Jondo, así con la profundidad de la j, letra rebelde que te trae de cabeza pues el corrector automático, a veces de suma utilidad, la sustituye por la que cree que debe ir, la h. Como correspondería a hondo, pero no sería lo mismo. La propuesta en forma de libro de Silvia Cruz Lapeña se llama “Crónica jonda”, que no honda, porque baila alrededor del flamenco. Ella misma es una belleza jonda, porque entre sus rizos y sus labios se dibuja un pómulo de aristas bravas iluminadas con ojos de tormenta que parecen azules o verdes pero son grises. Tiene el verbo valiente y la expresión altiva de los que exhiben su verdad y la escriben mientras tratan de averiguar que hay de cierto entre lo que vemos y la realidad: es periodista.

Pero 214 páginas son sólo una pequeña parte de lo mucho que deben guardar esos giros que como palos flamencos  martillean los cortos capítulos, que están de moda, y confeccionan con retales de muchas situaciones un pachtwork que te envuelve como una de esas mantas multicolores de ficción montañesa sólo que los colores, aquí agrios y amargos, alternan con amaneceres y cantes, auroras boreales y noches de vino tinto. En una amalgama de situaciones, Silvia introduce en la historia tantos cortes que a veces se impone el subrayado e insistir pasadas unas páginas. Le bulle la emoción (y la sangre cuando toca), pero no elude datos, nombres, fechas de alteraciones sociológicas notables que nos afectan todavía.

Aporta la queja como emblema y coloca música flamenca de fondo como si los artistas del género conformaran la compañía artística de esta vida nuestra que, siendo fácil, cada día nos la complican más. Por las páginas desfilan nombres, injusticias, rebeldías, festivales, quejas y quejíos de un universo en el que ella participa desde distintos medios. Y una constante, Barcelona, sus barrios, sus asuntos. Se involucra y denuncia, se lamenta y rebela. La historia que tampoco quiere ser conformista, se revuelca en datos, informaciones, injusticias y desagravios. Y aunque ella reconoce no haber sido condescendiente en sus opiniones se le escapa un pellizco de amor en muchas de las marismas de sus páginas, en especial las que rodean dos universos, el de los viajes familiares del pueblo a la ciudad; y el del flamenco, paisaje donde parece haber sido parida.

Silvia Cruz en El Molino presentó su libro “Crónica jonda”, noviembre 2017

La periodista, se le nota la raza, nos regala una aventura en forma de trayecto de días interruptus, jornadas en las que no sale el sol, y estaciones que calan jondo porque  a los sentidos les toca llover esa noche. Presentó la obra en El Molino, lugar donde nos contó se amaban en secreto sus abuelos y ejercitaban su noviazgo en la alborotada indiscreción del lugar hace un millón de años. La abuela, las abuelas. Ese referente delicado que sirvió (y sirve) de sostén emocional, y a veces económico, de generaciones. Estas jornadas de papel de Silvia empiezan con la muerte de su abuela Concha, una agonía prolongada de la que despertaría de repente una madrugada para hacer molinillos con los brazos con aires de sevillana, y sonreír. De ese lento y largo adiós, surge un sueño de Silvia que Martin Elfman traduce en la portada: unos brazos al viento rodean un gotero con sangre de lunares. Frente a una ampliación del grafismo fotografié el perfil de la escritora con su eléctrica cabellera afro, propia de un alma negra que también saben hacer del lamento una manera de transmitir felicidad.

Hay otra muerte al principio del libro, una presencia que nos acompañará no como hilo conductor sino como referente de conducta, Paco de Lucía está en espíritu en todas las etapas ya sean geográficas, sentimentales, urbanas o de campo. Paco está presente como ejemplo alegórico de lo que es la esencia, el saber, el arte, la sensibilidad y el sentido de las notas de una guitarra que llora su despedida al principio y nos hace presumir de una velada biográfica, todo sea dicho con el mayor de los cariños.

En el punto de salida localizado en El Molino, Silvia no estuvo sola. Tuvo compañeros de viaje afines a sus sentimientos, como la colega Montse Madridejos, coautora de “Carmen Amaya” y autora de “El flamenco en la Barcelona de la Exposición Universal”. Y a ellas pusieron música Mario Mas a la guitarra y al laúd ibérico; y  Jordi Fornells, al cante. Interpretaron  tientos tangos con versos de Miquel Bauçà, en catalán! y sevillanas lésbicas y fandangos de Juan El Camas, acabando con una versión del “Bella, ciao” por bulerías.

Silvia juega con nosotros, nos descubre el mundo del arte flamenco sin aires de docencia, sino de la información que va más allá de lo periodístico. Sabe mucho de lo que escribe, pero su opinión va circunscrita a las emociones, obviándola en episodios donde priva la información porque debe ser así cuando se trata de porcentajes y cifras que afectan esta vida nuestra que camina mal dirigida por unos senderos que no van a ninguna otra parte que no sea al desconcierto por ignorancia. En esos momentos es cuando aparece la Silvia más cruda y profesional  y coloca cantes y bailes, guitarras y cajón, castañuelas de las de verdad para airear situaciones a los cuatro vientos.  Lo hace sin zapatos de tacón ni traje de gitana que ella lleva lo suyo muy dentro, muy jondo. Que no se ve, pero se siente.

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