Para una breve temporada de diez días se ha instalado en el Teatro Tívoli de Barcelona el inefable e infalible Juan Tamariz, de profesión mago como imagino que todos ustedes saben. A simple vista nadie lo diría, parece un señor normal y corriente, de tintes bohemios, eso sí, que de repente ha pillado prestado un sombrero de copa de terciopelo tornasol morado y una funda de violín y se ha subido al escenario. Pero no esperen concierto musical, aunque su arte despierte y agudice los sentidos. No hay violín, en su lugar hay barajas de cartas, útiles de trabajo del entrañable personaje que va más allá del artista.
Tamariz titula su espectáculo “Magia potagia y aún más”, aunque yo prefiero el de “tachán” cacofonía con la que finalizaba cualquiera de sus encantamientos. No está solo en escena porque le acompañan tres magos más, a los que define y presta espacio en tan mínimo espacio de tiempo que uno llega a creer que son amigos que pasaban por allí y les ha pedido que suban al escenario, y los entretiene poco porque no quiere abusar. Eso podría suceder con dos de ellos, Manu Vera, procedente de la Escuela de Magia de  Madrid, que dirige Ana, la hija deTamariz, y el argentino Alan, cuyo único  (y breve) número añade un gramo más de locura al espectáculo. Con el tercero invitado no es lo mismo porque se trata de la bella colombiana Consuelo Lorgia, casualmente la esposa del mago (los dos en la foto de portada), a cuyo cargo corresponden las aportaciones mentalistas que más sorprenden al público. Lorgia pertenece a una familia de magos colombianos de largo recorrido en su país, donde su apellido es ya toda una garantía.

Una audiencia abducida ya de entrada en ese caudal de surrealistas y encadenados monólogos que cual Groucho Marx prodiga Tamariz -que podría ser el abuelito cachondo de Harry Potter si a éste no le hubieran seducido las oscuras perversiones-, durante las dos partes del show. Pero las habilidades de los tres también devoran los sentidos. El primero, Vera, con un sencillo número de pañuelos con vida propia y con otro, que abre la segunda parte, donde la sensibilidad de sus sombras chinescas devuelve al público la capacidad de sentir las emociones como el recuerdo de cualquier primera vez. En cuanto al segundo, Alan, su aportación es tan mínima que se queda uno con las ganas de volver a verlo: dado que el espectáculo no tiene estructura previa y cambia según el día, es más que probable que repitamos la experiencia para ver si tenemos más suerte y le pillamos algún número más.

Es una delicia contemplar como la personalidad de Tamariz ha creado una personal escuela de aceptación. Lejos de grandes aparatos, magnificencias deslumbrantes, efectos especiales, el amigo, que si no lo es se convierte en insustituible al finalizar el show, juega con sentimientos de bolsillo. Como explica él mismo hay historias (escribir trucos a estas alturas se me pone difícil) de pequeño recorrido y sorpresa final, habilidades donde las manos corren más deprisa que la vista y las barajas se desparraman por los suelos con la misma facilidad que la sensibilidad por los senderos del alma. La grandeza de lo íntimo, la pureza de unos juegos complicados, de enervante resolución (cuando erróneamente tratas de resolverlos), los alterna Tamariz con algunos de participación masiva. Señalemos el que preside (por su nutrida colaboración) el de las cartas huidizas a los sones de la banda musical de “Siete novias para siete hermanos”, donde, como en el filme, siete parejas bailan uno de los números mientras las cartas elegidas por unas y otros van intercambiándose sin que, aparentemente, nadie las toque ni un momento.

Aunque para ovación el complejo juego con dos barajas que, tras jugar con ellas en colaboración con dos ayudantes voluntarios, se reconvierten en cartas gemelas apareciendo unas y otras de igual palo y numeración: un juego de creación propia que a buen seguro creará adeptos si no lo ha hecho ya. Cuando uno sale del teatro lo hace con una sonrisa en los labios, lamenta no haber compartido, más de cerca, cualquiera de los números con el amigo. Y empieza a recordar lo que acaba de ver como el más feliz de los sueños, que la magia es, simplemente, un juego al servicio de las emociones. Y sin ellas es imposible, e inútil, vivir.

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