Cuando entro en algún restaurante con pretensiones, de esos que ponen nitrógeno al arroz y esferifican el huevo con malas artes, suelto una frase que he hecho mía: “Dios, cuánto daño ha hecho a la cocina Ferran Adrià!! y me cisco en la mala hora en el que sabio descubridor de otra dimensión en los fogones, empezó a pregonar su arte por el mundo. Bienvenidos sean sus imitadores que de ellos serán los defectos, debe pensar él, pero servidor se cisca en ellos.  Hay muchas cosas que agradecerle a Ferran Adrià, pero le recrimino que saliera de su casa en Cala Montjoi y no permaneciera allí esperando que fuéramos a verle los más atrevidos, anda que no era difícil llegar hasta la cala de marras: así sería sólo nuestro y no habría tanto imitador barato de pacotilla (o sea de mierda) que tanto abunda y sólo sirve para aumentar el precio de sus cartas.

Me he permitido empezar así, con cierta agresividad dialéctica (más bien manuscrita) y sin que viniera a cuento, porque me ha pillado el síndrome Moog, que propaga su creador Tony Moog en la Sala del recordado y admirado Pepe Rubianes del Capitol. El monologuista, palabra que detesto, lleva allí diez años de temporada regular, ocho de las cuales las ha invertido ciscándose en las fechas señaladas con su show “Blanca Navidad”, arrastrando un total de cien mil espectadores hasta este espectáculo de confetti, muérdago, cotillón y cava. Entre otras maldades recurrentes.

Así, de entrada, Moog sorprende. Como no domino el medio (monólogo), peoría sorprenderme cualquier cosa. Pero hecho ya a (casi) todo, no alteró mis meninges debutar en estos predios acudiendo al espectáculo de un señor que pretende asustarme, físicamente hablando. De entrada finge un Papá Noel con pistola en una mano y botella de Jägermeister en la otra, de la que bebe a morro. Pero a mi me gusta disparar, y estoy (estaba) acostumbrado a los chupitos de salsa Worcestershire, con lo que el digestivo licor de hierbas no deja de ser eso, un aperitivo simpático aunque (para mi) nada agresivo.

Que vista de Papá Noel tampoco es relevante, he usado este traje y otros de similar trascendencia en estas festividades. Los tatuajes me gustan, aunque me falta decisión para hacerme uno ahora (me pilla pasado de años), así como agujeros en las orejas. Sé lo que es tener problemas de kilos de más, una  manifiesta crueldad a la hora de vestir, y sólo me fastidian estos jeans rotos a la altura de las rodillas, que delata una postura un tanto incómoda en todo adolescente que se precie (de adulto ya es simplemente vicio),  y que junto a prescindir de calcetines me parece un solemne despropósito a la hora del vestir. Este último punto lo tiene cubierto Moog porque minutos antes del show le pillé hablando por teléfono con algún colega a quien contaba que iba a ponerse unos unos porque usaba en el espectáculo unas zapatillas muy chulas (efectivamente eran muy… naranjas). Por si algún cinéfilo lee esto, este chascarrillo último es de Emma Thompson en “Love Actually”, filme con el que lloro cada año…por Navidad.

Cartel del espectáculo de Tony Moog “Blanca Navidad” en la Capitol, 2017

Me he enrollado antes de hablar del show para ponerme (les) en la onda Moog, es decir confundir, enmarañar la situación,enredar, dispersar la acción para que todo confluyan en ella, un McGuffin que diría Hichtcock. Moog se cisca en la Navidad? absolutamente NO. La deconstruye, que diría Adrià (sabía yo porqué había empezado hablando de él). Lo hace en las circunstancias que la rodea y ordena, con toda la parafernalia (familia incluida), que nos arrastra por unos días a fingir unos sentimientos y realizar unos gastos que no tenemos (ni de los unos ni de los otros). Moog es hábil, utiliza la palabra como el vendedor de remedios para evitar la calvicie o el dolor de muelas, mentiras efectivas. Para ello ni duda en defenestrar emociones de lucecitas de colores, o en desmontar paisajes de adjetivos falsos cual besos de Judas al por mayor. Ataca a todo y a todos, sin importarle un pimiento la utilización de palabras malsonantes que son las que realmente nos hacen reír. Adicto al turrón (El Almendro porque vuelve cada año, como él, y a Suchard que regala al espectador más joven), obsequia a también con  tabletas a quien le ayuda a colaborar en una coral confeccionada con el aforo del teatro (lleno),  que entona un villancico con la mejor intención.

La Navidad de Moog no pinta ni bien ni mal, excepto en algunas particulares circunstancias. Y los belenes que se montan en las casas (una casa no es un hogar, recuerden, sino un circo de tres pistas con animales de todo tipo), ejercen su poder de atracción fatal en estos días. Lo que le pasa a Moog en su casa (lo que nos cuenta) es lo que nos pasa a cada uno de nosotros, y a veces con finales mucho más dramáticos, aunque no imprevisibles. Por el contrario, su Navidad, a pesar de la pistola y el digestivo, los tatuajes y el gesto airado, es un tiempo de paz que lo disfruta y nos distrae a carcajadas porque nos aleja de los demonios habituales, de otro tipo de tentaciones no disponibles hasta pasado el seis de enero.

Porque el fin de año y la llegada de los Reyes Magos están presentes también en el show como parte indispensable de esta función de arritmias convulsivas, de sobresaltos que a trompicones nos avisan de que la Navidad, esa noche de paz, la de las uvas y todas las demás de nuestros pecados más elementales, está a la vuelta de la esquina. Por si han olvidado la del año anterior, vayan a que Tony Moog les refresque la memoria. Reirán, palabra.

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