defender su honor.

En función de qué se había perdido ese hurtado honor? No lo contaron del todo los presentadores, una agotada María Patiño (con muchas, demasiadas, horas de directo ese fin de semana), y un joven David Alemán (que dada su juventud tal vez conociera a la actriz por ser la propietaria del primer pubis que vio en su vida, al menos en cine (“La trastienda”).

El nombre de Maria José Cantudo aparece implicado en el llamado caso Lezo, el  dispositivo organizado para investigar en la empresa Canal de Isabel II de Madrid una presunta corrupción que implicaba a Ignacio González, ex presidente de la Comunidad de Madrid y actualmente en prisión sin fianza al considerarle responsable, de adquirir empresas latinoamericanas pagando un precio superior al establecido por el mercado. Edmundo Rodríguez Sobrino, ex presidente de Inassa,  filial de Canal de Isabel II en Colombia, entre otros once colaboradores de González, también fue arrestado.

Y aquí aparece el nombre de María José, exactamente en varias escuchas telefónicas en las que, supuestamente, ella solicitaba a Rodríguez Sobrino un dinero para “olvidar” que habían mantenido un romance. En su afán informativo, “Sábado de luxe”  recogió declaraciones de algunos periodistas mexicanos que dejaron a María José en una difícil tesitura al relacionarla no sólo con Rodríguez Sobrino, sino con otros empresarios, entre ellos Ramiro Garza, un magnate mexicano cuya debilidad son las señoras estupendas. Y las cuida y mima con esmero, incluso con aquellas que a la larga (o a la corta) su relación no fructifica. Conozco a una a la que, tras una semana (no creo que llegase), de noviazgo, volvió a España con un visón de película y unos dos millones de pesetas por las molestias: ella dijo que Ramiro era todo un caballero, aunque si la invitaran a “Sábado de luxe” ni abriría la boca al respecto: de hecho ni acudiría al plató,  más que nada porque Ramiro Garza que, por un lado es un señor, tiene muy mal el no ganar, que para él nunca es perder. Dicen que Cantudo lo sabe muy bien, pero tampoco creo que quisiera profundizar en el asunto.

Las declaraciones grabadas en el video “made in México” eran tan demoledoras para la actriz que ella encontró la palabra adecuada: “Esto que me habéis hecho es una putada”, dijo mirando a cámara con la mejor de sus crueldades interpretativas. A partir de ahí todo ya fue un despropósito. Pelea a gritos entre la actriz y la periodista mientras Alemán estaba alrededor, preparado por si tenía que proteger (físicamente) a Patiño. Hubo el numerito de disculpas y le hicieron la pelota a la actriz, que se engrandecía mientras ellos iban haciéndose cada vez más pequeñitos.

 

 

María José amenazó a todo bicho viviente y nadie conseguía aplacar su ira. Sinceramente yo no sé si a La Fábrica de la tele,  productora del espacio, les resulta rentable este rifi rafe. Especialmente si puede acarrear consecuencias económicas. Pero, tras unos minutos de reflexión pienso que sí. Primero porque a pesar de las amenazas nadie va a demandar a nadie. Y si María José lo hace le costará demostrar “su verdad”, porque tal vez detrás hay otra que en La Fábrica ya deben estar buscando.  Siempre hay un roto para un descosido, alguien que necesite trabajo y acceda a contar “su verdad” sin pensar en las consecuencias.

María José volverá a los platós, igual al mismo. Cobrará bien, la dejarán hablar  de sus inquietudes artísticas, de su espíritu de anticuaria, de la pintura del XVIII, XIX y XX. De la bombonera de plata de Napoleón III que fue la primera pieza de su colección que compró a plazos por 30.000 pesetas, de los muebles isabelinos, de Carlota, la perra que se le ha muerto.  De los tres hombres a los que ha amado, Manolo Otero, el fallecido padre de su único hijo; Pedro Ruiz y el empresario Enrique Cornejo. Pero ya le pillé en un renuncio: los citó a los tres, pero,  dijo, sólo vivió con uno (supongo el padre de su hijo).

Pues ahora le recuerdo yo que cuando el Pleistoceno, nos concedió a mi colega Teresa Berengueras y a mi una entrevista para contar su vida con Pedro Ruiz con quien vivía desde hacía meses. Llegó casi tres horas tarde a la cafetería madrileña donde nos había citado un lluvioso domingo. Nos sorprendió verla aparecer con equipaje, gafas de sol, que ocultaban lágrimas, y un pañuelo a la cabeza. Nos contó que Pedro la había echado, que le dijo que se fuera “y que me llevara hasta las zapatillas”, hecho que debía ser muy significativo para ella. Del bar nos llevó María José a su piso donde pormenorizó las causas del cese definitivo de convivencia. Al parecer era cuestión alimenticia, pues según dio a entender, ella es una mujer con mucho  apetito y él es de dieta espartana. Que ella necesita comer a diario y él sólo cuando se lo pide el cuerpo, que no debe ser con mucha frecuencia. Creo que esto tenía una doble lectura porque no entendí que una relación pudiera romperse por no tener la nevera llena cuando tocaba.

Y todo esto nos lo contaba María José en su casa, en una elegante galería cubierta decorada como un bazar oriental, con muebles de plata maciza y todo lo que imaginarse puedan. Todo era de la época en que ella, con un amigo desaparecido,  el genial fotógrafo José María Castellví, viajaba mucho con ella y otros colegas a Marruecos, que era como Ibiza pero con más emociones. Pero eso lo dejamos ahí, porque María José, Pepa para los amigos,  empieza a poner cara de enfadada.

Según el humor con que me levanto coloco mis alegres 93 kilos de peso limpio (es decir, en pelotas, sin colorantes ni aditivos), de distinto modo. Así, pueden ser atléticos, bien repartidos, proporcionados, a veces estéticos o simplemente agradables a la vista. Otras veces son insultantes, impresentables, pecados visuales. Y otras, dado que soy muy extremista, salto de la perfección al despropósito en un parpadeo. La cruda realidad, como pueden suponer, no engaña: buena parte de esos kilos se concentra, como en todos los hombres, en una lorza llamada barriga que se desparrama indolente cual cortina veneciana sobre un devastado Machu Picchu púbico.

A esa molesta parte del cuerpo no se como hacerla desaparecer. He hecho buen número de dietas, pero es inútil: mis kilos son muy sentimentales y siempre vuelven a casa.

Tras un par de intervenciones quirúrgicas, ajenas a la gordura, que me retuvieron en cama varios días sin comer, logré peder unos kilos por el único método para adelgazar que no me falla: cerrar la boca. Pero al cabo de los meses el peso retomaba posiciones. Mi afán por la buena mesa no tiene solución. No me hablen del ejercicio que también he probado sin éxito. Y eso que le ponía mucho interés.

Dicho esto comprenderán que mis tallas no son las habituales, aunque vayan ustedes a saber qué son tallas habituales. En mi más que completo ropero tengo prendas  L, XL y hasta con cinco X, que ya me dirán. Incluso en la misma marca he encontrado diferencias en una misma talla según el país donde han sido confeccionadas.

Sin necesidad imperiosa de comprar nada, me fui de rebajas. Antes las hacían a final de temporada para rematar saldos, y ahora las hacen cuando pueden, a veces a la semana de haber comenzado la estación. Sé que no es época pero si no encuentro lo que busco la justificación es fácil: “hemos agotado lo de verano y lo de invierno aún no ha llegado todo”, aseguran los vendedores.  Me fui a El Corte Inglés (y siento defraudar a quienes puedan creer que esto es un blog anuncio), donde voy siempre. Planta segunda, en uno de las esquinas, donde una más que amable señora que se llama Encarna, sabe lo que me gusta y lo que le va a mi cuerpo, que a veces no coincide. Estaba de baja recuperándose de una intervención pero me atiende un caballero a quien también conozco, aunque menos.

Me tranquiliza ver que no hay leotardos ni pantalones con rotos  en las rodillas, o por todas partes, ni jubones traicioneros (anda, que si caigo en la tentación…!). Miramos chaquetas de todo tejido, que más da la estación si además el tiempo está loco, y empiezan los problemas. Las que me gustan terminan en la talla 58 como mucho, y yo uso la 62. Y eso que hoy mi espíritu está alegre y siento la lorza como retirada a los cuarteles de invierno. Son chaquetas fabricadas con la marca Mirto como otras por el propio almacén, y tienen una excelente relación calidad-precio, que supone no excedernos en el presupuesto cuando algo nos apetece. Miro otras marcas, como Hugo Boss, que antes compraba porque tenían mi talla, pero ya no la hacen. Las nuevas generaciones van a menos: o se pasan de musculitos y van apretados cual morcillas, o son extra S (Small, pequeño) también apretados sus cuerpos como frágiles crisálidas sin calcetines y pantalón pirata, estilo “Sabrina”, o lo que es igual, Audrey Hepburn: jóvenes,  si leéis esto y no sabéis quien era esta actriz mirad en Google.

Encuentro mi talla en Hackett, solo en dos modelos que ciertamente estilizan y despistan la veneciana impertinente, de hecho la única parte de mi cuerpo que delata mi gordura. Al lado está Ralph Lauren donde ni miro porque allí los chascos con las chaquetas son tremendos. Sus patronajes son  para escuálidos modelos nórdicos, de talle y brazos desvanecidos, con poco pecho ni cadera, maniquíes insospechadamente famélicos. Volveré.

Toca ahora el pantalón, problema clave, pues ahí está la base de todo, ese círculo polar llamado cintura donde nunca encuentro el Ártico y el Antártico. Y que nunca se ve afectado (ni está previsto) por el cambio climático. La talla más grande que se fabrica es la setenta, pero a mi me falta muchísimo (dejémoslo en mucho par ser correctos), para el límite. Los he tenido que encontrar en la sección Tallas Grandes, verdadero disgusto para quienes nos vemos obligados a usarlas. Tendrán secciones para sucios que no se duchan? para teñidos? para gentes de mal vivir? NO, estos están todos unidos. pero si te pasas ese kilos has de ir donde todos te vean: TALLA GRANDES, el hogar del gordo. Allí entre señores que siempre crees que ellos sí están gordos pero tu no, me pruebo un talla 70, para ver lo que me sobra. Y para comprobar lo que ya sabía, que para fabricar esas excepciones se utilizan tejidos de peor calidad, porque si fuera la misma, qué más daría tener unas tallas más al lado de las normales? Los modelos son tan poco atractivos, nada a la moda, como debe sentirse quien los usa. Ahí no pondré objeciones: a ver quien, con más de cien kilos,  se pone un pantalón pitillo, marcando silueta, y, además de camal pescador o pirata.

De salida miro en la sección de sombreros, pero también tengo la talla 62 y no llegan. Así que para la cabeza, gorro de lana, que primero cede y luego se recupera.

A este paso acabaré de modelo, pero al estilo de las curvy pero en hombre, donde sería una novedad, que ya no cuentan con nosotros ni para la moda y alrededores (desfiles, publicaciones, etc. etc.). Y mira que gastamos, que cada traje cuesta un congo, como dicen los “talla habitual” . Pero nada, si no entras en lo que ves, pues a TALLAS GRANDES. Y si no, a medida pero eso ya son presupuestos fuera de toda sospecha.

“Nadie es perfecto”, muchos de ustedes recordarán esta frase que cierra la comedia de Billy Wilder “Con faldas y a lo loco” (Some like it hot). En la ficción, el octogenario multimillonario Osgood Fielding III (Joe E. Brown) finiquita así una surrealista petición de matrimonio a Daphne, en realidad el músico Jerry (Jack Lemmon), cuando éste le desvela su sexo real. Lemonn se quita la peluca y en el más varonil de sus tonos le grita :”Soy un hombre”, ante un nada sorprendido Brown, que le replica la sentencia citada.

 

La película fue un celebrado éxito comercial que tuvo su correspondiente versión teatral, “Sugar”, en Broadway en 1972 con Robert Morse y Tony Roberts como Dahpne y Josephine los dos músicos que se ven forzados a cambiar su identidad y convertirse en integrantes de una orquesta femenina tras presenciar, accidentalmente, como unos mafiosos cometían un asesinato. A pesar del éxito, la obra no llegó hasta el West End londinense hasta veinte años más tarde.

 

Fue gracias a los esfuerzos de la productora catalana Som-hi films que nos llegó la función hasta Barcelona. Los tres componentes la misma son asimismo responsable de la parte artística: Pau Doz es el director; Bernat Hernández el director music y Laura Olivella la coreógrafa. Tras presentar la obra en el Eixample Teatre,  el Tívoli les ofreció la oportunidad de  representarla durante cuatro semanas que, vista la respuesta del público, han debido prorrogar una más. Así que desde el miércoles dos hasta el domingo seis tienen oportunidad de ver una pequeña gran joya del teatro musical. Tuve la suerte de coincidir el pasado sábado con dos estrellas de la escena, Josep Maria Flotats y Mont Plans, que aplaudieron entusiasmados como el resto del respetable una impecable representación que desprende, y ese es uno de sus méritos, la misma energía que el primer día.

 

La puesta en escena es magnífica, soportada por diez y ocho actores que cantan y bailan, y cinco músicos que interpretan la partitura con una agilidad contagiosa. “Sugar” es un estupendo espectáculo. un equilibrado montaje que evita el calco de los clichés de la película, aquí todos los actores dotan a los personajes de su propia identidad. Y gusta, y es de agradecer, que cada cual tenga la edad que representa, que estamos hartos de ver a “jóvenes valores” que apuntan maneras en roles protagonista o principales. Por poner un ejemplo hablemos de Pep Cortés como el millonaria de la celebrada frase, ágil y fresco como el que más.

 

 

En ciertos momentos el montaje me recordó, salvando las presupuestarias distancias, el de “Balas sobre Broadway” que vi en Los Ángeles,  por su agilidad, dinamismo, temática, coreografías y vestuario. En este “Sugar” los actores están brillantes, desde la “Sugar” del título, tan exquisita como atractiva Bealia Guerra, con aire de Marilyn sin ser copia de Marilyn, hasta Rubén Yuste como Joe y Josephine, hasta llegar a Xavi Duch que se lleva el gato al agua con su Jerry y Daphne que es puro torbellino. Con ellos hasta el último del reparto. Con una dirección apurada en su justa locura de Pau Doz, la dirección musical de Bernat Hernández, y las deliciosas coreografías de Laura Olivella, este “Sugar” es la muestra de lo que debe ser el buen teatro musical: bien actuado y bailado, bien vestido, todo debidamente ajustado, cada cual en su puesto y con el vigor y entrega como los de esta admirable compañía.

 

Un espectáculo que reivindica que se pueden hacer montajes dignos porque se cuenta con profesionales para ello, que conocen su trabajo y lo sirven de modo dúctil y excelentes métodos para divertir al respetable de una manera inteligente. El domingo se van, así que apuren.

Toca ya volver a coger los guantes de escribir. A pesar de su color no esconden rencor ni violencia, tampoco vienen en son de paz, caricia o beso, aunque habrá de todo para todos. No sé si es bueno reconocer que creo que el destino viene de serie con cada uno y lo reconocemos tan pronto empezamos a pensar en él, a cualquier edad.

 

La ocupación de ese trayecto de vida, en mi caso escribir, significó tanto que debería llegar hasta el final de mis días.

 

Una mañana, y esa es la parte del destino  -que, como la muerte aplazamos hasta que nos sorprenda-, me llama un señor de la compañía donde trabajo desde hace (mejor, hacía) treinta y siete años, para decirme que esto, (el trabajo) terminaba ahí. El cliché del señor era el del que a causa de su generosa remuneración ha aprendido a vestir bien, zapato tan limpio como su pelo, tirantes de tela (probablemente de Santa Eulàlia), actitud como la de George Clooney en “Up in the air” (Amor sin escalas), donde el actor interpreta a un empleado dedicado a despedir a otros empleados. Salvando las distancias, mi ejecutor aludió dos razones: una, me había hecho mayor; dos, cobraba mucho dinero. Tan obvias como absurdas eran ambas, pues la primera afecta cuando en la profesión priva el estado físico; respecto a lo segundo las remuneraciones han ido creciendo a lo largo de los años, si bien en los últimos ni siquiera ha sido así. La posición económica del grupo ve reducir sus activos; una merma más que notable está presente en sus beneficios, y admite como solución perfecta la reducción de sus sueldos, que ahora consideran elevados, aunque lleve parejos elementos humanos.

 

Solución lógica porque el grupo, de carácter familiar, está en unos momentos de transición: de padres a hijos; de la era del papel a la digital, y de incertidumbre política pues aunque todos sabemos qué pasará el uno de octubre, nadie se aventura a disponer el futuro.

 

Como sucede en esto de los traspasos la experiencia del actual regente es un lastre para los herederos obsesionados con un panorama que van a tener que combatir. De momento lo dejamos ahí.

 

Esta muerte laboral anunciada, pero no contemplada en mi premeditado destino, me arrastró a un catatónico estado de compleja catarsis y caí en un magma en el que, al principio me era imposible nadar para recuperar la superficie. Desconectas de todo: ni te importa lo que lees o lo que miras. No contestas al teléfono y, de vez en cuando, la insistencia de un whatsapp te devuelve a la realidad unos minutos, aunque desconoces en qué punto estás del guión de tu película.

 

Y ahí empieza la batalla, con abogados y médicos, regresos al pasado, balances emocionales, valoraciones absurdas, partidas de ajedrez en las que me sentía atrapado, engañado y vejado en lo peor que le puede pasar a un periodista: quitarle su teclado de golpe con aquel par de pretextos citados.

 

Foto de Outumuro

En estos meses pasados han tratado de lanzarme al infierno, y lo lograron. Pero para algo tiene uno su imaginación, aunque convertir el averno en algo que hoy llamaríamos zona de confort no ha sido nada fácil. Tienes que aprender a ver las cosas como son, no como las ven los demás. Has de eliminar el color basura de los tiburones que pululan en esta marea negra donde desnudo de cuerpo y alma tratas de escabullirte y llegar a la orilla. Lo hice despacio, recuperando el diálogo cuando estuve dispuesto a hablar y compartir,  aparcando los fármacos. Muy despacio, ascendiendo seguro, pensando sin borrador previo, abriendo ventanas y subiendo las persianas con la cabeza firme, el Norte como destino.

 

Ese Norte que es mi futuro. Un tiempo inmediato que ya es presente. Seguiré con mis cosas, el blog Bollería fina y toda red que se precie. Hoy sólo es un breve trailer con toque personal y foto del genial Outumuro, que supo reflejar mi estado de ánimo con tal rigor y precisión que ahora no me queda más remedio que apurar la puesta a punto.

 

 

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